miércoles, 23 de noviembre de 2016

Lucharon por la patria

Hace unos meses, cuando mi vida era más tranquila, cayó entre mis manos un libro de que parecía perseguirme. Me lo encontraba aquí y allá y por fin decidí hacerle caso. Pero, más allá de captar mi atención por sus reiteradas apariciones... ¿me iba a enganchar un librito bélico escrito en los años cuarenta? Empecé como se empieza todo, por la primera línea y ... no me arrepentí. 
Hoy he vuelto a pensar en él, tal vez porque estoy leyendo de manera muy dispersa últimamente, quizá por aferrarme a un buen recuerdo, no sé... 

Os cuento:

Lucharon por la patria (1942) del premio nobel M. Sólojov cuenta la historia de un grupo de soldados que lucharon contra los alemanes en el Frente Oriental (en Rusia) durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella fue una fase decisiva de la contienda que acabaría con la rendición de Berlín en el 45. Pero, en los años que narra este libro, la situación era dramática (veintisiete millones de soviéticos perdieron la vida en la 2GM) y Sólojov escribe un libro dedicado al heroísmo de las gentes que defendieron la patria.

No soy yo de heroísmos y patrias, pero es difícil no sentirse conmovida por este libro. Y es que  Lucharon por la patria es una novela hermosa, lírica y poderosa.
El libro aborda la cuestión central desde una perspectiva naturalista. Es un canto a la patria, en el que la tierra (en sentido amplio) se hace muy presente, párrafo a párrafo. Por ejemplo, los soldados son un ingeniero agrónomo; un minero; un tractorista... La contienda se lleva a cabo atravesando granjas del koljós; defendiendo el río Don en el avance de los fascistas hacia Stalingrado. En todo momento, la naturaleza es marco presente y ausente de la historia, como si no entendiera lo que los humanos, esos seres frágiles y de paso, están haciendo. Ese distanciamiento es bellísimo porque refleja vida y muerte a la vez.

Hay sencillez en el estilo de Sólojov y cierta ingenuidad. No es un libro cruento, pese a la dureza de los hechos. No se recrea en los aspectos más morbosos. Siempre hay una pincelada de belleza y perplejidad (recuerdo a un personaje observando un cadáver sobre el que ha caído una lluvia de pétalos de margarita...). También hay momentos cómicos y todo ello contribuye a dar más fuerza y humanidad al relato.

El libro se vale de varios personajes para dar una visión de la guerra como situación colectiva. No solo exalta el valor de los soldados. También encontramos a médicos que trabajan incansablemente; a ancianas que resisten; a jóvenes mujeres que ponen en peligro su vida... todos ellos y ellas ejemplarizan al pueblo y son llamados a la acción. Quiero desacatar que Sólojov ofrece unos personajes femeninos fuertes y valientes y en ese aspecto, para ser escrito además en los años cuarenta es un libro a reivindicar. 
Me atrevería a decir que, el que emplea Sólojov, es un modo muy ruso de abordar una narración. Ese que va de lo individual a lo colectivo, en el que el individuo es una pieza de algo más grande. Del mismo modo, los grandes  momentos históricos (la 2GM en este caso), están animados por algo que no siempre se ve ni atrae los grandes titulares; algo que está debajo y es anónimo: la vida de la gente común y corriente. Creo que Unamuno llamó a eso intrahistoria...

cartel original de la película Lucharon por la patria


Es cierto que Sólojov era un escritor muy alineado con el Partido Comunista y con una visión pro soviética muy marcada, pero, a pesar de eso, el libro envía su mensaje y sigue funcionando sin parecer un panfleto. Y yo me pregunto por qué. Supongo que acierta en apelar a un valor universal: el de la unión de todo un pueblo contra el enemigo.

Dejo un fragmento que captura bien la esencia del libro:

"Poco después Sviaguintsev sintió cómo, primeramente la cabeza y luego todo el cuerpo, resbalaban hacia abajo. Se dio un golpe fuerte contra algo duro y de nuevo perdió el conocimiento. Se recobró  nuevamente y sintió en su rostro el contacto de una mano ancha y pequeña. Le estaban limpiando cuidadosamente la cara y los ojos con una gasa húmeda. Por un instante pudo ver una mano femenina, diminuta, y una vena azul en una muñeca blanca; después le acercaron a los labios el cuello de una botella tibia y un chorro fino de vodka le abrasó la garganta y la laringe. Tragó lenta y confusamente.  
Cuando le retiraron la cantimplora de los labios, aún hizo tres veces más como si tragara, pero en el vacío, como un ternero cuando le apartan las ubres. Tras lamerse los labios resecos, entornó los ojos. El rostro de una muchacha desconocida se inclinaba sobre él. estaba pálida y se le notaban las pecas a pesar de su tez morena. Un gorrito militar descolorido cubría sus rizos de color rojizo. Su rostro no era muy agraciado, se trataba de una muchacha rusa sencilla y chata.
Sin embargo, había en sus rasgos cierta bondad profunda y sincera y una inquietud honda; sus ojos, amables y grises parecían sentir tanta compasión que Sviaguintsev necesitaba esos ojos, casi imprescindibles para su existencia, como si sobre él se hubiera abierto un cielo interminable, con una sucesión de nubes en lo alto"



Aquí tenemos el realismo de la escena, el impresionismo (la vena azul en una muñeca blanca) y el anonimato de personajes que actúan como ejemplo ("se trataba de una muchacha rusa sencilla y chata").

Y el ejemplo trasciende, porque al final son esos personajes, sencillos, rusos, humanos, los que hacen que este libro permanezca muy vivo.

martes, 6 de septiembre de 2016

Rescatando Mogambo


Una de amor en África

Mogambo es una peli que encaja muy bien en mi personal apartado de pelis que rescatar. Seguramente, no se trata de un clásico indiscutible, pero, sin duda, tiene componentes que la hacen interesante. Un toque exótico, tres estrellas del cine clásico americano, un maestro de la dirección y escenarios naturales.

Mogambo se estrenó en octubre de 1953. Se trataba de un remake de una película de 1932, Red Dust, dirigida por Víctor Fleming y protagonizada también por Clark Gable, que de este modo retomaba su personaje veinte años después.Los papeles protagonistas de las mujeres, que, en la primera versión, habían sido para Jean Harlow y Mary Astor, ahora recaían en Ava Gardner y Grace Kelly. John Ford, sí, señor@s, el gran John Ford, aceptó dirigir esta película como un encargo, mientras rodaba una obra más personal para él:The Sun Shines Bright. Mientras Red Dust, situaba su acción en Indochina y se grababa por completo en los estudios de la Metro, Mogambo, el remake, se rodó en África (en Kenia, Tanzania, el Congo y Uganda), lo que, añadido al Technicolor ofrecía mucho atractivo a los espectadores y fue para John Ford un auténtico estímulo. En la MGM la atracción por lo africano estaba aún en el aire con el éxito reciente de Las minas del rey Salomón (1950).

¿Y de qué va Mogambo? Básicamente, es una historia de amor y aventuras en África. Eloise alias “Honey Bear” (Ava Gardner) viaja a Kenia, pero su plan inicial de ir de safari con un marajá se frustra y se queda allí atrapada a la espera de un barco que la rescate y la lleve de vuelta. En la base coincide con Victor Marswell (Clark Gable), un cazador y guía de safaris con quien tiene un ligero romance, hasta que… aparecen por allí un antropólogo inglés y su joven esposa, Linda (Grace Kelly). Estos contratan a Víctor para que les lleve de Safari. Sin muchas perspectivas ni planes, Eloise se une a la expedición. Aunque el marido está en las nubes, Eloise pronto se da cuenta de que la inocente Linda y el intrépido Victor están teniendo un romance. A partir de ahí la acción está servida. ¿Descubrirá el marido el affair de su mujer?, ¿podrá la joven Linda conquistar al experimentado Victor?¿reconquistará Eloise al cazador? Entre tanta chispa y tanta hormona revuelta el entretenimiento está garantizado. Dos mujeres enamoradas del mismo hombre. Una morena y temperamental y otra rubia y cándida. Sumemos, los peligros de los ataques de los nativos; escenas con animales salvajes, danzas tribales… peligro, amor, muerte, una vieja fórmula…


¿Y qué quiere decir Mogambo?

