miércoles, 21 de junio de 2017

Celebrar la visibilidad: dos clips de cine



Se acerca esta semana nuestra del orgullo y la reivindicación y a veces parece que ha sido fácil llegar hasta aquí.

Y no lo ha sido. Ahora que nos vemos apoyad@s por las instituciones, reconocid@s (¿y utilizad@s a veces?), metid@s dentro de la misma rueda consumista que parece que es la que da legitimidad para existir en este mundo (si esto lo debemos aceptar o no, ya es otra debate); ahora que hay tantos ejemplos de visibilidad, que los propios conceptos de  normalidad, inclusión y diversidad ya no suenan a chino, sino casi a un cliché… ahora es quizá un buen momento para no dar las cosas por sentado y para celebrar esa misma diversidad de la que gozamos con un sentido responsable y profundo. Al margen de la fiesta, el color, la celebración, tenemos que conectar con lo que significa todo esto. Por respeto a los que no han podido vivirlo, y como llamada de atención a los que pueden creer que esto es poca cosa que se puede desdeñar. No, esto no es poca cosa.

Por fin podemos ser lo que queramos y buscar nuestra representación en modelos reales. Ya no tenemos que imaginar un territorio que no existe. Me alegro sinceramente por l@s niñ@s y jóvenes que pueden ver ahora el mundo como un lugar en el que pueden elegir cómo ser.

No hace falta ir a buscar historias dramáticas del pasado como ejemplos de una sociedad injusta que de forma sistemática ha castigado a l@s que desafiaban a la norma. Lamentablemente, de esos conocemos tod@s.  Quizá por hoy bastará recordar la invisibilización de los años noventa, ese silencio en apariencia inofensivo, pero tan dañino.  Salvo valientes excepciones, fueron años con la ausencia de diversidad en la literatura o en la televisión y los medios; con la falta de información en las aulas y las familias; con la indiferencia, cuando no la sanción, por respuesta.

Por eso hay que celebrar, valorar y continuar. No solo luchando por nuestras propias batallas individuales, sino por las de todos los seres humanos que no encuentran aún su voz y que continúan en los márgenes.

Para festejar la visibilidad, a mí que me gusta el cine, quiero dejaros dos clips. Uno es de una gran peli de Mankiewitz: People Will Talk (1951), que, por cierto, cuenta la historia de un médico humanista y nada convencional perseguido precisamente por eso. Es una película amable y positiva, en al que triunfa lo humano sobre los prejuicios. Os la recomiendo. Pero hoy no la rescato por eso. Quiero fijarme en esos segundos en los que la protagonista femenina entra en una juguetería para comprar un regalo de cumpleaños para Cary Grant.





Cuando veo ese fragmento, no puedo dejar de recordar la escena de la juguetería de Carol.





Y se me enciende algo dentro, que no sé si es orgullo o felicidad, pero se le parece.

Esa ingenua escena, ese acto cotidiano de ir a buscar un regalo... ¿podría también tener un mensaje para nosotras? En la primera peli, veo a esa preciosa Jeanne Crain simplemente comprando, pero en la segunda, me reconozco. Y siento que de pronto es legítimo ver esas escenas que también hablan de cosas que yo siento o puedo sentir y que antes, no mucho tiempo atrás en realidad, en mi adolescencia, en mi primera juventud, creía que no tenían cabida en el mundo y que nunca jamás la tendrían.
¿Me tendría que limitar a fantasear que, en lugar de ese vendedor, podía haber una joven que atendiera a una desconocida y que entre ellas surgiera esa conexión que yo anhelaba ver?
Aunque P. Highsmith había abierto el camino, décadas antes, en 2015 la peli de Carol hizo eso posible, además reinterpretando esos años cincuenta, poniendo el foco en cosas que existían pero que siempre habían quedado fuera del encuadre.
Yo no me canso de dar las gracias a todos y todas lo que lo hacen posible.
¡Celebremos!




martes, 23 de mayo de 2017

La historia del gato Man

No es lo habitual, pero aquí va una historia real esta vez...

Era 23 de mayo de 2016 y a mi compañera Amparo y a mí nos quedaba una semana para —laboralmente hablando…— acabar en la calle. Eran días difíciles y desagradables, de los que ponen a prueba tu estado de ánimo, de esos que no elegirías para ir al dentista… 

Esa mañana, atravesando el aparcamiento al aire libre, de camino al café, entre los coches, vi a un pequeño gato atigrado encogido justo en el rectángulo que proyectaba un rayo de sol. No era novedad, porque en el aparcamiento y los jardines de alrededor había una colonia de gatos, sucios y malvividos, pero dignos. Sin embargo, ese que veía parecía muy pequeño y vulnerable, tenía los ojos cerrados y, a diferencia del resto, no se movía de su sitio.

