martes, 2 de agosto de 2016

Relato: cuentas pendientes

 En la noche solo se veía la casa como una campana de cristal entre los árboles. Había sido una travesía complicada y estaba agotada. Avancé hacia la puerta y llamé.
Una mujer mayor, extremadamente delgada, con el pelo recogido, me hizo una señal para que entrara:
—Le estábamos esperando.
Traspasé el umbral. Por dentro, la casa, que parecía luminosa y espaciosa desde el exterior, me provocó claustrofobia. La madera caoba y el terciopelo granate producían un efecto oscuro y monótono. Decadente. Una escalera de forma sinuosa trepaba hasta la segunda planta.
—Hay que subir —dijo la mujer tomando la delantera—, la señora Amalia está allí.
Ataqué los peldaños de dos en dos tratando de seguir el ritmo del ama de llaves. Por la ventana vi que empezaba a llover. 
La mujer esperó en el último escalón y señaló una puerta al otro lado del distribuidor. 
—No está a salvo aquí —dijo antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.
Abrí la puerta con cierto temor. Hacía mucho tiempo que no veía a Amalia. Tenía miedo de que su imagen no coincidiera con mis recuerdos. O peor: de que sí coincidiera. Para mí ella era la bella, la magna, la irrepetible Amalia.
La encontré en la cama, medio incorporada, llevaba un camisón blanco con volantes, una prenda barroca, como de otro tiempo. 
—Aquí estoy —dije desde la puerta.
Amalia deslizó la mano izquierda, que hasta entonces había mantenido bajo la almohada de plumón. Sacó un cuchillo de hoja reluciente:
—¡Por fin —dijo—. Pasa! —Se dio cuenta de que la miraba con sorpresa y temor y ablandó la empuñadura del cuchillo—Tengo que estar preparada, el psicópata sigue merodeando por la zona.
Lo sabía. Me lo había contado el ama de llaves por teléfono. Por eso estaba yo allí.
—El caso es que no he visto nada en la televisión ni en el periódico —dije. 
—Solo lo sabemos los vecinos. La policía quiere ser discreta.
Según me habían dicho un demente había matado a cinco mujeres, todas rubias, todas hermosas. Todas como Amalia. Al saber que yo estaba en la región, Amalia me había hecho llamar. Necesitaba que la ayudara a salir de la casa. Solo eso.
Amalia deslizó el camisón y me mostró una pierna, delicada y blanca. Se golpeó el muslo con el mango del cuchillo:
—Como un corcho —dijo—. Ya son cinco años sin sentir nada. Ni en esta ni en la otra. Ese maldito loco va a conseguir lo que nadie ha logrado: que yo salga de esta casa. Mejor dicho, que me saques de aquí.
—Ha sido providencial que yo estuviera cerca. 
—Sí, el loco y tú habéis aparecido a la vez, qué dulce coincidencia.
—Deberías haberte marchado ya —dije para espantar mi incomodidad—. Tu ama de llaves tal vez podría…
—Roberta tiene la fuerza de un pajarillo. Una costilla rota y tres hernias de disco. Solo la mantengo por pena. Por eso y porque me hace pensar que no soy la única tullida de la casa —un relámpago iluminó la estancia con colores espectrales. El camisón de Amalia se iluminó —larguémonos pronto —apremió—. Esto me pone los pelos de punta.
Amalia levantó los brazos hacia el techo y comprendí que quería que me diera prisa. Me acerqué a ella y la levanté en volandas.
—Vámonos.
Rodeó mi cuello con sus brazos claros:
—¿He engordado? —preguntó con un susurró—. Por las noches, a solas en mi cama, como pasteles de nata.
—No, no, estás perfecta —dije.
Sentí que me apretaba más fuerte. 
—Recuerdo cuando me abrazabas sin ningún motivo —dijo. 
—Creo recordar que te amaba.
—Hace eones de eso —protestó ella agitando la cabeza—. Cambiemos de tema.
Con Amalia en brazos empecé a caminar. En realidad ella era tan ligera como yo recordaba, tan increíblemente hermosa.
Roberta nos esperaba al pie de las escaleras.
—La policía ha emitido otro parte. Sospechan que el asesino está por aquí esta noche. Creen que puede actuar —me pareció que me miraba con insistencia.
—A mí ese matarife no me va a pillar, Roberta. En cuanto a ti, puedes y debes irte. 