Recuerdo un mítico local de ambiente de Valencia. Estaba (está!) en el centro, detrás del Ayuntamiento y para acceder tenías que bajar por unas escaleras (estaba en un sótano). Aquello tenía un aire de, si no clandestino, sí muy secreto y misterioso (al menos para una joven como yo). ¿Qué habría bajo las escaleras? ¿A qué clase de mundo accederías? Ese local tenía el atractivo nombre de Mogambo. Aquello me encantaba. “Mogambo!, cómo la peli?” Me estuve siempre preguntando por qué un local gay se llamaba así. ¿Acaso había algo en la cinta que yo había pasado por alto?, ¿puro capricho?, ¿un dueñ@ cinéfil@? Bueno, nunca obtuve respuesta, y seguramente aquello no era lo más importante… 
Aunque vi la peli más veces no llegué a ver un romance entre Ava y Grace (ya me hubiera gustado). Mucho tenías que dejar volar tú imaginación, aunque eso, pensándolo bien, nunca fue un problema. Mogambo también era otro mundo, tan misterioso por entonces como el corazón de África :D

¿Pero qué quería decir Mogambo?
Investigando sobre el asunto, he llegado a dos posibles versiones distintas. Mocambo Night Club era el nombre de un club de West Hollywood en Sunset Boulevard que el productor de la peli habría utilizado como inspiración.
En suahili “mogambo” significa pasión… Me inclino a pensar que este es el significado del título.. Lo cierto es que se trata de un concepto clave en la película, así que sería un nombre bien acertado y que además transmite esas connotaciones africanas y exóticas. Perfecto para una peli y para un pub!

Una morena y una rubia…

Sí, en los personajes protagonistas femeninos encontramos la dualidad esa que era tan atractiva para Hollywwod:, la chica rubia dulce, angelical, ingenua, hermosa y algo fría, frente a la decidida, morena descarada y temperamental. 
Cuentan que al principio, las dos actrices chocaban bastante (una descarada y la otra un poco pija), pero finalmente, ambas hicieron muy buenas migas.
Lo cierto es que en esta peli, Ava Gardner se “comía” en pantalla a una Grace Kelly que queda demasiado blandita.
Ava estaba en la plenitud de su carera y con treinta años ofrece una de sus mejores interpretaciones, llena de ironía, encanto y sabiduría. La actriz tuvo que soportar el maltrato inicial de John Ford, que en general no era muy amable con sus actores y que, en esta ocasión había visto frustrada su intención de contar para el papel con su predilecta Maureen O’Hara. A pesar de empezar con muy mal pie, Ava Gradner supo ganarse su confianza y su camaradería. Cuentan que Ava le dijo aquello de: “Soy tan irlandesa y tan cabrona como usted y no pienso seguir soportando esta situación. Si no me quiere aquí no tiene más que decirlo”. Pues bien,desde entonces, afortunadamante, John Ford sí la quiso.

Por su parte, esta era la tercera película de Grace Kelly que contaba entonces con veintitrés años. Mogambo supondría su pasaporte a la fama.
Por lo visto, la pasión traspasó la pantalla y no fue la díscola Ava Gardner, sino la joven Grace quien se rindió a un intenso romance con el -por entonces soltero y muy bebedor- Clark Gable. Al parecer la diferencia de edad entre ambos acabó por distanciarles, pero mientras duró el rodaje, saltaron las chispas…
Aunque Ava Gardner llevaba la batuta, el duelo entre las chicas supuso sendas nominaciones a los premios Oscar. Fue esta la única nominación de la Gardner, una mujer que más que actriz fue una estrella. Mogambo no se llevó ninguna estatuilla. Ese año, el galardón al papel principal fue para Audrey Hepburn y su icónica Vacaciones en Roma y el secundario fue para Donna Reed por De aquí a la eternidad (película que, por cierto, arrasó en los Oscar)





El rey de la selva no es el león, es Clark Gable

En la peli, las dos se peleaban por las atenciones de… Clark Gable, que ya era un veteranísimo actor. Gable, que también se las tuvo tiesas con John Ford, aporta su masculinidad a esta cinta. Le ganó el papel a Stewart Granger (que, según dicen no quería separarse mucho tiempo de su mujer, Jean Simmons) y está perfecto en ese arquetipo de macho decidido y descreído que cede a los encantos de la joven Linda, pero que luego “recobra” la sensatez. Y es que un hombre así es un solitario cazador, al fin y al cabo tiene un mejor par en alguien como “Honey Bear”.

Clark, objeto de deseo


Mejor incesto que adulterio

El dilema para el aguerrido hombre de mundo que Gable interpreta no era solo si quedarse con Linda, la rubia  o Eloise, la morena. Resulta que Linda estaba casada y viajaba con su marido y eso complicaba las cosas.
Es bien conocida la anécdota de Mogambo en su exhibición en España. Y aquí tenemos que reconerle el mérito creativo a los censores de Franco.
Por supuesto, en esa época, en España (en realidad, en Estados Unidos también) la idea  de que el personaje de Grace Kelly tuviera un romance ante las narices de su marido era punto menos que escandalosa. La censura vivía obsesionada con el adulterio y el suicidio, ideas demasiado transgresoras. ¿Y cómo se podía censurar Mogambo? La opción de eliminar el personaje del marido, tijeras mediante y recortar sus escenas no era efectivo en este caso. Pero que nadie se ría, porque esta técnica ya la habían utilizado con la película Las lluvias de Rachnipur, en la que, para evitar el adulterio entre el personaje de Lana Turner y su guapo hindú (Richard Burton, ejem), y aprovechando que había una pelea entre el marido cornudo y un tigre, se cargaron el metraje en que aparecía el hombre a partir de la escena con el tigre (vamos, que lo “mataron”)… Sí, se eliminó el adulterio, pero nadie entendía por qué entonces los amantes seguían viéndose a escondidas con el mayor de los secretísimos… 

Volviendo a Mogambo… alguien tuvo la genial idea de alterar las relaciones entre los personajes mediante el doblaje. En un alarde de la técnica: “Bueno ellos dirán lo que quieran, pero nosotros doblaremos lo que nos de la gana”, el personaje del marido pasaba a ser sistemáticamente y en cada ocasión el hermano de la chica. Eso sí, nadie tuvo muy en cuenta que cuando el marido (que aunque blandito, era esposo legítimo) se ponía cariñoso con Grace Kelly el resultado era de lo más… raro. Me imagino las caras de aquellos primeros espectadores españoles que tuvieron el honor (!!) de ver la versión ultraretorcida de los censores. ¡Alucinarían!

¡Ay, hermanito, cuánto te quiero!

África, seducción y peligro

Si añadimos a la pasión de los protagonistas, lo fascinante del entorno, tenemos una cinta muy sugerente. La mano de Ford tenía que verse en esta peli, se esforzara o no. Mogambo combina material de archivo con escenas grabadas en entornos naturales. Esas localizaciones y esas escenas entre rugidos de león y tambores lejanos, dotan a esta peli de una atmósfera que va convirtiendo la pulsión sexual de los protagonistas en parte del background.
No hay duda de que el rodaje fue toda una experiencia.Ya hemos dicho que lo que pasaba en la pantalla también tuvo su trasunto fuera de ella. No solo el romance de Gable-Kelly en el bakstage, la grabación fue bastante accidentada y también hubo momentos de peligro y hasta desgracias (tres personas murieron en un accidente al despeñarse el Land Rover de uno de los ayudantes de producción). Y es que una película como Mogambo exigía un gran despliegue para todo el equipo artístico y técnico. Unas trescientas tiendas de campaña para formar el set, mientras el grupo se movía desde Nairobi a Tanganika, pasando por los estudios ingleses de Elstree. En aquella época, las ventajas fiscales de rodar fuera de Estados Unidos eran bien aprovechadas.
A pesar de que este no era un proyecto muy personal para John Ford, el maestro irlandés aportó su visión única y su maestría para los encuadres. Cada escena tiene encanto en esta peli. La escena de amor en las cataratas, los desplazamientos en canoa, los encuentros en las tiendas… ¡Puro Ford! Hay, por ejemplo, una escena en la que Ava Gardner está dando de comer a un elefante bebé y al final, este la empuja y ella se cae al barro. Esa es una toma improvisada en la que Ford le pidió a Ava que se dejara llevar y el resultado es perfecto.
Así como hizo Clint Eastwood en la cinta White Hunter Black Heart, recreando el rodaje de La reina de Africa, tal vez, algún día, alguien se anime a hacer una peli sobre la filmación de Mogambo. Yo la veo! 

