jueves, 1 de octubre de 2015

Relato: Hombre lobo

Ana dice que su marido es un hombre lobo. Y lo dice así, con toda la cara. No se corta un pelo. Ana siempre ha sido una fantástica. Desde que éramos pequeñas. Ella tenía poderes; veía fantasmas en la casa; hablaba con su abuela muerta por teléfono y por las noches, cuando todos dormían, volaba. Todo mentira, claro. Fantasías de niña. Pero es que ahora ya tiene 35 la tía y sigue en las nubes. Y yo le digo que no puede ir diciendo esas cosas por ahí, que qué va a pensar la gente. Y me dice que le da igual, que es la pura verdad. 
A mí me lo dijo en casa de Esther. Estábamos de torrá, celebrando que Esther se ha sacado por fin el carnet de coche (la de miles de euros que se habrá dejado en la autoescuela). Ella había venido con Alfredo desde su casa, que está muy apartada. El caso es que estábamos todos allí. Las de la panda, las otras amigas y el perrito de Esther, Charlie, que estaba más pesado que de costumbre, que ya es decir. Ana estaba muy rara y no paraba de mirar el reloj. Estábamos fregando los platos para el postre (que Esther los tenía llenos de polvo, que dice que ella no toma postre nunca). Íbamos a sacar el helado. Tres sabores. Riquísimo. Y va y le digo “pero déjate el reloj, chica, ¿qué tienes prisa?” Y va y me lo suelta. Que se tienen que ir, que hay luna llena y Alfredo es un hombre lobo. Así, de golpe. Y al principio, claro, yo me parto de risa, que qué cosas tienes, Ana. Pero ella me dice toda seria que no es broma y que Alfredo se pone muy bruto cuando se transforma y no quiere que la monte. Y menos mal que la convenzo de que no le diga eso a Esther, que seguro que no le gusta un pelo. Que la conocemos y se enfada mucho cuando alguien se da importancia a su costa y más en su casa. Así que Ana, que sigue con la perra de irse, le cuenta a Esther que le está matando la cabeza y que se van los dos a casa por eso. Y yo me quedo en la torrá pensando en todo lo que me ha dicho Ana y en que me parece una excusa muy mala y Esther, que nunca intuye nada, se pasa toda la noche contándonos los sitios a los que va a ir en coche, cuando se lo compre, claro. Y es verdad que hay luna llena y se ve muy bien desde el jardín, redonda como un queso. La fiesta sigue. Una amiga de Esther dice que está estudiando para azafata de avión y yo pienso, “pero, ¡si mides un metro cincuenta!”. Pero ella es así de estupenda. Otro trabajo no quiere, ni soñarlo. Yo me retiro pronto porque ya no me gusta acostarme tarde y para qué perder sueño.


