miércoles, 31 de diciembre de 2014

Reseña: Loving Annabelle

Siguiendo con mi educación en cine LGTB, el otro día vi Loving Annabelle.
Vaya por delante la simpatía y respeto inmediato que siento por este nuestro cine, pero he decidido no casarme con nadie y ser crítica cuando haga falta. 
Loving Annabelle es una película del 2006, pero al verla me parece más del 96. Se me queda un poco lejana en su inocencia y su contención. Se supone que el texto que la inspira es el film Mädchen in Uniform (versiones de 1931 y 1958 esta última con la gran Romy Schneider). No sé yo si el resultado final aporta mucho. Desde luego, queda espacio para otro remake.

Simone y Annabelle

Loving Annabelle presenta una historia del género "internados". Se centra en la arquetípica fascinación alumna-profesor (que en este caso trata de ser la concreta relación alumna-profesora). La distinción no es gratuita, pues esa diferencia, la "a" de profesora, es la que da sentido a esta historia. Lo importante es que la historia de amor sea lésbica. Bien. Aunque la teoría tiene sus riesgos. Y  la peli cae de lleno en la trampa de su propia propuesta.  El problema con Loving Annabelle es que el espectad@r tiene que empatizar más con sus experiencias y deseos que con lo que ve en la pantalla. Yo, por ejemplo, soy incapaz de ver esa fascinación que es el motor de esta historia de amor, en la película. El esquema de la historia es claro: Llegar de A a B en el contexto del internado. Pero es el desarrollo el que falla. Katherine Brooks (directora y guionista) falla en el intento de hacer avanzar esta historia y darle cuerpo. Están los elementos, pero no hay alma. La historia LGTB no es suficiente por sí misma para aguantar el viaje.
Tan insuficiente  como una cita de Proust si se usa solo como una mera cita. 
"El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos." 
Este lema, que se utiliza como símbolo de la complicidad entre las dos protagonistas, no es un principio-base de este film, que no alcanza en ningún momento a dar una nueva mirada a la historia de amor. No basta con citar, pues.

Romy Schneider y Lilli Palmer en Mädchen in Uniform(1958)

La película es honesta, de bajo presupuesto -aunque tampoco ínfimo- (900.000 dólares), con buenas intenciones (y, como decía, se ven los elementos), pero... a mí no me basta. Yo siempre exijo un último esfuerzo, un poco más de búsqueda; nuevos ojos. Tal vez, esta historia se hubiera podido mejorar desde el guión mismo. Tal vez quitando un poco de acartonamiento a una de sus protagonistas, Simone (Diane Gaidry). Tal vez repensando el final!
El final de la película me parece un tanto abrupto (clímax y punto final, de golpe y porrazo) y me parece, además, un poco puritano (¿es una injusticia social?; ¿es un castigo?). En cualquier caso, durante la peli, la diferencia de edad entre Simone y Annabelle, nunca ha sido cuestionada (y es un tema que también da para reflexionar).
A pesar de estos cabos sueltos, teníamos buenas secundarias y subtramas: los celos de la compañera de clase; el pasado de la protagonista (criada en el colegio católico y con una relación difícil  con su tía: la Hermana Inmaculada)... Todo ellos queda un poco diluido en el conjunto. La historia personal de Simone está bien esbozada, pero no creo que se le llegue a sacar punta. Tampoco a la supuesta represión de la educación católica, más allá de los símbolos y las formas. En fin, se pasa muy de puntillas por los puntos calientes de la historia. Una pena.

Atracción en la capilla


En este sentido, yo prefiero otra película de internados: "Cracks". Tiene  más misterio y fascinación; más desquicie y un mejor casting (qué importantes son los buenos actores en el cine!)

Para cerrar el tema de Loving Annabelle: una pregunta planea por mi mente y me parece que es el lastre del filme. ¿Por qué ser una buena película, cuando puedes ser solo una película LGTB? And this is, Mesdames y Messieurs, la eterna cuestión...





lunes, 15 de diciembre de 2014

Reseña: ¿Quién teme a Vagina Woolf?