¿No os ha parecido bastante? a ver… otro cotilleo…Según cuenta Lee Server en la biografía de Ava Gardner, Love is Nothing, durante el rodaje, en noviembre del 52, Ava, que estaba casada con Frank Sinatra por aquel entonces (de hecho, él había viajado con ella a África pero había regresado a Hollywood por una audición para De aquí a la eternidad) descubrió que estaba embarazada. Su intensísimo matrimonio con Sinatra pasaba por momentos malos y ella decidió abortar sin consultar con Frank. Pidió permiso a John Ford para acudir a una clínica privada a Londres y así estuvo el tiempo necesario en Inglaterra mientras la prensa creía la versión del estudio (que la actriz se estaba recuperando de la disentería). Frank Sinatra se enteró del asunto meses mas tarde, pero esa es ya otra historia que nada tiene que ver con Mogambo...


periódico en el que se informaba de la indisposición de Ava Gradner


jueves, 11 de agosto de 2016

Una enseñanza de Buda para escritores

Hay muchos principios que funcionan tanto en la vida cotidiana como en la escritura (o en el desempeño artístico en general).
Hoy me he fijado en un consejo de Buda, que, como veréis, es muy aplicable al oficio de escribir.
Decía Buda que un moje dedicado al adiestramiento mental más alto debía prestar atención de vez en cuando a tres cosas. De vez en cuando a la concentración; de vez en cuando al esfuerzo enérgico; y de vez en cuando a la ecuanimidad. Ese reiterado"de vez en cuando" es importante, porque resalta que las tres cualidades han de vigilarse y alternarse. Favorecer una en detrimento de las otras nos desequilibra, cultivar las tres nos da armonía.
Pero a ver cómo aplicamos esto a la escritura...

El esfuerzo

Para empezar, tal vez sería interesante desmontar el mito de la escritura fácil. Escribir requiere esfuerzo. En la concepción, en el desarrollo, en la edición y en la postproducción (si te autoeditas). En suma, es una actividad que implica dedicación, continuo aprendizaje y la evaluación de nuestros errores y aciertos. Pero ¿qué hay de malo? Nada, a mi modo de ver. 
El esfuerzo puede medirse por el sacrificio que lleva asociado (tiempo, relaciones con los demás, actividades alternativas...), pero también nos obliga a ofrecer lo mejor de nosotros. Cuando estamos demasiado relajados, podemos ser autocomplacientes, indolentes y poco productivos. Mejorar implica apretar.
Que escribir sea una actividad trabajosa no impide que, por momentos, nos brinde deleite y que nos divirtamos. De hecho, es bueno divertirse. Yo me divierto! (a veces :D) pero tampoco hay que tener temor de consagrarse a una afición que conlleva esfuerzo y gasto de energía. La recompensa ha de ser más satisfactoria también.

La atención 

Escribir es un acto de atención sostenida, pero no solo mientras se escribe. Hay una fase de atención pasiva, que puede estar en marcha todo el día ;) Cuando el escritor o escritora habita su mundo ordinario, es en cierto modo, una esponja. Allí todo puede ser inspirador y todo merece nuestra atención (la gente, los escenarios, los diálogos). Prestar atención puede ser muy provechoso y en cualquier momento se puede encender la chispa creativa. 
A veces, cuando entro en un espacio nuevo, me pregunto ¿cómo describiría este lugar si tuviera que escribir de él? Y eso me ayuda a fijarme en cosas que me pasarían desapercibidas (si no estuviera atenta...).
Después, en el escritorio, escribir es concentrar la atención y teclear. ¡Nada más y nada menos! No hace falta que diga que, en estos nuestros tiempos, sostener la atención puede convertirse en una heroicidad. Internet, nuestro gato, nuestra pareja, el vecino... hay tantas opciones de distracción... Y, sin embrago, el mérito está en volver a la página, continuar un poco más; no ceder. Puede ayudar pactar contigo mismo@ en que alcanzarás ese número de palabras o acabarás esa escena antes de... poner la lavadora o irte a patinar :D Esto también requiere su entrenamiento, pero se puede conseguir.

La mente ecuánime

Bien sabe el que se dedica a esto que escribir es una tarea solitaria que tarda en dar sus frutos (si los da). Nuestras metas pueden ser pequeñas (escribir un relato de 500 palabras; desarrollar una sinopsis para un futuro) o más grandes (ese concurso al que nos hemos presentado; la publicación que tenemos entre manos o una colaboración especial ante nuevos lectores...). Lo importante es mantener el equilibrio mental y anímico. 
Invariablemente, habrá días en que nos sentiremos en la cima, en los que veremos nuestra creatividad fluir o recibiéremos ese buen feedback que nos suba la moral, pero habrá otros muchos en los que no veamos avances; días en que nos sintamos miserables y nos preguntemos qué hacemos perdiendo el tiempo encerrados entre garabatos que no forman nada con sentido y a quien a nadie importan. 
La actitud más útil en cada caso sigue siendo el equilibrio y la ecuanimidad. Es tan loable aguantar los días malos como mantenerse tranquilo en las épocas de bonanza. Hay que mantener un ánimo sereno y sosegado, confiar en el camino y persistir. 

Aunque nada nos garantiza los resultados que queremos, con esfuerzo, atención y ecuanimidad tenemos una referencia interna muy buena. El resto consiste en seguir trabajando y esperar. Fácil, ¿no? :D