Cuando regresamos del cortado (me encontré con Amparo en el bar y le hablé del gato),  él seguía allí, en la misma posición, ajeno a todo lo que pasaba alrededor.
—Ese gato está enfermo —me dijo mi amiga con su ojo clínico.
—Es muy canijo, debe de ser un cachorro —aventuré yo.
Preocupadas, decidimos comprarle una lata de comida para que repusiera fuerzas. Nuestra esperanza era que pudiera integrarse en la comunidad con un poco de empuje. Un rato después, ya con la lata de Felix, nos acercamos al gato y entonces nos dimos cuenta de que su estado era mucho más preocupante de lo que parecía en la distancia. Por un resfriado, tenía los ojos y la nariz completamente cubiertos con una costra y estaba tan escuálido que se le adivinaban todos los huesos. Sabíamos que estaba vivo por el ruido que hacía tratando de respirar. Le dejamos la lata al lado y aguardamos su reacción, pero el gato, aun desnutrido y deshidratado, no se movía de su sitio. Era evidente que ni veía ni olía la comida. Se la intentamos aproximar a la boca, pero, a ciegas y asustado, se alejaba al sentir algo cerca, para volverse a tumbar unos metros más allá. Nos quedamos desoladas. Si no podía alimentarse, si apenas tenía fuerzas, ¿cuál era el destino de ese animal? 
—Solo está esperando morirse al sol…
Estuvimos toda la mañana trabajando en silencio. El ambiente era más sombrío de lo habitual en la oficina. Cuando ya era hora de acabar la jornada, le dije a Amparo:
—No me quito a ese gato de la cabeza.
—Yo tampoco.
Nos miramos. ¿Y bien, qué hacemos?
En este punto hay que decir que yo ya tenía dos gatos y Amparo una (que no acepta compañeros), pero aquello era una emergencia que no admitía más reflexión. Quedamos en que, si el gato seguía allí, lo cogeríamos y si no…
Cargadas con una caja de folios vacía a la que le habíamos hecho unos agujeros, anduvimos hasta el aparcamiento, que se quedaba desierto a esas horas.
El sol se había retirado y… el gato también. ¿Dónde lo íbamos a encontrar?
Echamos una mirada al amplio terreno… podía haberse escondido en cualquier parte.
—¡Está aquí! —me dijo Amparo que con instinto se había asomado a un arbusto muy bien podado—. Se ha metido dentro el tío.
El plan era simple. Tres pasos: abrir, meter, cerrar. Yo sostuve la caja y Amparo sacó al gato, que bufó y se revolvió un poco, pero las fuerzas no le daban para más resistencia.   Cerramos la caja. 
Vale, ahora ya lo teníamos.
—Ah, pues muy bien —valoré yo—, aquí estamos, con el movidón que tenemos sobre la cabeza y en tareas de rescate. ¿No crees que vamos a parecer de esas mujeres locas que como están deprimidas recogen gatos abandonados?
—Sin duda.
Pero había más gente dispuesta a ayudar. Alfonso, pareja de Amparo, nos recogió en coche y nos llevó a nuestra clínica de confianza, en la otra punta de la ciudad.Yo de vez en cuando echaba un  breve vistazo a nuestro pasajero. Cada vez que lo mirabas se te encogía un centímetro el alma. 
La cara de Bea, la veterinaria, cuando abrí la caja ante ella no me hizo sentir mejor:
—Vaya tela —dijo—. No sé si vamos a llegar a tiempo. Esto está muy mal.
Lo examinó y empezó a limpiarle la cara. El gato respiraba con mucha dificultad. 
—Es muy pequeño, ¿no?
—No —examinó sus dientes—. Tiene la dentadura ya definitiva, lo que pasa es que está tan desnutrido que parece pequeño o pequeña, porque…  no se puede saber qué es. 
—¿Qué hacemos? —preguntó la veterinaria— Lo digo porque va a requerir cierto coste y sus opciones son muy escasas…y tienes que saberlo.
—Lo intentamos —La decisión estaba tomada desde que habíamos cogido la caja de folios—, que tenga una oportunidad. Hasta donde él aguante.
Yo sabía que con Bea, profesional sensible y competente, estaba en las mejores manos. Para pode seguir adelante, lo primero era descartar que el gato estuviera infectado con leucemia felina (lo cual hubiera sido una sentencia definitiva). Miramos con inquietud las tiras del análisis. Negativo. ¡Primer match ball salvado!