Os voy a contar mis impresiones sobre una peli de temática LGTB que he visto recientemente. Se titula Quién teme a Vagina Woolf  y es una película de 2013, dirigida por la cubanoamericana Anna Margarita Albelo. Narra una historia personal de la autora que contó para el desarrollo del guión con Michael Urban.

Para empezar hay que aclarar que estamos ante un proyecto de bajo presupuesto. De los que florecen al margen de Hollywood (de hecho, es casi metafórico que la protagonista sea una directora de cine que vive en el garaje de una amiga en Los Angeles) . Como os decía, una pequeña peli "indie" de las que nos interesan a una minoría. ¡Bien!

La película cuenta la historia de Anna (interpretada por la propia Albelo), que al cumplir los cuarenta se da cuenta de que tiene que tomar las riendas de su vida. Y es que nuestra protagonista  vive en un garaje, no tiene trabajo (intenta escribir guiones mientras hace actuaciones disfrazada de vagina -sí, como lo leéis), no para de fumar y no tiene pareja.  Así que se marca unos nuevos objetivos claros: rodar una película; perder peso; encontrar novia. Un estilo a lo Bridget Jones: una antiheroína que busca su sitio en el mundo con humor y buen empeño. Un personaje  con quien puedes empatizar. Estamos pues ante una comedia romántica fresca, agradable y muy personal.

Un buen día, en una galería de arte donde Anna realiza algunas performances, esta conoce a  Katia: una chica inteligente, joven y deslumbrante (su interés romántico), que se declara, además, fan suya. Anna, encandilada con la que pasa a considerar su próxima musa, encuentra por fin la motivación para escribir su película. Su plan es darle uno de los papeles protagonistas a Katia con la esperanza de conquistarla (no olvidemos su intención de encontrar novia). 

Como os decía, Anna empieza a poner en marcha su vida: primero escribe  sin descanso el guion de su futura película "Quién teme a Vagina Woolf", una historia que homenajea al clásico de Edward Albee y ofrece una versión lésbica cargada de buenas intenciones (nuestra prota tiene sus inquietudes intelectuales). Por cierto que el componente agridulce de la obra original ayudará a que en el rodaje se desaten también los conflictos personales.



Después de escribir la peli, Anna convence a sus  dos mejores amigas, que la apoyan desde el primer momento y se ofrecen a trabajar gratis para ella como actrices. Entre el equipo de gente que ayuda en la película está también Julia (interpretada por Agnes Olech, una chica con la que Anna tiene mucha afinidad, y que observa resignada cómo esta intenta conquistar a Katia -quien, por cierto, no parece hacerle mucho caso-...). Así que tenemos lío asegurado.
Mientras avanza el rodaje, la amistad y el amor se verán puestos a prueba. Y por tanto, las posibilidades de nuestra protagonista de ser feliz.

Además del amor, la historia también trata el tema de la amistad entre mujeres y de la familia. Tiene pinceladas (ligeritas) que tocan la identidad sexual, social y étnica (como os decía nuestra protagonista es hija de un cubano; Sus padres son latinos que viven en Miami y con ellos habla en español, marcando diferencias entre los contextos en que se mueve). 



El reparto está bien y las actuaciones son correctas. La protagonista (que, como os decía es también la directora) tiene mucha personalidad, pero le falta un poco de fuerza como actriz. El casting cuenta con una cara conocida, Carrie Preston gran secundaria en True Blood. Destaca entre las actrices Guinevere Turner, que interpreta a Penelope, la mejor amiga de Anna. Carismática y convincente.
La peli es visualmente atractiva. Con un estilo informal, divertido y acorde al punto de vista particular de su protagonista: una creativa que trata de encontrarse a si misma.

Quién teme a Vagina Woolf es sencilla y sin pretensiones, pero también es coherente y bien trabajada. Cuenta una historia y la cuenta bien. Puede decirse que sus mayores virtudes también  suponen sus límite (pues la producción es pequeña y la historia es sencilla. Tampoco da para más. Simplemente, te ayuda a pasar un buen rato).