martes, 2 de agosto de 2016

Relato: cuentas pendientes

 En la noche solo se veía la casa como una campana de cristal entre los árboles. Había sido una travesía complicada y estaba agotada. Avancé hacia la puerta y llamé.
Una mujer mayor, extremadamente delgada, con el pelo recogido, me hizo una señal para que entrara:
—Le estábamos esperando.
Traspasé el umbral. Por dentro, la casa, que parecía luminosa y espaciosa desde el exterior, me provocó claustrofobia. La madera caoba y el terciopelo granate producían un efecto oscuro y monótono. Decadente. Una escalera de forma sinuosa trepaba hasta la segunda planta.
—Hay que subir —dijo la mujer tomando la delantera—, la señora Amalia está allí.
Ataqué los peldaños de dos en dos tratando de seguir el ritmo del ama de llaves. Por la ventana vi que empezaba a llover. 
La mujer esperó en el último escalón y señaló una puerta al otro lado del distribuidor. 
—No está a salvo aquí —dijo antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.
Abrí la puerta con cierto temor. Hacía mucho tiempo que no veía a Amalia. Tenía miedo de que su imagen no coincidiera con mis recuerdos. O peor: de que sí coincidiera. Para mí ella era la bella, la magna, la irrepetible Amalia.
La encontré en la cama, medio incorporada, llevaba un camisón blanco con volantes, una prenda barroca, como de otro tiempo. 
—Aquí estoy —dije desde la puerta.
Amalia deslizó la mano izquierda, que hasta entonces había mantenido bajo la almohada de plumón. Sacó un cuchillo de hoja reluciente:
—¡Por fin —dijo—. Pasa! —Se dio cuenta de que la miraba con sorpresa y temor y ablandó la empuñadura del cuchillo—Tengo que estar preparada, el psicópata sigue merodeando por la zona.
Lo sabía. Me lo había contado el ama de llaves por teléfono. Por eso estaba yo allí.
—El caso es que no he visto nada en la televisión ni en el periódico —dije. 
—Solo lo sabemos los vecinos. La policía quiere ser discreta.
Según me habían dicho un demente había matado a cinco mujeres, todas rubias, todas hermosas. Todas como Amalia. Al saber que yo estaba en la región, Amalia me había hecho llamar. Necesitaba que la ayudara a salir de la casa. Solo eso.
Amalia deslizó el camisón y me mostró una pierna, delicada y blanca. Se golpeó el muslo con el mango del cuchillo:
—Como un corcho —dijo—. Ya son cinco años sin sentir nada. Ni en esta ni en la otra. Ese maldito loco va a conseguir lo que nadie ha logrado: que yo salga de esta casa. Mejor dicho, que me saques de aquí.
—Ha sido providencial que yo estuviera cerca. 
—Sí, el loco y tú habéis aparecido a la vez, qué dulce coincidencia.
—Deberías haberte marchado ya —dije para espantar mi incomodidad—. Tu ama de llaves tal vez podría…
—Roberta tiene la fuerza de un pajarillo. Una costilla rota y tres hernias de disco. Solo la mantengo por pena. Por eso y porque me hace pensar que no soy la única tullida de la casa —un relámpago iluminó la estancia con colores espectrales. El camisón de Amalia se iluminó —larguémonos pronto —apremió—. Esto me pone los pelos de punta.
Amalia levantó los brazos hacia el techo y comprendí que quería que me diera prisa. Me acerqué a ella y la levanté en volandas.
—Vámonos.
Rodeó mi cuello con sus brazos claros:
—¿He engordado? —preguntó con un susurró—. Por las noches, a solas en mi cama, como pasteles de nata.
—No, no, estás perfecta —dije.
Sentí que me apretaba más fuerte. 
—Recuerdo cuando me abrazabas sin ningún motivo —dijo. 
—Creo recordar que te amaba.
—Hace eones de eso —protestó ella agitando la cabeza—. Cambiemos de tema.
Con Amalia en brazos empecé a caminar. En realidad ella era tan ligera como yo recordaba, tan increíblemente hermosa.
Roberta nos esperaba al pie de las escaleras.
—La policía ha emitido otro parte. Sospechan que el asesino está por aquí esta noche. Creen que puede actuar —me pareció que me miraba con insistencia.
—A mí ese matarife no me va a pillar, Roberta. En cuanto a ti, puedes y debes irte. 
—Mi sitio está aquí, señora. No creo que ese hombre tenga interés por una vieja como yo.
Cuando se alejó, Amelia me habló al oído:
—Yo tampoco creo que el loco ese aceche a Roberta.
Un poco turbada, me las ingenié para abrir la puerta y salimos por fin a la noche: ante nosotras se extendía la oscuridad del bosque cercano. La lluvia era débil, pero constante.
—¿No podemos esperar a que amanezca? ¿No hay vecinos cerca?
Amalia negó:
—Cuando decidí aislarme, lo hice a conciencia. Ya has comprobado que es imposible llegar aquí si no es a través del bosque. Pero no te preocupes, sigue por allí. En tres kilómetros hay un apeadero. El hermano de Roberta nos estará esperando con un coche y podremos irnos a la ciudad. Haremos las paradas necesarias para que no te agotes.
La luna, plateada con vetas oscuras, apenas iluminaba el camino. La perspectiva de estar a solas con Amalia me atenazaba. Comencé a andar hacia una vereda abierta en la espesura. Era lo más parecido a un camino.
Sentir el peso de Amalia entre mis brazos me traía recuerdos hermosos y otros de profundo y negro pesar. Eran esos los que no podía superar.
—Me extrañó que me llamaras a mí, precisamente —dije—. Hace tanto que…
—Creo que un loco suelto es un motivo poderoso para tragarme mi orgullo. Supuse que no te negarías.
Y había acertado. No me sentía capaz de fallarle. Otra vez no.
El silencio era envolvente. De vez en cuando el crujido de alguna rama bajo mis pies me sobresaltaba.
—¿Cuánto hace que no nos veíamos? —preguntó Amalia, y su tono agudo despertó las alarmas en mí.
—Cinco años —dije— justo desde el día…
—El día del accidente —completó ella—. En realidad, cinco años, un mes, y tres días. 
Permanecí en silencio, tal vez el mal trago pasara deprisa. 
—Si te soy sincera —dijo Amalia— esperaba verte cuando me desperté en aquella clínica de Niza.
Me tensé. ¿Cómo explicarle toda mi angustia, mis remordimientos, mi culpa?
—Aquello me sobrepasó y tuve que irme —era la primera vez que le daba explicaciones—. Los médicos me dijeron que no corrías peligro. Tu madre estaba en camino.
—Entiendo que no era una visión agradable. Ambas salimos mal paradas. Yo perdí dos piernas y tú un coche nuevo —dijo con dejadez.
—El coche no me importaba nada—repliqué—. El accidente se ha convertido en un recuerdo insoportable. No sabes cuánto he pensado en aquella noche; cuántas veces he revivido el momento; la curva y después… No he vuelto a conducir. Nunca me lo quitaré de la cabeza.
—No seas dramática —dijo y después se rió—Lo superarás. Ahora por ejemplo, podemos reírnos de todo aquello. Queríamos ver mundo. Ese viaje por Francia estaba siendo un poco aburrido. Solo lamento haberme perdido lo de Italia. Pero comprenderás que no podía arrastrarme allí, literalmente, tras María y tú. No hubiera sido nada elegante. 
La inquietud inicial se hizo más concreta. Ahora el espacio abierto ante nosotras se asemejaba a un túnel. Me dolían los brazos.
Amalia me había llamado varias veces desde el incidente, pero yo no había sido capaz de volver a verla y le había dado largas. El caso del loco había sido de fuerza mayor, me había obligado a actuar. A afrontar la situación. Y ahí estaba rindiendo cuentas… 
Lo entendí de pronto.
—Así que te has inventado todo esto para hacerme venir… 
—Y aquí estás por fin —confirmó, triunfal.
—No había ningún asesino. Todo era una mentira.
—En eso no has cambiado nada. Te acercas al corazón del asunto, lo tienes delante de ti y luego eres incapaz de ver la verdad, la razón última. Aquí sí hay un asesino…
Vi el cuchillo en su mano derecha, lo vi levantarse como si una polea tirara de él y después se clavó en mi espalda. Me arrodille y Amelia cayó al suelo.
Se quedó allí, lastrada, mirando cómo yo trataba de quitarme el cuchillo. Finamente, me desplomé junto a ella. La miré a través de la fina lluvia. Sus dientes brillaban en la noche. Su camisón era luminoso. 
La noche se hizo toda blanca por un instante antes de apagarse.






viernes, 15 de julio de 2016

Lo que he aprendido escribiendo Vendrá la noche

Querido@s tod@s,

por fin tengo el honor de presentaros el fruto de mis esfuerzos, mi novela "Vendrá la noche". De momento, está a la venta en Amazon en su versión Kindle. Preparo la edición en papel, pero sentía que no podía demorar más el lanzamiento, así que iremos por fases. 

Vendrá la noche es una historia de intriga (espero) y de fascinación, casi de embrujo. El embrujo en el que cae la narradora, Laura, por el personaje principal: Carol. Desde el principio esta conexión tendrá consecuencias imprevistas. Pero no quiero desvelaros mucho... Ante todo, he tratado de construir una historia, con todo lo que eso implica para mí. Coherente de principio a fin, con desarrollo y personajes bien definidos. Una historia sostenida y sostenible y cuidada en su escritura. Al estilo, al punto de vista, a los personajes, a los giros narrativos..., a todo le he dado mil vueltas y seguramente en alguna ocasión me habré equivocado en mi elección. No lo sé. Ya me diréis, si la leéis.

el objeto de mis desvelos
Lo cierto es que llegué a pensar que no llegaría el día (en que viniera la noche)... Sí, porque ha sido un camino largo y difícil, en gran medida por mi torpeza, todo hay que decirlo. Me ha costado bastante darle forma a esta historia de un modo que me pareciera medio satisfactorio y, en su conjunto, digno de estar en el mundo. Sí, digno. Considero que l@s escritor@s independientes tenemos que esforzarnos por ofrecer productos profesionales a los lectores, porque los respetamos, porque valoramos su tiempo y su dinero y, ante todo, queremos que tengan una buena experiencia lectora. Así que, teniendo en cuenta todo lo que quería conseguir, este proceso en su totalidad ha sido un buen aprendizaje para mí y me ha mejorado como escritora.


