miércoles, 1 de febrero de 2017

Relato: Despiertos

Era el tipo de persona que se daba cuenta de su mortalidad cada vez que dormía. Si, por casualidad, oía voces al fondo de su sueño, voces de los despiertos, entonces comprobaba un hecho irrefutable: siempre había gente despierta cuando él dormía. Mientras él dormitaba, alguien estaría haciendo la colada, alguien amaría a otro, alguien sufriría. Los despiertos seguían adelante. 
La primera vez que se enfrentó con esta evidencia tenía 16 años. Era una tarde clara de primavera y él no estaba particularmente deprimido. Y, sin embargo, tuvo una revelación y encontró su vocación. Podría haber desarrollado fascinación por la vida, haberse hecho submarinista o intrépido viajero, pero Braulio Rey eligió el camino de la fascinación por la muerte. Se hizo médium y se cambió el Rey por King. 
Al principio fue una cuestión práctica. Ya que, tarde o temprano, iba a acabar en ese lado, quería tener contactos en el más allá.  Dedicó a esto muchas de sus energías y no poca de su capacidad. Rechazó estudiar contabilidad y colocarse en la empresa familiar. El negocio de las bombillas no le atraía. Él buscaba otra clase de luz. Tampoco prestó atención a las jóvenes que se interesaron por él en esos años en que aún despertaba miradas de admiración. Se sentía una especie de sacerdote y las mujeres ofrecían demasiadas distracciones. Cuando se vino a dar cuenta, era un solterón hecho y derecho con bastantes deudas y nada de colesterol. Había consumido ya cincuenta años de su existencia y la muerte parecía una probabilidad remota. Y lo peor: era incapaz de contactar. 
Superado el desencanto inicial, Braulio King no se derrumbó: consideró que era mejor ser farsante que derrotista. Había invertido su vida en ello. ¿Qué culpa tenía él de carecer de dotes mediúmnicas? Su pasión inicial se había convertido en un pequeño negocio de treinta metros cuadrados con el que llegar a fin de mes. Porque, aunque estaba lleno de pretensiones extraterrenales, él necesitaba comer. Noticias del Más Allá era su gabinete consultor. En horario comercial atendía a sus clientes con amabilidad y dedicación. Estaba convencido de que lo extrasensorial no reñía con lo empresarial. La mayoría de sus clientes eran viejas damas que buscaban consuelo espiritual. La rutina siempre era la misma. Ellas llegaban apesadumbradas por la nostalgia y salían con el el corazón y el bolsillo aligerados. Braulio les ofrecía un té con pastas selectas (siempre compraba en una pastelería francesa), les daba conversación durante una hora, después hacía el numerito de la ouija durante media hora más, les decía lo que ellas querían oír y a casa. Al final, las damas pasaban hora y media entretenidas y con merienda. Era como ir al cine, sólo que mejor. La película estaba personalizada.
Pero una tarde de domingo, la octogenaria señora Herrero vino acompañada de su nieta Dotty. Habitualmente acudía a Noticias del Más Allá con su señorita de compañía, pero aquel día la joven estaba agripada y las funciones recayeron en su nieta mayor. Dottie tenía treinta y muchos años y era muda de nacimiento. Todo el mundo daba por hecho que tenía un retraso y en consecuencia así la trataban. Se pasaba los días encerrada en casa bordando mantelería, habilidad en la cual, se decía, tenía gran maestría. Aquella tarde ella se situó en una silla un poco apartada y se puso a leer un libro de Julio Verne. La señora Herrero vino con la misma historia de siempre. Quería saber algo de su hijito Tomasín, que se había ido al cielo a los diez años, hacía ya más de cinco décadas, justo después de tomar la Comunión -esto último para gran consuelo de su madre-. Braulio siempre le contaba historias amables de Tomasín y siempre encontraba palabras emotivas para la señora Herrero que invariablemente acababa llorando. Braulio tenía comprobado que, cuanto más lloraba, más le pagaba. Y a él le parecía justo. Era como un premio a su capacidad dramática. Esa tarde Braulio se esforzó. Le narró una escena con Tomasín vestidito