Urgentemente necesitó unos goteros para recibir hidratación y los primeros cuidados, pero esa noche me lo debía llevar para devolverlo de nuevo a la clínica por la mañana.
En casa, Arantxa, a la que yo había contado la historia, no protestó (aunque ya teníamos dos gatitos), pero cuando el acogido salió del transportín, tambaleándose con sus frágiles patas, y ella lo vio con sus propios ojos, también puso esa cara del que se acerca a algo que da miedo, lástima y es difícil de mirar.
Dejamos al nuevo en una habitación aparte. Era preocupante estar a cargo de ese ser que se escondía y bufaba y que parecía cualquier cosa menos un gato.
—¿Y si se muere?
—Habrá tenido una oportunidad
Arantxa ya no pudo dormir. Le obsesionaba la idea de que aquel gatito se muriera de repente.
—Al menos, no se va a morir en la calle, solo.
El día siguiente fue crítico. El gato era tan pequeño que no retenía el calor y sufría hipotermia. Estuve toda la mañana, inquieta, pendiente del teléfono pensando que me iban a llamar para decirme que no había aguantado más.
—¿Por qué nos complicamos así la vida? —le pregunté a Amparo ante la máquina de café.
—Pues no lo sé.
Pero ese día aguantó y los siguientes. Fueron jornadas de visitas diarias al veterinario (que estaba kilómetros de mi casa). Yo lo dejaba a primera hora en casa de mis padres (muy cerca de la clínica), mi hermana se lo quedaban en el transportín hasta que abrían y lo llevaba a las vets, donde permanecía hasta la tarde. Había que obligarle a comer una cantidad determinada de comida proteica al día, pero el bicho no estaba por la labor. Mi hermana lo alimentaba con una jeringuilla,  “Hale, a lo bruto. Tiene que comer”. Mi padre preguntaba por él todos los días: “¿Y el orejas?”. “Bien, bien, sigue vivo”.
De vuelta a casa, al finalizar el día, Arantxa se quedaba haciéndole compañía todas esas noches que el gato estaba en la habitación naranja mientras nuestros otros dos gatos se quedaban tras la puerta tratando de saber qué pasaba allí dentro, por qué tanto misterio, tanta ida y venida.
—Está bien —le decía yo—, olvídate un poco.
—Está muy solito —decía ella— Y he descubierto que le gusta La embajada.
Aunque se notaba una mejoría, la veterinaria aún se mantenía escéptica y el gato no se movía mucho, respiraba con ronquidos y no paraba de estornudar. Entraras cuando entraras a la habitación, siempre lo encontrabas en la misma posición, pero sus ojos turbios iban cogiendo algo de brillo, revelando un bonito color verde, el de la esperanza.

Pasaron las semanas… los meses…

Decididamente, en ese año han sucedido muchas cosas (vida, muerte, cambios, desafíos… libros!!!).
Pero hoy es 23 de mayo otra otra vez.
Ese gato que Bea, la veterinaria, con cierta guasa compasiva bautizó como El Chanca y que luego pasó a llamarse Man… ha salido adelante gracias a la ayuda y fe de las personas que he nombrado aquí. Ahora es un gato cariñoso, bueno, dulce, simpático y juguetón. Come por tres, “habla” bastante y disfruta de una vida de burgués. Para ser un  callejero sin socializar es de lo más enrollado. Le gusta saludar a los humanos dando cabezazos y basta con que le apuntes con el dedo sobre la frente para que se ponga a ronronear. Es un tío feliz.
De aquel pasado suyo en el abismo solo persisten los estornudos y una respiración un tanto peculiar (Darth Vader style).

Seguramente, esta historia no tiene importancia. Hay tantos gatos abandonados y animales que sufren, tanta injusticia en general. No podemos estar recogiendo gatos en apuros todos los días y no siempre las condiciones o el momento lo permiten. Sé que podríamos haber pasado de largo y el gato habría desaparecido de nuestra vista -y con él nuestro sentimiento de incomodidad-. Creo que habría muerto de forma discreta y anónima…, pero ese 23 no pasamos de largo. Aquello no fue heroísmo, solo fue compasión.