Lo de la protagonista vestida de vagina es un poco "boutade", porque la película no llega a ser subversiva ni gamberra, ni hacer particulares reflexiones sobre la condición de mujer. De hecho, no profundiza en nada particular. Incluso puede llegar a estar demasiado centrada en las obsesiones de la autora. Aún así, la peli tiene sus puntos a favor. Se agradecen este tipo de películas para nosotras ( y no solo para nosotras), centradas en universos LGTB con un argumento disfrutable. 

Yo le pondría un seis y medio. 
¿La habéis visto?

domingo, 30 de noviembre de 2014

Reseña: Las mujeres de Sara

Esta semana, que voy liada en mil asuntos (creativos y mundanos) he podio, entre trayecto y trayecto de tren, leerme el libro Las mujeres de Sara, de Eley Grey.
Lo tenía pendiente desde que lo compré el día de su presentación en Bartleby , allá por finales de octubre (por cierto, gran presentación de la mano de las chicas de De aquí al Pans y de la propia Eley).

Siento una simpatia especial por Eley, aunque apenas la conozco. Y la siento porque  compartimos coordenadas geográficas,  personales (creo que es un poco más joven que yo) y pasión por escribir desde la perspectiva que nos da nuestro género y orientación.  Por todo esto, tenía ganas de leer su libro.
Uhm, como siempre que leo un libro, me surgen miles de cuestiones que desearía poder debatir con el autor/a. De tú a tú. ¿por qué has hecho esto aquí?, ¿cómo se te ocurrió aquello?
Pero, en la soledad de este post, voy a intentar dar algunas pinceladas.
Cuidado con los posible spoilers!!! Trataré de evitarlos.
Para empezar, Las Mujeres de Sara transmite el entusiasmo y  la alegría vital de la propia Eley.
Esta es su primera novela publicada, de la mano de la también entusiasta editorial La Calle. Buen tándem. Me alegra mucho que nuestro catálogo colectivo de libros LGTB aumente. Es una ocasión de sentirse feliz: más historias, más personajes y más autoras con talento nuevo. Bravo :D
Vamos con los puntos fuertes:
Las Mujeres de Sara es un libro que se lee muy fácilmente. Tiene mucha legibilidad: esa cualidad que te hace querer seguir leyendo. Y eso es sinónimo de las cosas bien hechas. La historia de Sara nos interesa y queremos saber más.
La estructura del libro me encanta. Es ambiciosa. Está estructurada en partes con nombre bíblico, pues la historia tiene una trama de crímenes con ritual religioso. Y, además, la intolerancia, los fanatismos y los sentimientos de culpa derivados de los prejuicios religiosos están bien presente. También buena parte de los personajes tienen nombres bíblicos. Y es que, en cierto sentido, asistimos  al viacrucis, muerte y resurrección del personaje principal.
La historia de la protagonista está narrada en varias líneas temporales (para entender su pasado y su presente). Con esto quiero decir que hay un esfuerzo por parte de Eley de ofrecernos una historia bien pautada y con sentido. Además, pone en acción a una galería de varios personajes y eso también tiene su enjundia y dificultad.
Ante todo, Las mujeres de Sara es un libro de descubrimiento personal. Lo que nos interesa es cómo va a reaccionar Sara a algo que sucedió en el pasado y que le causó mucho dolor. Qué decisiones va a tomar y si va a poder coger por fin las riendas de su vida y su identidad sexual. Una historia de descubrimiento y aceptación personal. De independencia y madurez.
Porque el de las elecciones personales en otro tema importante aquí. Varios personajes viven hechos traumáticos (abandono, rechazo, incomprensión) y cada uno reacciona de un modo. Es importante entonces entender que somos libres de tomar un buen camino personal o no. Eso me gusta.
Pero esta historia de descubrimiento, además está mezclada con una trama de suspense y asesinatos en un pueblecito de montaña en el que la protagonista se ha refugiado para reflexionar tras el abandono de su ex. La tensión aumenta cuando la propia Sara empieza a ser amenazada de muerte. A mí me ha gustado mucho esta parte y se me ha hecho muy corta.
Otro punto que quiero destacar es el retrato de personajes muy de España y locales (de los pueblos de interior de Alicante en este caso). Personajes que viven condicionados por sus vivencias y por sus limitaciones. Y como esa represión genera en ocasiones los frutos de la intolerancia. Yo estoy más acostumbrada a leer literatura anglosajona y me ha gustado que Eley sitúe la acción en localizaciones y contextos reconocibles. El tipismo, por así decirlo, me ha gustado.
Son bastantes cosas a favor.