¿Y qué he aprendido?

Escribir una novela es un compromiso que exige tiempo, motivación y esfuerzo. Creo que no puedes ahorrarte nada de eso. Hoy en día, casi todo@s buscamos gratificación inmediata. Queremos ir deprisa en todo: en la producción y el consumo. Pues bien, hay casos y casos, pero lo cierto es que una novela es una carrera de larga distancia. Hay que ser constante y trabajar. Son muchas las maneras de enfocar el reto y todas son válidas.  En el mundo conviven los escritores planificadores y los que se lanzan y avanzan conforme el texto y la historia se despliega ante ellos. En ambos casos es necesario perseverar.

He comprobado también que soy muy exigente y que la exigencia, a veces es una de las bonitas máscaras del bloqueo. No solo se bloquea quien se queda retorciéndose las manos ante la página en blanco. También quien, como servidora, cae en el bucle infinito de la corrección y las dudas. Por tanto, y esto está en mi lista de "cosas que mejorar", no tengo que permitir que la exigencia me paralice.
Las historias (métete esto en la cabeza, Martita) cobran sentido compartiéndolas, no reteniéndolas.

A pesar de lo anterior, he aprendido que una novela nace de verdad en el proceso de edición. Ahí se desvela para nosotros con nuevos temas, nuevas esencias y nos ofrece la  oportunidad de desarrollar todo su potencial. Es algo casi mágico y muy hermoso. Por tanto, el primer borrador debe enfrentarse sin presión y disfrutando (sin autocensura de ningún tipo). Después ya vendrá la lucha, o -seamos más constructivos-, el crecimiento...

Esta es buena: he aprendido que un escritor novel no debería ser tan osado como para intentar salir airoso de una novela policiaca, ejeeem. La complejidad de la estructura de una novela que debe estar bien armada, es cosa que no hay que subestimar. Creo que es preferible debutar con algo con menos técnica, pero más corazón (en mi caso, ya no es posible, pero me desquitaré con el siguiente proyecto!).

He aprendido que escribir es un proceso difícil de transferir. Es decir, puedes y debes formarte, leer y aprender cada día, pero solo con la dedicación práctica vas a entender el proceso y a ti mism@. Solo entonces entrarás en "la zona". Es curioso lo obvio que es esto y lo que nos cuesta comprender a veces. ¡Lección aprendida!

He descubierto también que hay gente estupenda ahí fuera de la que aprender y a la que estar agradecida. Gente generosa que comparte y te hace mejorar. Personas que te ayudan leyendo tu historia, aportando ideas, sugerencias. O que simplemente, te animan con sus palabras, su ejemplo y su apoyo. ¡Gracias!

Aún queda mucho camino por delante. Quien ha autopublicado alguna vez (o quien mantiene un blog o desempeña alguna actividad creativa) sabe que el creador hoy en día ha de ser autor, editor y promotor... y eso, ay amig@s, eso ahora es el el gran desafío...




miércoles, 22 de junio de 2016

Hemingway, Miss Stein y la homosexualidad

Cuando pienso en Ernest Hemingway, me viene a la mente, antes que nada, la palabra vital. Masculino, dinámico, activo, certero, salvaje y primario son otros adjetivos que entran en mi pensamiento. Porque no hay duda de que Hemingway era (o se vendía) como una fuerza de la naturaleza. Pero, ¿es eso bueno, la esencia, la ausencia de artificio, de sensibilidad? Me encojo de hombros: ni bueno ni malo, supongo.

Es sabido que Hemingway era amante de la caza, los toros, la violencia, un bebedor insaciable, el escritor macho por excelencia. Todo esto forma parte ya del mito. También es conocida su homofobia. De acuerdo, eran otros tiempos los suyos en los que se exaltaban otros valores (y se acallaban los que a mí más me importan). Aún así, con sus sombras y sus luces, Hemingway es Hemingway...

En el libro París era una fiesta (A moveable feast, 1964), una delicia de libro por cierto, hay un capítulo titulado "Miss Stein da enseñanzas" que me ha resultado muy curioso.

Situémonos: París años veinte, Hemingway es un veinteañero, que tras ser herido en la Primera Guerra Mundial y trabajando como corresponsal, se traslada a París, seducido por los artistas y escritores allí establecidos. Allí coincide con Gertrude Stein, autora célebre y centro de la intelectualidad parisina de entreguerra. Coleccionista de arte, mecenas, mujer genial, escritora brillante y lesbiana. Todo un carácter. 
Imaginemos a los dos en la casa de Stein en el número 27 de Rue de Fleurus, cara a cara, tomando una copita.

Miss Stein pensaba que en materia sexual yo era un ser primitivo, y debo admitir que me quedaban prejuicios contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. La conocía como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar dispuesto a usarlo cuando se encontraba en compañía de vagabundos, en los días en que la palabra «lobo» ya tenía un sentido obsceno en América, pero no designaba precisamente, como ahora, a un obseso por las mujeres. 

Entonces relata Hemingway sórdidas visiones de hombres depredadores en su juventud en Kansas City y Chicago.

Miss Stein me hacía muchas preguntas y yo trataba de explicarle que cuando un muchacho andaba en compañía de hombres tenía que estar dispuesto a matar a cualquiera, y saber cómo se hace y realmente sentirse capaz de hacerlo, si no quería ser “molestado”, para decirlo con un término accrochable. Cuando alguien se siente capaz de matar los demás se daban cuenta enseguida y lo dejan en paz, aunque siempre había ciertas situaciones a las que no convenía dejarse llevar ni por la fuerza ni por la trampa.

Recuerda también una convalecencia en el hospital, durante la cual un caballero le procuraba demasiadas atenciones:

—¿Y el sujeto de Milán a quien debo compadecer no estaba acaso queriendo corromperme?
y Gertude Stein, socarrona, le responde:

—Pero no diga tonterías. ¿Quién va a corromperlo a usted? ¿Quién puede corromper a alguien que es capaz de mezclar alcohol blanco con una botella de Marsala? No, hombre, era un viejo desgraciado que no podía contenerse. Estaba enfermo y usted debería compadecerle.

Avanza esta curiosa charla, en la que él se encuentra incómodo y ella parece tantearle. 

No era yo el que había empezado aquella conversación, y me pareció que se ponía peligrosa. Casi nunca había ninguna pausa en una conversación con Miss Stein, pero estábamos en una pausa y ella quería decirme algo y llené mi copa.   
—La verdad, Hemingway, es que en esta cuestión usted es un ignorante -dijo ella. -Solamente conoció a delincuentes convictos y a enfermos y viciosos. El punto decisivo es el que el acto que cometen los homosexuales masculinos es feo y repelente, y después se tienen asco a sí mismos. Se emborrachan y se drogan para apagar el asco, pero su acto les repugna y siempre están cambiando de partenaires y nunca logran ser verdaderamente felices.  

—Ya me di cuenta.  
—¿Está seguro de que lo comprende?

y entonces ella, que aún no ha acabado de dar su visión de la homosexualidad, remata:

—Entre mujeres es lo contrario. No hacen nada que les dé asco ni nada repulsivo; y luego son felices y pueden pasar juntas una vida feliz.

—¿Y qué piensa de Fulana? —dije.
—Es una viciosa —sentó Miss Stein. —Es viciosa de verdad, y claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora. 
—Comprendo. 
En aquellos días habían tantas cosas nuevas para comprender, que me sentí aliviado cuando cambiamos de conversación. 

Parece que Hemingway no comprende, la verdad. Se ve a las claras que todo el intercambio entre ellos está lleno de prejuicios (por ambas partes). Así que, según Gertrude Stein, la homosexualidad masculina es vergonzante, pero la femenina, no... un punto de vista cuando menos partidista... 