de marinero trepando a un árbol con las rodillas raspadas y le contó cómo el niño ya se sentía cerca del cielo. Allí, entre las copas de los árboles, había visto una luz y una voz cálida le había dicho: “vendré a por ti, pequeño Tomasín”. La señora Herrero se había asustado un poco y él había tenido que reconducir sobre la marcha la historia para que la anciana se quedara tranquila. “Era una voz dulce y de mujer. La Virgen, seguramente”. La señora Herrero lloró como una magdalena. Aún enjugándose las lágrimas le pidió a su nieta que pagara la minuta a Braulio. Dottie dejó a un lado a Miguel Strogoff y se acercó de mala gana. Tenía la mirada muy viva para ser tonta. Sacó unos billetes del bolso de su abuela y los dejó en la mesa, mirando a Braulio de una manera que él consideró impertinente para una mujer soltera. Él carraspeó y extendió la mano para coger el dinero. Entonces Dottie, de forma inesperada, puso su mano sobre la de él y la retuvo unos instantes. Y entonces pasó: Braulio oyó dentro de su cabeza una voz nítida y clara de mujer: “Debería darle vergüenza engañar así a la vieja”. El médium soltó rápidamente la mano de la muda y dio un respingo. “Perdón, ¿cómo dice?”, preguntó a la anciana, pero la señora Herrero no había abierto la boca, seguía sonándose en su pañuelo con encajes. Braulio volvió la mirada a Dottie que sonreía y seguía clavando en él sus ojos de aquella forma tan extraña: “¿Qué sucede, señor King? Ahora sí podría decirle usted a mi abuela que le está hablando la virgen. Y no mentiría”. Y lo oyó de nuevo claramente sin que Dottie abriera los labios. Braulio se puso lívido y la señora Herrero tuvo que mandar a Dottie a por un poco de Oporto. Ella no dejó de decirle cosas en toda la tarde. Para ser muda era muy habladora. Braulio no quiso cobrar a la señora Herrero. Esa tarde se fue pronto a dormir, pero no pudo pegar ojo. Lo que le había sucedido desafiaba todo su entendimiento y su lógica. Pronto tuvo que aceptar que nunca podría hablar con Tomasín ni con nadie del otro lado, pero que, por alguna razón podía comunicarse con Dottie. Y eso que primero le asustó después le intrigó.
Pasadas las primeras precauciones, las visitas continuaron. Dottie también le había cogido gusto al hecho de contactar con alguien. En el gabinete tuvieron animadas conversaciones mientras la anciana señora Herrero lloraba. Al principio eran monólogos de Dottie, que le sugería a Braulio historias sobre Tomasín en una clave más realista. Dottie se reveló como una mujer de fino sentido del humor y gran inteligencia. A Braulio no le costó que Dottie dejara su reclusión y accediera a dar paseos con él y le diera una tregua a la mantelería, cosa que elle agradeció: “Menos mal que has aparecido, Braulio, estaba a punto de hacerme la mortaja bordada”. Y él contestó solemnemente que eso tenía mucho sentido: “A fin de cuentas, querida, usted ya vive en la casa de la Familia Adams”.
Podía parecer que hacían una curiosa pareja. Ella muda, embelesada, mirándolo y él  lanzando frasecitas por lo bajín y riéndose, porque Braulio empezó a soltarse y a sentirse por primera vez en su piel en compañía de Dottie. Muy pronto, a los dos se les hizo evidente que estaban enamorados. No quisieron casarse, ni prometerse, ni hablar de ello. Jamás pensaron en formar una familia tradicional. Optaron por una salida más interesante: decidieron fugarse. Fue fácil en realidad pues los dos estaban considerados como almas dóciles. Lo desmintieron. Así, Dottie y Braulio se dedicaron a viajar y a ver todo lo que se habían escatimado a sí mismos: Estambul, París, la Cappadocia, Brasil, Jamaica, Australia… no había destino imposible. Cada día era una aventura para ellos, pero jamás les faltaba qué cenar. Al contrario, conocieron el éxito con un número ambulante de telepatía y prestidigitación que no tenía trampa ni cartón. 
Y así fue como, a sus cincuenta años y más despierto que nunca, Braulio King se olvidó del más allá y empezó por fin a vivir.



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