jueves, 3 de diciembre de 2015

Relato: Pastelito de lima

¡Por fin diciembre!
El apasionante, eléctrico y extenuante Nanowrimo terminó y... terminó bien. Muy bien.  Las 50.000 palabras descansan ahora en un rinconcito de mi ordenador, y confío en que, revisiones mediante, se conviertan dentro de un tiempo en una novela. Yo estoy contenta con el primer borrador, pero solo es el punto de partida... Veremos.

Pero eso ya es el pasado y la vida sigue y tenía muy abandonado mi blog. Así que esta noche dejo un relato para ir haciendo camino.
Es solo un divertimento y me he permitido un cambio de punto de vista al final, que no sé si chirriará un poco...

I'm back


***

Pasaban de las nueve cuando mi prima Clara vino a recogerme. Habíamos quedado para ir a ver a Carmen. Carmen estaba en el calabozo desde la tarde anterior. Al parecer, la Inspectora Ana V. estaba convencida de su culpabilidad.
Las horas desde que me comunicaron la noticia, hasta que me prima me reclamó con el claxon de su Renault Clio, habían sido angustiosas, pero Clara tenía muy buena cara al volante de su coche.
—Tiemblo como un flan. Menos mal que tú estás tranquila.
—Eso es porque siempre he esperado esta oportunidad.
—Está encerrada. La acusan de asesinato.
—Por eso, tonta —hizo un gesto con la cabeza par que mirara en el asiento de atrás. Vi una gran caja de cartón como las que se usan para llevar dulces. Estaba sujeta con el cinturón de seguridad. Mi prima me guiñó un ojo:— Ya sabes: pastelito de lima.
Efectivamente, yo ya sabía. Desde que leíamos los tebeos en nuestra infancia, mi prima me había dicho que un día me sacaría de la cárcel. Y lo haría, no porque creyera en mi predisposición genética a la delincuencia, sino porque esperaba poder usar aquel recurso: ocultar una lima en una inocente tarta. Y engañar a la policía. Aunque aquello se había convertido en una broma recurrente entre las dos, yo nunca había dado crédito a esta fantasía de mi prima. Éramos adultas. Esto era la vida real. Y ahora era Carmen, nuestra otra prima, la que estaba en apuros. 
Pero Clara tenía un genio de campanillas. Siempre mandaba en los juegos de las primas. Siempre elegía primero. Siempre decidía la película en el cine y el sabor de los helados que compartíamos. Yo ya sabía que era mejor no contrariarla de forma directa ni cuestionar su   dudoso sentido del humor.
—No sé si te das cuenta de la gravedad del asunto... —dije justo en el momento en que aparcamos frente a la comisaría. Ya era de noche.
 —Calla y date prisa en bajar. Carmen estará muy asustada y tendrá hambre.
Respiré hondo antes de abrir la puerta del coche. Que mi prima hubiera tenido el detalle de pensar en Carmen no tenía por qué indicar nada malo.
Cuando entramos en la comisaría, encontramos a la Inspectora con cara de pocos amigos.  Nos hizo entrar en la sala contigua al calabozo para explicarnos la situación. Hacía calor allí dentro, porque la Inspectora tenía la calefacción a tope. Era difícil hablar con ella: se paseaba, fumando nerviosa, en mangas de camisa y no se detenía más de tres segundos en un sitio. Tras un gran cristal que ocupaba casi una pared entera, estaba el calabozo. No podía ver a Carmen, pero sabía que estaba al otro lado. Clara dejó la tarta en una silla junto a los abrigos.  No dejaba de lanzarle miradas mientras escuchábamos a la Inspectora, que, al final, también acabó por fijarse en el paquete.
—Es para mi prima —dijo Clara—. Seguro que aquí le dan una comida apestosa.
Esta vez la Inspectora se quedó quieta:
—Nuestros menús no son muy variados, pero he oído que en la prisión estatal tienen mucha mano con la freidora...
No pude contener un escalofrío. La Inspectora Ana V. se acercó a la tarta. Inspeccionó los bordes del paquete con un boli.