La conversación parece un baile, en el que ella quiera guiar y él se resiste a entrar del todo. Y aún así no deja de ser muy divertido imaginarse al joven escritor teniendo esta conversación con la eminente Stein.
Con todo, tenemos que tener en cuenta que este libro está escrito entre 1957 y 1960 (y publicado de forma póstuma). En él, Hemingway rememora las experiencias de aquellos años de juventud en París, pero no hemos de fiarnos del todo del viejo Hem.
Él mismo, en el prefacio, escrito en 1960, deja un buen apunte:
"Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas con hechos".
Lo que sí parece es que, ficción o realidad, el autor norteamericano ofrece una opinión. Aunque expresó siempre de forma muy viva su intolerancia sexual (o quizá precisamente por eso), se ha especulado mucho sobre una supuesta homosexualidad reprimida en Hemingway (Ava Gardner lo insinuó en sus memorias; Zelda Fitzgerald también dejo caer que entre su marido y Hemingway había algo más que amistad...). Pero de esto último, si  es que existió, no hay nada escrito en París era una fiesta...

foto del pasaporte de Hemingway, años veinte




viernes, 3 de junio de 2016

Carol: Patricia Highsmith entre el amor y la vergüenza

Estos días estoy leyendo Patricia Highsmith (The Talented Miss Highsmith; 2009), biografía a cargo de Joan Schenkar. Estoy disfrutando mucho la lectura, aunque mi primera conclusión mientras paso páginas, es que Schenkar no tiene una visión muy positiva de la escritora. Tiempo habrá de comentar esto más adelante. De momento, me hace pensar sobre el papel que adoptan los biógrafos a la hora de abordar un personaje (¿se apartan y ceden el protagonismo o comentan y se hace presentes?) Ciertamente, a mí Joan Schenkar y su visión del personaje se me está imponiendo mucho (demasiado). Nos ofrece una Patricia H. difícil de estimar (de acuerdo, no tenemos por qué apreciarla), pero me pregunto hasta qué punto es válido opinar sobre todo (que vestía de forma muy masculina; que era tacaña; que tenía un carácter desagradable; que bebía mucho; que era egoísta, neurótica, anoréxica; incluso que tenía mala caligrafía!!!). No soy partidaria de hacer hagiografía con las biografías, pero tampoco de condenar de manera tan partidista...



Pero este post no está destinado a escribir sobre este libro (insisto, que, pese a todo, me está encantando), sino a hacer una reflexión sobre algo que he leído a propósito de uno de mis libros favoritos de Highsmith: Carol.
Recordemos que la novela se había publicado en 1952 con el título de El precio de la sal y el pseudónimo de Claire Morgan.

El 4 de abril de 1978, en Londres, Patricia Highsmith concedió una entrevista a Chris Petit, un joven periodista admirador de su obra que había conocido en Berlín.
y cito a Joan Schenker:
"(...) en esta mañana de primavera de 1978, dice Christopher Petit, Pat "me reconoció al final de la entrevista que ella era la autora de Carol". Y a continuación le hizo pasarse  "unos quince minutos prometiendo que no lo mencionaría en la entrevista ni le atribuiría la autoría a ella".
¿No es asombroso que una obra de la que estamos tod@s tan orgullos@s le causara tanta tribulación? Hasta ahora poco había leído sobre el proceso de creación de Carol. Sí había leído el prólogo de la propia Highsmith, escrito en 1989. En ese estimable texto ella justifica el uso del pseudónimo (sus editores habían rechazado la novela por su contenido) y ella, que empezaba a ser considerada una autora de suspense tras "Extraños en en un tren" no quería que la etiquetaran como una escritora de "libros de lesbianismo". 
En el prólogo Pat Highsmith también explica la génesis autobiográfica de la historia (el periodo que pasó en la Navidad del 1948 trabajando en unos grandes almacenes de Manhattan y cómo allí atendió a una elegante mujer que fue a comprar una muñeca para su hija. De ese breve encuentro, nació la novela...). Al final habla del impacto positivo que su historia (un historia de amor homosexual que no acaba en tragedia) había tenido en muchas lectoras y lectores -de los cuales había recibido muchas cartas de agradecimiento-. Sin embargo, con su toque un tanto "desapegado" concluye:
"Las cartas fueron llegando durante años, e incluso ahora llegan una o dos cartas de lectores al año. Nunca he vuelto a escribir un libro como éste. Mi siguiente libro fue The Blunderer. Me gusta evitar las etiquetas, pero, desgraciadamente, a los editores estadounidenses les encantan".
Un poco frío, ¿no? No se puede considerar la defensa más orgullosa que esta novela merece, lo que me cuadra con lo que cuenta Joan Schenken:
"A Pat siempre le había preocupado que la relacionaran con Carol y el tema la tuvo muy "atormentada" (la expresión es suya) antes y después de publicar el libro. Ahora, a menudo menospreciaba el libro, atacaba a su madre por haber contado que Pat era la autora (Mary Highsmith se lo había revelado a su pastor en Texas) y sólo muy a regañadientes permitió que se publicara  con su propio nombre en Inglaterra en 1990"
Solo cuatro años antes de escribir el prólogo que he comentado, Patricia aún se sentía incómoda con la  novela:
"En 1985, mantuvo un tenso intercambio con Alain Oulman, de la editorial parisina Calmann-Lévy, sobre la seguridad de su pseudónimo, Claire Morgan, ya que pensaba que en Francia se había filtrado que el libro era suyo. (No era el caso, pero los críticos encontraron "un toque Highsmith" en la novela). Cuando por fin la editorial Bloomsbury publicó Carol en Londres en 1990 con el nombre "Patricia Highsmith" en la cubierta, le cambiaron el título. Parece que siempre tenía que haber alguna parte de Carol que quedara disfrazada."
Una portada del libro 64 años después de ser escrito

Yo creo que está muy bien que tengamos estas informaciones y conozcamos estos detalles para valorar bien lo difícil que ha sido escribir y publicar novela lésbica (o no normativa en general).
Siempre he agradecido que Carol exista. Más de medio siglo después, además de un gran libro es una película de éxito internacional, avalada por la crítica, respaldada por el público y protagonizada por dos actrices de renombre.

Aún así, no debemos dormirnos. Recordemos qué tiempos difíciles fueron aquellos que llevaron a Patricia Highsmith  a  sentirse avergonzada de un libro que, en 1952, en su diario describía así:
"Ahora, ahora, ahora, enamorarme de mi libro... el mismo día que he decidido no publicarlo, no por un tiempo indefinido. Pero seguiré trabajando en él en la próximas semanas, puliéndolo, perfeccionándolo. Me enamoraré de él ahora, lo amaré de una forma distinta a como lo amaba antes. Este amor es eterno, desinteresado, altruista, impersonal incluso".
Un amor así merece el mejor de los destinos...

viernes, 6 de mayo de 2016

Versatile Blogger Awards

El otro día tuve el placer inesperado de ser nominada para los premios Versatile Blogger. La culpa de esto la ha tenido Yasmina Santos. Le agradezco que haya pensado en mí y me haya distinguido con tal honor. Yasmina va creciendo día a día con su blog y creo que nuestros progresos se alientan mutuamente.


Al parecer, en esto de los Versatil Blogger Awards, hay unas normas básicas que os resumo en: escribir un post con el banner de los premios y agradecer a quien te ha escogido; nominar a otros dos blogs; contar siete cosas sobre ti.

Empecemos por mí.

1. Decía André Gide que un escritor escribe... para que le lean. Un día pensé que, si no hacía algo por remediarlo, el día que yo muriera, alguien encontraría mis cajas y cajones llenos de libretas, escritos, historias, diarios...y bueno, podría quemarlos todos directamente en la falla del barrio, o pasar un buen y alucinante rato leyendo... Para ahorrar tiempo, me dije, sería buena idea sacar a la luz esos escritos en vida. Y con esa intención -más de actitud que de aptitud- nació este blog.