—Mi sitio está aquí, señora. No creo que ese hombre tenga interés por una vieja como yo.
Cuando se alejó, Amelia me habló al oído:
—Yo tampoco creo que el loco ese aceche a Roberta.
Un poco turbada, me las ingenié para abrir la puerta y salimos por fin a la noche: ante nosotras se extendía la oscuridad del bosque cercano. La lluvia era débil, pero constante.
—¿No podemos esperar a que amanezca? ¿No hay vecinos cerca?
Amalia negó:
—Cuando decidí aislarme, lo hice a conciencia. Ya has comprobado que es imposible llegar aquí si no es a través del bosque. Pero no te preocupes, sigue por allí. En tres kilómetros hay un apeadero. El hermano de Roberta nos estará esperando con un coche y podremos irnos a la ciudad. Haremos las paradas necesarias para que no te agotes.
La luna, plateada con vetas oscuras, apenas iluminaba el camino. La perspectiva de estar a solas con Amalia me atenazaba. Comencé a andar hacia una vereda abierta en la espesura. Era lo más parecido a un camino.
Sentir el peso de Amalia entre mis brazos me traía recuerdos hermosos y otros de profundo y negro pesar. Eran esos los que no podía superar.
—Me extrañó que me llamaras a mí, precisamente —dije—. Hace tanto que…
—Creo que un loco suelto es un motivo poderoso para tragarme mi orgullo. Supuse que no te negarías.
Y había acertado. No me sentía capaz de fallarle. Otra vez no.
El silencio era envolvente. De vez en cuando el crujido de alguna rama bajo mis pies me sobresaltaba.
—¿Cuánto hace que no nos veíamos? —preguntó Amalia, y su tono agudo despertó las alarmas en mí.
—Cinco años —dije— justo desde el día…
—El día del accidente —completó ella—. En realidad, cinco años, un mes, y tres días. 
Permanecí en silencio, tal vez el mal trago pasara deprisa. 
—Si te soy sincera —dijo Amalia— esperaba verte cuando me desperté en aquella clínica de Niza.
Me tensé. ¿Cómo explicarle toda mi angustia, mis remordimientos, mi culpa?
—Aquello me sobrepasó y tuve que irme —era la primera vez que le daba explicaciones—. Los médicos me dijeron que no corrías peligro. Tu madre estaba en camino.
—Entiendo que no era una visión agradable. Ambas salimos mal paradas. Yo perdí dos piernas y tú un coche nuevo —dijo con dejadez.
—El coche no me importaba nada—repliqué—. El accidente se ha convertido en un recuerdo insoportable. No sabes cuánto he pensado en aquella noche; cuántas veces he revivido el momento; la curva y después… No he vuelto a conducir. Nunca me lo quitaré de la cabeza.
—No seas dramática —dijo y después se rió—Lo superarás. Ahora por ejemplo, podemos reírnos de todo aquello. Queríamos ver mundo. Ese viaje por Francia estaba siendo un poco aburrido. Solo lamento haberme perdido lo de Italia. Pero comprenderás que no podía arrastrarme allí, literalmente, tras María y tú. No hubiera sido nada elegante. 
La inquietud inicial se hizo más concreta. Ahora el espacio abierto ante nosotras se asemejaba a un túnel. Me dolían los brazos.
Amalia me había llamado varias veces desde el incidente, pero yo no había sido capaz de volver a verla y le había dado largas. El caso del loco había sido de fuerza mayor, me había obligado a actuar. A afrontar la situación. Y ahí estaba rindiendo cuentas… 
Lo entendí de pronto.
—Así que te has inventado todo esto para hacerme venir… 
—Y aquí estás por fin —confirmó, triunfal.
—No había ningún asesino. Todo era una mentira.
—En eso no has cambiado nada. Te acercas al corazón del asunto, lo tienes delante de ti y luego eres incapaz de ver la verdad, la razón última. Aquí sí hay un asesino…
Vi el cuchillo en su mano derecha, lo vi levantarse como si una polea tirara de él y después se clavó en mi espalda. Me arrodille y Amelia cayó al suelo.
Se quedó allí, lastrada, mirando cómo yo trataba de quitarme el cuchillo. Finamente, me desplomé junto a ella. La miré a través de la fina lluvia. Sus dientes brillaban en la noche. Su camisón era luminoso. 
La noche se hizo toda blanca por un instante antes de apagarse.






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