La semana pasada quedé con Amparo para comer. Nos lamentamos de muchas situaciones de aquella última etapa en aquel trabajo… ¡cuántas cosas habríamos hecho de manera diferente! Solo hay una que no nos hace dudar y que nos arranca una sonrisa… una de la que no nos arrepentimos.
Sí, lo habéis adivinado… la única cosa que estamos seguras de haber hecho bien es haber recogido a Man del aparcamiento. Por eso, aún celebramos ese día desesperado en que estuvimos de acuerdo en que aquel pobre gatito que a nadie importaba merecía una oportunidad…



Qué penica y eso que aquí estaba reanimado!
"Por favor, no te hagas el muerto cuando duermes, que me  pegas sustos"

un gato de gustos refinados 



cariñoso...

no lo elegirían pelo Pantene, pero aquí la cosa iba mejor
ya iba pareciendo un gato

mmm, bien, no?


casi del tamaño de Michael!

iglú a juego con su pelaje...

esto es lo que consigue un año de mimos y amor







miércoles, 1 de febrero de 2017

Relato: Despiertos

Era el tipo de persona que se daba cuenta de su mortalidad cada vez que dormía. Si, por casualidad, oía voces al fondo de su sueño, voces de los despiertos, entonces comprobaba un hecho irrefutable: siempre había gente despierta cuando él dormía. Mientras él dormitaba, alguien estaría haciendo la colada, alguien amaría a otro, alguien sufriría. Los despiertos seguían adelante. 
La primera vez que se enfrentó con esta evidencia tenía 16 años. Era una tarde clara de primavera y él no estaba particularmente deprimido. Y, sin embargo, tuvo una revelación y encontró su vocación. Podría haber desarrollado fascinación por la vida, haberse hecho submarinista o intrépido viajero, pero Braulio Rey eligió el camino de la fascinación por la muerte. Se hizo médium y se cambió el Rey por King. 
Al principio fue una cuestión práctica. Ya que, tarde o temprano, iba a acabar en ese lado, quería tener contactos en el más allá.  Dedicó a esto muchas de sus energías y no poca de su capacidad. Rechazó estudiar contabilidad y colocarse en la empresa familiar. El negocio de las bombillas no le atraía. Él buscaba otra clase de luz. Tampoco prestó atención a las jóvenes que se interesaron por él en esos años en que aún despertaba miradas de admiración. Se sentía una especie de sacerdote y las mujeres ofrecían demasiadas distracciones. Cuando se vino a dar cuenta, era un solterón hecho y derecho con bastantes deudas y nada de colesterol. Había consumido ya cincuenta años de su existencia y la muerte parecía una probabilidad remota. Y lo peor: era incapaz de contactar. 
Superado el desencanto inicial, Braulio King no se derrumbó: consideró que era mejor ser farsante que derrotista. Había invertido su vida en ello. ¿Qué culpa tenía él de carecer de dotes mediúmnicas? Su pasión inicial se había convertido en un pequeño negocio de treinta metros cuadrados con el que llegar a fin de mes. Porque, aunque estaba lleno de pretensiones extraterrenales, él necesitaba comer. Noticias del Más Allá era su gabinete consultor. En horario comercial atendía a sus clientes con amabilidad y dedicación. Estaba convencido de que lo extrasensorial no reñía con lo empresarial. La mayoría de sus clientes eran viejas damas que buscaban consuelo espiritual. La rutina siempre era la misma. Ellas llegaban apesadumbradas por la nostalgia y salían con el el corazón y el bolsillo aligerados. Braulio les ofrecía un té con pastas selectas (siempre compraba en una pastelería francesa), les daba conversación durante una hora, después hacía el numerito de la ouija durante media hora más, les decía lo que ellas querían oír y a casa. Al final, las damas pasaban hora y media entretenidas y con merienda. Era como ir al cine, sólo que mejor. La película estaba personalizada.
Pero una tarde de domingo, la octogenaria señora Herrero vino acompañada de su nieta Dotty. Habitualmente acudía a Noticias del Más Allá con su señorita de compañía, pero aquel día la joven estaba agripada y las funciones recayeron en su nieta mayor. Dottie tenía treinta y muchos años y era muda de nacimiento. Todo el mundo daba por hecho que tenía un retraso y en consecuencia así la trataban. Se pasaba los días encerrada en casa bordando mantelería, habilidad en la cual, se decía, tenía gran maestría. Aquella tarde ella se situó en una silla un poco apartada y se puso a leer un libro de Julio Verne. La señora Herrero vino con la misma historia de siempre. Quería saber algo de su hijito Tomasín, que se había ido al cielo a