2. Mi evolución, mi crecimiento y mi escritura (y mi enseñarla al mundo) es lenta. Un día un amigo mío me dijo : Marta, tú eres como una pirámide, sólida, segura... en cambio yo soy un edificio con aluminosis... Bueno, ha pasado el tiempo y mi querido amigo es un exitoso hombre y yo sigo siendo la lenta de siempre. Publico poco, lo sé, pero ahí estoy.

3. El cine es una de mis pasiones desde niña, pero como siempre me ha acompañado me tomo ese amor con calma, como un compañero natural. Cuando tenía 10 años mi película favorita era West Side Story. Después, pasó a ser Encadenados (yo quería salvar a Ingrid Bergman de los nazis!) y más tarde comenzó a ser una mezcla de fotogramas, escenas y planos, mucho más amplios que una sola película, tendencia o escuela. De todo eso me alimento aún.

4. De lo que no me alimento es de mi cocina, desde luego. Es con seguridad uno de los campos en los que debo mejorar. La última vez que me puse manos en la masa, me cargué el móvil (abrí un armario y un termo cayó sobre la pantalla en la que seguía la receta, crashhh). Creo que fue una señal "aléjate de la cocina!".

5. Algo que me gusta pensar como complementario a este blog es mi cuenta de Twitter. 
@_mcatala Gracias a ella he conocido a gente muy interesante que me descubren cosas nuevas cada día. Me divierten y me instruye. Es la parte más gratificante de formar parte de una comunidad on-line.

6. Leer es otra debilidad mía, aunque aún no la he integrado mucho en el blog (todavía). Hay un libro que me encanta. Lo suelo recomendar a personas especiales y siempre, sin excepción, me he estrellado con la recomendación. Se trata  de Escrito en el cuerpo, de J. Winterson. Ese libro es como el zapato de cristal de Cenicienta. Algún día, a alguien le gustará tanto como a mí...

7. Tengo una novela en proyecto y ya está casi lista, pero me ha costado tanto (y he pasado por tanto amor/odio en el proceso) que a veces creo que vencerá mi parte crítica (y críptica) y nunca se hará realidad. Sí, a veces pienso que la vida no es más que un sueño de Antonio Resines...

Y ahora lo verdaderamente importante. Mis dos blogs elegidos para continuar esta bonita iniciativa:

Remendada: porque este libro-blog un ejemplo de constancia y S. nos ofrece cada semana (llueve o truene) su capítulo. Y nunca se le agota la fantasía. Nunca. La estrategia de la hormiga al poder!

Nico Por favor: me gusta su modo de trabajar. Su blog es ejemplar, porque además de su contenido, tiene un diseño que me encanta y sabe revalorizar su producto. Una chica lista hay detrás de todo esto.

Ha sido un límite tener que decidirse solo por dos, pero, nominación a nominación, sé que entre tod@s, alcanzaremos a acordarnos de l@s bloggers que nos alegran el día a día.









viernes, 29 de abril de 2016

Relato: Abducidas

Eva está en una habitación donde predomina el color blanco.  No hay ventanas. No hay  adornos ni apenas mobiliario. Tan sólo una mesa y dos sillas de un diseño que convendremos en calificar de futurista.  Eva está sentada frente a un ser de aspecto no humano (no hay duda de que no es de esta Tierra). El ser extraterrestre (de ahora en adelante E.T.) la mira con sus tres ojos amarillos. Eva no parece preocupada ni por lo singular del encuentro ni por encontrarse en inferioridad ocular. Tiene sus propias tribulaciones.
—¿Y sabe usted cuando dicen eso de, “nos presentó una amiga”?
E.T. calla.
  —Pues yo soy la amiga, siempre. Ese es mi problema. La historia de mi vida.
E.T. permanece impasible. No hay manera de saber si se trata de indiferencia. Empieza a manipular un cristal ovalado. Garabatea en él con la ayuda de un cilindro. Eva, aburrida, mira alrededor.
—Usted habrá tenido novia... o novio... o… pareja, eso pareja, ¿no?
E.T. mantiene dos ojos fijos en el cristal. El tercero apunta a Eva, que se acerca como si aquello se tratara de un micrófono o una cámara. Habla más alto, como para asegurarse de que lo que tiene que decir queda claro.
—Pues yo no, ea. Siempre soy la maldita amiga. Y ahora también... la maldita amiga enamorada de su amiga...
Da un puñetazo sobre la mesa y se pone a llorar. E.T. dirige todos sus ojos al cristal.

***
E.T. (no podemos asegurar que sea el mismo ser que antes, a pesar de que es igual) mira a Laura, que juega con su móvil. Parece muy divertida. E.T. no dice ni pruna. Espera hasta que Laura por fin advierte su presencia.
—¿Qué?, ¿ya?, ¿me toca? perdone, como tardaba tanto... Estaba jugando a los marcianitos... a los marcianos, quiero decir, no como usted que tiene aspecto de..., no, no me lo diga, déjeme adivinar, ¿tal vez de vegano? Me refiero a procedente de la estrella de Vega, no a que sea vegetariano, que... también es probable, ¿no?
E.T. la mira con esa mirada impertérrita que tan bien domina. Laura se pone las gafas.
—Yo diría que sí, vegano, porque claro, ustedes no pueden venir de Marte, ¿sabe? Tendrían otro aspecto, no sé —se ríe— , leí una vez que si existieran, los marcianos, serían como bolas con muchas escamas y usted es muy... agradable y… simétrico.
E.T., que no parece atender a cumplidos, le extiende un informe en papel. Laura se ajusta las gafas y lee en voz baja. Respira hondo y parece que piense que qué tecnología tan cutre la del papel, pero seguramente su cabeza anda en otra cosa, porque no alude al soporte, sino al contenido.
—Sí, sí, todo esto es verdad. Técnicamente ella la vio primero… a Martina, pero entre ellas no había nada. Sólo van a la misma clase. Me lo dejó muy claro y eso que yo no pregunté ni nada, vamos que insistió.
Laura examina de nuevo a E.T. y mira el papel. Y ahora parece que piense en qué genialidad eso de conservar el papel. Pero tampoco es eso lo que dice al final.
—¿Es por eso por lo que estamos aquí? ¿Por Eva? —suspira— Bueno, no me lo puedo ni creer, qué mal perder. Yo... sólo me acerqué a Martina y le hable de Hawkins y surgió la chispa y nadie puede culparme porque las mujeres me prefieran a mí, generalmente, ¿no cree?
***
Martina se arregla el pelo con las manos. Mira con recelo a E.T., que esta vez tiene los ojos violetas, en vez de amarillos. Nadie habla durante unos segundos. Martina se decide a romper el hielo.
—Eva se sienta a mi lado en la clase de semiótica. No hablamos mucho, ella siempre está concentrada mirando al frente. Me sé de memoria su perfil, muy romano, ¿verdad?  Me sorprendió que me invitara a su cumpleaños, ¿le he dicho ya que nunca me habla? 
E.T. mira una tablilla que se llena de extraños símbolos de forma periódica. Se detiene como esperando más información, aunque bien podría estar haciendo un Sudoku. No podemos saberlo. Martina tampoco puede saberlo.
—¿Sigo? Y Laura... es muy diferente. Ella sí me habla, vaya que si me habla. No sé si se ha fijado usted, pero es muy atractiva. Cuando se quita las gafas, tiene una mirada penetrante. Aquí penetrante es una metáfora, no vaya a usted a creer que lanza rayos o algo así.
Martina se aproxima a E.T., quizá para reclamar toda su atención, quizá para hacer una confidencia.
—¿Usted sabe lo que es la homosexualidad?