 Al día siguiente me llama Ana. Me dice que si podemos quedar a tomar café cuando ella salga de aquagym. Yo le hago una coña y le pregunto que si Alfredo tira mucho pelo y ella me dice que va por épocas, que en verano más. ¿Que va por épocas? Es que Ana se pasa de cachonda. Le digo que ya vale con la bromita, que a mí tampoco me caen bien las amigas de Esther y no por eso pego la espantá y me dice que no es broma. Y quedamos en vernos. Al rato me llama Esther llorando. Cuando por fin entiendo qué dice, me cuenta que un perrazo bestia se ha cargado a Charlie, su mil leches. “¿Y cómo ha sido?”, le pregunto y me dice que no sabe, que se lo ha encontrado lleno de sangre, hecho trizas y que va a denunciar al vecino por dejar al perro suelto. Es un pastor alemán y de los chungos. Asesino. Me despido de Esther y quedo con Ana en el bar del polideportivo y, aunque parezca mentira, sigue con la milonga del lobo. Le digo que no estoy para rollos, le cuento lo de Esther y me dice sin pestañear que ha sido Alfredo. Ahí ya me enfado de verdad. Pido la cuenta. O para de decir cosas raras o voy a pensar que está loca. Y me dice que Alfredo había fichado a Charlie en la fiesta, que si no me fijé en que no le quitaba ojo. Y yo, pues no. Y añade que también se la tiene jurada al perro del vecino, Rex, el pastor alemán, el asesino. Yo le digo que qué quiere decir Ana  exactamente con hombre lobo. Si es que Alfredo es bruto, ya lo sabíamos. Que es peludo, también (a mí siempre me ha dado un poquito de cosa cuando en verano lleva manga corta). Y Ana dice que qué va a querer decir. Pues eso, que cuando hay luna llena, Alfredo empieza a cambiar. Cuando pido más detalles, me dice que le sale pelo en la cara y los ojos se le vuelven rojos. Los colmillos le crecen. Estalla las camisas. Y al final es como un lobo en grande. Sólo que anda a dos patas. Y lo malo es que siempre se escapa y luego vuelve con el morro lleno de sangre y sin recordar nada. Por eso se fueron a  vivir a la zona nueva y no porque a ella le gustara más (cosa que yo, en el fondo, nunca creí). Después, con las horas, se le pasa y tan tranquilo. Recoge todo lo que ha roto en casa y se toma un alkasetzer, que le va muy bien. Se va al trabajo normalmente. Algún día se ha tenido que quedar, pero poca cosa. Y yo le digo si esto no será que ha pillado algo raro. Ana dice que no, que es así de siempre. Que a ella se lo dijo cuando eran novios, que se iban a vivir juntos. Él tenía miedo de que ella lo rechazara por tío raro, pero qué va, ella encantada, como si le dice que es piloto. Y le pregunto que por qué me lo cuenta a mí. Y me dice que soy su mejor amiga. Y por qué no me lo contó antes, que es lo que me molesta de verdad. Y me dice que no sabía cómo, que lo entienda. Que aunque ella lo vea muy natural, hay gente que seguro que lo critica. Yo no lo voy a criticar, le digo. Pero piensas que es raro. Mujer, pues sí un poco. ¿Lo ves? Y me dice Ana que ahora, como hay tanta película por ahí, Crepúsculos y cosas de esas, que los lobos son tan guapos y estupendos, pues ahora cree que ya puede contármelo, que está mejor visto. Y a mí me parece muy fuerte que mi amiga me cuente que su marido es un hombre lobo y que se decida a sincerarse porque ha visto una película de niñatos. Pero no me gusta estar enfadada. Ana es mi amiga. Le digo que lo dejemos estar; que yo voy a estar tan igual con Alfredo, que todo el mundo tiene sus días raros. Y ella se pone súper contenta y me invita a cenar, los tres juntos, el viernes por la noche, así Alfredo me cuenta más. Ya enseguida me doy cuenta de que, de momento, no se lo tengo que contar a nadie, que la gente es muy bocas. Ni a Esther. Así que le digo que vale. Ana se va y yo me quedo pensando que me ha tomado el pelo. Pero es que lo cuenta tan pancha que vete tú y discútele. Y luego seguro que voy a la cena con Alfredo y se parten de mí, que siempre he sido una inocente, porque tengo fe en el mundo.  


Al ir hacia casa me encuentro con Esther, que, claro, sigue de bajón por lo de Charlie. Y me dice que iba a denunciar al del pastor alemán por dejarlo suelto, pero que va y el tío le ha contado que a su perro se lo han cargado también. Y que a saber qué perro bestia hay suelto por ahí, porque ha sido una carnicería y Rex tenía muy mala baba, sí, pero era un perro muy fuerte.

2 comentarios:

  1. Hola Marta,
    primeramente quiero disculparme por no entrar en tu blog hasta ahora. Pensarás porqué lo estoy haciendo en estos momentos.... Pues no lo sé, bueno.... sí que lo sé. Llevas algún tiempo siguiendo mi blog, compartiendo algunos post publicados y hoy precisamente me has comentado algo en un twitt.
    No hemos hablado nunca aunque por ti he conocido a bloggeras que estoy encantada con ellas.
    Hoy, que menos que al fin husmee en tu rincón de blog. Y este relato ha sido supercurioso su lectura, porque te engancha desde el principio para saber que "puñetas" pasa con el hombre lobo.
    A partir de ahora te seguiré muy de cerca.
    Saludos.

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    1. pero bueno!!!! no te disculpes, entiendo que el ciberespacio es tan amplio que es muy difícil estar al día. Yo encantada de que hayas decidido husmear. Me alegra que te haya gustado Hombre lobo. Es verdad que nos vamos descubriendo unas a otras y ampliando la red. A vosotr@s (les y otras hierbas) os tengo muy bien fichadas. Nos leemos aquí y allí. Mua!

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