los diez años, hacía ya más de cinco décadas, justo después de tomar la Comunión -esto último para gran consuelo de su madre-. Braulio siempre le contaba historias amables de Tomasín y siempre encontraba palabras emotivas para la señora Herrero que invariablemente acababa llorando. Braulio tenía comprobado que, cuanto más lloraba, más le pagaba. Y a él le parecía justo. Era como un premio a su capacidad dramática. Esa tarde Braulio se esforzó. Le narró una escena con Tomasín vestidito de marinero trepando a un árbol con las rodillas raspadas y le contó cómo el niño ya se sentía cerca del cielo. Allí, entre las copas de los árboles, había visto una luz y una voz cálida le había dicho: “vendré a por ti, pequeño Tomasín”. La señora Herrero se había asustado un poco y él había tenido que reconducir sobre la marcha la historia para que la anciana se quedara tranquila. “Era una voz dulce y de mujer. La Virgen, seguramente”. La señora Herrero lloró como una magdalena. Aún enjugándose las lágrimas le pidió a su nieta que pagara la minuta a Braulio. Dottie dejó a un lado a Miguel Strogoff y se acercó de mala gana. Tenía la mirada muy viva para ser tonta. Sacó unos billetes del bolso de su abuela y los dejó en la mesa, mirando a Braulio de una manera que él consideró impertinente para una mujer soltera. Él carraspeó y extendió la mano para coger el dinero. Entonces Dottie, de forma inesperada, puso su mano sobre la de él y la retuvo unos instantes. Y entonces pasó: Braulio oyó dentro de su cabeza una voz nítida y clara de mujer: “Debería darle vergüenza engañar así a la vieja”. El médium soltó rápidamente la mano de la muda y dio un respingo. “Perdón, ¿cómo dice?”, preguntó a la anciana, pero la señora Herrero no había abierto la boca, seguía sonándose en su pañuelo con encajes. Braulio volvió la mirada a Dottie que sonreía y seguía clavando en él sus ojos de aquella forma tan extraña: “¿Qué sucede, señor King? Ahora sí podría decirle usted a mi abuela que le está hablando la virgen. Y no mentiría”. Y lo oyó de nuevo claramente sin que Dottie abriera los labios. Braulio se puso lívido y la señora Herrero tuvo que mandar a Dottie a por un poco de Oporto. Ella no dejó de decirle cosas en toda la tarde. Para ser muda era muy habladora. Braulio no quiso cobrar a la señora Herrero. Esa tarde se fue pronto a dormir, pero no pudo pegar ojo. Lo que le había sucedido desafiaba todo su entendimiento y su lógica. Pronto tuvo que aceptar que nunca podría hablar con Tomasín ni con nadie del otro lado, pero que, por alguna razón podía comunicarse con Dottie. Y eso que primero le asustó después le intrigó.
Pasadas las primeras precauciones, las visitas continuaron. Dottie también le había cogido gusto al hecho de contactar con alguien. En el gabinete tuvieron animadas conversaciones mientras la anciana señora Herrero lloraba. Al principio eran monólogos de Dottie, que le sugería a Braulio historias sobre Tomasín en una clave más realista. Dottie se reveló como una mujer de fino sentido del humor y gran inteligencia. A Braulio no le costó que Dottie dejara su reclusión y accediera a dar paseos con él y le diera una tregua a la mantelería, cosa que elle agradeció: “Menos mal que has aparecido, Braulio, estaba a punto de hacerme la mortaja bordada”. Y él contestó solemnemente que eso tenía mucho sentido: “A fin de cuentas, querida, usted ya vive en la casa de la Familia Adams”.
Podía parecer que hacían una curiosa pareja. Ella muda, embelesada, mirándolo y él  lanzando frasecitas por lo bajín y riéndose, porque Braulio empezó a soltarse y a sentirse por primera vez en su piel en compañía de Dottie. Muy pronto, a los dos se les hizo evidente que estaban enamorados. No quisieron casarse, ni prometerse, ni hablar de ello. Jamás pensaron en formar una familia tradicional. Optaron por una salida más interesante: decidieron fugarse. Fue fácil en realidad pues los dos estaban considerados como almas dóciles. Lo desmintieron. Así, Dottie y Braulio se dedicaron a viajar y a ver todo lo que se habían escatimado a sí mismos: Estambul, París, la Cappadocia, Brasil, Jamaica, Australia… no había destino imposible. Cada día era una aventura para ellos, pero jamás les faltaba qué cenar. Al contrario, conocieron el éxito con un número ambulante de telepatía y prestidigitación que no tenía trampa ni cartón. 
Y así fue como, a sus cincuenta años y más despierto que nunca, Braulio King se olvidó del más allá y empezó por fin a vivir.