***
Eva, Laura y Martina están de pie, en una estancia blanca, junto a un mostrador que asemeja la barra de un bar. Hay tres brebajes frente a ellos. Eva coge uno de los tubos. Laura se lo quita y lo estudia.
—Esto debe de ser proteínico —lo huele—. Una sustancia no muy diferente de nuestra leche, en realidad. Creo que deberíamos tomarlo. Seguramente hemos perdido electrolitos aquí.
Eva le da un golpe de cadera y le quita la bebida.
—¿Y quién te dice que no es veneno?¿Es que siempre tienes que probarlo todo? ¿Ves? Ahí está el problema, que siempre haces lo mismo: buscar la novedad. ¿Es que no te han dicho que mejor es la buena conocida? ¿No te dieron clases elementales?
Martina carraspea y levanta el dedo índice.
—Lo bueno conocido
—¿Qué?
—Se dice “mejor es lo bueno conocido”.
Afortunadamente para Martina las miradas no matan.
—¿Tú ves a algún bueno conocido por aquí?, No, ¿verdad? pues habla con propiedad. No, mejor, cállate, que por tu culpa estamos aquí. Y a ver ahora cómo salimos.
Laura vuelve a arrebatarle a Eva el tubo con el líquido blanco, sus proteínas y electrolitos.
—Yo más bien diría, fíjate, que tú... empezaste todo. Porque, si nos remontamos exactamente al momento de los hechos...
Martina se acerca a una puerta. La manipula, sólo para constatar que está cerrada.
—Nadie tiene la culpa. Nos secuestraron.
Laura la mira con admiración, no sabemos si por su elocuencia, su sabia resignación o por su planta torera.
—Eso es. Correcto. Nos secuestraron, o... nos detuvieron y seguramente, por desorden público. 
Eva resopla. No parece aguantar más:
—Abducidas…
—¿Qué?
—Que la palabra correcta es abducidas, ya que sois tan precisas siempre. La puta palabra exacta cuando te secuestran extraterrestres es abducidas.
Martina, sorprendida por el arranque, apoya su mano en el hombro de Eva. Ella enfadada como está, se aparta.
—Abducidas, ¿pero, por qué?
—Porque estábamos en un monte, de noche, pegando gritos como insensatas. Y en el espacio la gente es más civilizada. No hay más que verlos.

***
E.T., que esta vez tiene los ojos verdes, se mira, lo que, según la quinta acepción de la RAE es el “tipo de extremidad par cuyo esqueleto está dispuesto siempre de la misma manera, terminado generalmente en cinco dedos, y que constituye el llamado quiridio, característico de los vertebrados tetrápodos”. Es decir, se mira la mano, aunque esta vez la generalidad no se cumple, pues únicamente tiene tres dedos. 
Martina está sentada frente a él con unos electrodos azules conectados a la cabeza.
—Si pretende usted entender mi cabeza, pierde el tiempo. Muchos lo han intentado. Y no funciona. Soy una chica complicada.
Martina se queda un momento quieta. Después abre los ojos con sorpresa.
—Ehhh le he oííído; le he oído hablar, me ha hecho una pregunta..., ¿que qué pasó exactamente? Tiene usted una voz muy grave, ¿sabe?

***
Eva gimotea con los electrodos en la cabeza.
—Tuve yo la culpa. Por gilipollas. Las invité a las dos a un pícnic nocturno psicodélico por mi cumpleaños. Creía que sería guay. Vas al monte con el coche, pones la música a tope y descorchas un par de botellas de vino. A Martina solo la invité para que Laura no pensara que yo quería llevármela al huerto, aunque, coño, sí quería llevármela al huerto. Al final lo único que me llevé fueron dos sorpresas: una, los malditos marcianos existen y… dos, y no por ese orden, que mis dos únicas invitadas se estaban morreando. Y eso último fue lo peor, de lejos.

***
Martina, en otra sala, escucha tras un cristal las declaraciones de Laura que habla con el  E.T., de ojos verdes. Laura parece muy segura de sí. Habla con mucha calma.
     —A mí no me gusta nada el numerito New Age y ese rollo de “vamos a unirnos con el universo”. Yo tengo una mente científica, aunque estudiara letras… pero eso no importa. Sí, estábamos a solas y Martina me besó apasionadamente. La noche estaba siendo perfecta hasta que… Pasó todo muy deprisa. Eva nos vio y pegó un grito espantoso y luego nos quedamos ciegas, pum, de golpe, las tres a la vez. Eva dijo que era un castigo divino, pero yo más bien pensé en el vino, que era muy malo, que ni es su cumpleaños se curra una buena botella. Y resulta que no fue lo uno ni lo otro… porque de pronto estábamos aquí.

Martina golpea el cristal.
—Ella, fue ella, ¡Laura se abalanzó sobre mí! Me dijo que subiera a la cima de la montaña con ella y que me enseñaría la Osa Mayor y sí, yo piqué. Cómo iba a saber que no hablaba literalmente. Parece tan seria, yo no sospechaba que… pero, ¡si yo fui allí esa noche por Eva! Y nos pilló y se confundió. Un desastre, bueno, una mierda, si me permite expresarme.
***
Laura, Martina y Eva están de pie sobre una plataforma. Las tres visten túnicas blancas. Martina mira su túnica de un modo tal que posiblemente acertaríamos si dijéramos que: a) echa de menos los pantalones, b) agradece que no haya estampados en la tela, c) finge que está pensando en a) o b).
Laura coge a las otras de las manos.
—Tenemos que hacer un ejercicio y después nos liberarán. Terapia experimental. Ella dijo que nos pusiéramos así, formando un triángulo y que siguiéramos las instrucciones.
Eva la mira desconcertada.
  —Ella, ¿quién?
—La alienígena, ¿quién va a ser?
—No se vosotras, pero yo sólo he hablado con hombres, varones, machos, marcianos…
—Hemos hablado con la misma gente y eran mujeres. Está claro. Porque no tenían atributos masculinos.
 —Ni femeninos. No eran mujeres. Eran… iguales.
—Más bien, idénticos. 
—Es lo mismo.
—No es ni parecido.
—Fueran lo que fueran, se parecen, sólo que había de ojos verdes y amarillos y violetas.
 —Pues eso es que el color indica el sexo.
 —Pues nosotras tenemos los ojos negros y eso no indica nada de nada. Venga, vamos con el ejercicio. Me quiero largar. ¿Qué hay que hacer?
 —Ellos o ellas o... ellis… dicen que somos un difícil enigma. Creen que esto puede ayudarnos. A ver, sigamos las instrucciones. La cosa es simple: cada una se pone delante de quien le guste y a ver qué pasa. Empieza, Eva.
Eva, obediente, se sitúa frente a Laura.
  —Supongo que ya lo sabías.
Laura encoge los hombros, se gira y se coloca frente a Martina.
  —No es culpa de nadie si nos gustamos.
Martina se coloca entre ambas y mira a Eva.
  —¿De verdad no notabas que te quiero? ¿no has visto las señales? ¡Por Dios estudias semiótica!

***
Laura se ajusta los electrodos. Escucha atentamente y afirma con la cabeza.
—Nos van a liberar. Nos agradecen sinceramente el tiempo que les hemos prestado.
—O nos han robado, más bien.
—Dicen que somos disfuncionales.
—¿Eso qué significa?
—Que no nos ponemos de acuerdo.

***
Eva, Laura y Martina están en la montaña, cogidas de las manos. Es noche cerrada y la luna resalta el color de las túnicas blancas. Miran al cielo. No se ve ni rastro de naves o marcianos. Están totalmente solas. ¿Podrían estar aún en el ultraespacio? Unas letras blancas en la ladera de enfrente lo desmienten. “CULLERA".
—Podían habernos dejado en Hawai. O habernos pagado algo, por lo menos, ¿no?
—En investigación, sólo te pagan si eres útil. Y como dicen que somos disfuncionales...
—Imbéciles es lo que somos.
—Disfuncionales. A mí me suena mejor…
—¿Disfuncionales? ¿Es que no saben lo que es un jodido triángulo amoroso? ¿No tienen culebrones en Marte o qué?
—Es cierto que no es tan raro. Yo conozco miles de casos, bueno, por lo menos un par.
—Oye ¿y si celebramos el cumpleaños? Por ese camino se baja a la playa. A mí  me han entrado ganas de bañarme. 
La sugerencia tiene una entusiasta acogida. Eva, Laura y Martina, las tres, están de acuerdo. Al menos en eso.