—Le he prometido a mi novia que iría a la cena que organiza esta noche con sus colegas médicos –dijo. Dio una calada al cigarro mientras proseguía su examen— También le he dicho esta mañana que compraría espárragos en la tienda de Uri. Son cojonudos. Pero mira por dónde, aquí estoy, esperando una confesión.
—Mi prima no ha hecho nada —dije.
 —Ya... Esa mosquita muerta de su prima se niega a hablar. Está como en trance. Pero a mí no me engaña: se ha cargado a su jefa en un arrebato de orgullo profesional y le van a caer unos cuantos años a la sombra. De aquí la pasaremos al modulo de mujeres y no va a volver a ver la luz del sol. Pero ¿sabe qué? —me apuntó con su cigarro— No me interesan ni sus motivos, ni su historia de triste oficinista amargada. Solo quiero que confiese ya.
—Y podrá llegar al segundo plato, ¿no? —Clara había dado un paso al frente.
La inspectora nos dio la espalda y murmuró algo ininteligible. Después nos abrió la puerta:
—Voy a hacer una llamada. Esperen ahí dentro.
Por fin pudimos acercarnos a Carmen.  Estaba encerrada en una pequeña celda de apenas cinco metros cuadrados. Clara, a mi lado, se frotó las manos y se detuvo en el centro de la habitación. Yo me acerqué y agarré las manos de Carmen a través de los barrotes. La Inspectora tenía razón. Mi prima estaba como ida, parecía una mártir cristiana a punto de ser lanzada a los leones. Me sorprendió la dignidad de su mirada.
—Carmen, ¿no has sido tú, verdad? No puede ser. Tiene que haber un error. 
Carmen miró al suelo, como hacía cuando era pillada en falta. Le apreté las manos, frías como el metal. La obligué a mirarme dándole un pequeño tirón:
—No soportaba su perfume —dijo.
Me derrumbé. Carmen una asesina. ¿Qué sería de ella a partir de ahora?
Miré atrás, buscando la ayuda de Clara. La Inspectora seguía en la otra sala, dando vueltas en círculos, pegada al auricular.
—No te preocupes —dijo Clara. Tenía la mirada encendida y las mejillas sonrosadas—.Te hemos traído algo que, además de alimentarte, te va a ir muy bien. Pasteltio de lima —canturreó—. Pastelito de lima.
Me acerqué a Clara y la sujeté por los hombros:
—¡Ya, vale! Esto es muy serio.
—Por eso mismo, la familia cuida de la familia. Las primas se ayudan. Y me he gastado una pasta en los ingredientes. Son de primera...
Entonces supe que lo había hecho. De verdad. Había metido una lima de ferretería dentro de la tarta. Levanté la vista, por puro instinto. Si nos escuchaba la Inspectora, seguro que metíamos a Carmen en un problema aún mayor. Pero allí donde había esperado encontrar a Ana V. había ahora una habitación vacía, iluminada por una solitaria bombilla. Solo nuestro abrigos reposaban sobre la mesa.
—Mierda —dije.
*
Ana V. había considerado de lo más justo posponer el interrogatorio unas horas y confiscar la tarta que las familiares de Carmen habían llevado a comisaría. ¿Se merecía aquella mujer un premio, después de lo que había hecho? En cambio, ella, llevaba veinte horas sin dormir. No soportaba decepcionar a Celia. Le había fallado incontables veces en sus encuentros sociales. Siempre el maldito trabajo lo primero... Pues bien, ahora el trabajo debía sacarla de aquel apuro. Y por lo visto, estaba resultando. Los colegas de Celia eran unos médicos un tanto estirados. Cenaban en los restaurantes más chic de la ciudad. Pero había que reconocer que la prima de la sospechosa había puesto empeño en aquella tarta. El merengue blanco y denso destacaba en el centro de la mesa. Todos la miraban con admiración.
Celia sirvió un trozo a su jefe. El Dr. Estrada, cirujano estrella del hospital y una eminencia nacional, se llevó la cucharilla a la boca. Todos esperaron el veredicto.
—Mmm —dijo al fin—.  Tiene un delicioso toque a lima...
  



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