En cuanto a los puntos menos fuertes...
Se nota que Eley es una escritora novel (y lo noto yo porque muchas veces me identifico en algunos titubeos) y tiene mucho camino aún para crecer y mejorar (y estoy segura de que lo hará). A mí me da la sensación de que, con la buena y sólida base que ha construido (es una historia que funciona perfectamente con el esquema : encuentro-separación-reencuentro), con esta base decía podría haberlo trabajado más aún. Yo, de haber sido Eley, me hubiera quedado el manuscrito un poco más para darle alguna vuelta.  Echo de menos un poco de profundidad en las historias de Jonás y de Ester (necesito conocerla un poco más). Además, hubiera reforzado la historia de Sara-Sofía. Un primer amor (desde mi perspectiva) es fuerte, arrebatador y muy intenso. Y a mí me falta un poco de fuerza (ya desde los primeros encuentros).
Por último, hubiera repasado el estilo para quitar alguna descripción que ralentiza y para ser más concisa en las frases. Pero esto es cuestión de repasar y repasar y repasar, algo con lo que yo tengo mucha obsesión... Siempre quiero sacar más.

Sin embargo, pesan más en la balanza los puntos fuertes. Estamos ante un libro positivo y alentador. Y ante una autora con mucho potencial. !Qué bueno que viniste, Eley!





lunes, 17 de noviembre de 2014

Relato: Como un torrente

Cuando venía a mi casa, siempre traía croissants de chocolate. Me daba vergüenza comerlos delante de ella y esperaba, desdeñosa, mientras ella se pringaba los dedos y se los chupaba sin disimulo.
–¿Te molesta? Pensarás que soy una troglodita...
–No, no –decía yo mirando a otro lado–. No veo ningún mamut por aquí.
Y nos reíamos. Bueno, se reía ella. Con muchas ganas. Todo lo hacía así, como un torrente.
–A veces sueño que meto los pies en una fuente fresca, ¿tú no?
–Yo a veces sueño que salgo a la calle con zapatillas de andar por casa.
Estaba encantada de tener visita. Llevaba tres semanas sin salir de mi apartamiento, con la pierna inmovilizada. Ser pintora de exteriores es arriesgado a veces.
Ella había llegado una mañana cálida. Se plantó en el salón y se me quedó mirando.
–Me ha abierto el perro –dijo.
–Strike abre a todo el mundo sin preguntar –dije mientras me estiraba la bata, arrugada–. No conoce el derecho de admisión– Y era verdad. Strike, a mi lado, golpeaba la cola contra el sillón. Bum-bum, bum-bum, como un corazón.
–Vaya, qué enrollado –dijo ella. Y dio un beso en la trufa.
 
Era preciosa. Joven y vital. Me había dicho que me admiraba y que quería hacerme compañía. Pensaba que yo tenía gripe (eso había leído en Internet, en mi página personal, esa sin foto de perfil, que sin duda  debía mejorar), pero no le importaba el cambio de virus por huesos rotos. Era evidente que necesitaba que me echaran una mano. Superado mi desconcierto inicial, ella había dicho: “Admiro tanto tu obra...” y entonces yo había sabido que me confundía con la vecina de arriba, la gran pintora H. Peña. 
Quise aclarar el entuerto “No soy esa pintora que crees”, pero ella me detenía con gestos llenos de vida “Ya sé, ya sé. La modestia es muy bohemia. No te esfuerces. Sé quién eres”. Después, me dejaba mimar y me concentraba en ella. Escuchaba cómo le iba en la Facultad de Filosofía, los proyectos que tenía en mente “Lideraré una comunidad basada en afinidades artísticas”. “Tal vez te lleve”. Y entonces ya me era imposible dejar de ser H. Peña. Dejar de ser quien ella quisiera. Y le hablaba de mi experiencia “la pintura habla más que las palabras. Es un lenguaje más preciso”. 
      Por la noche, cuando ella ya me faltaba, me leía en Internet frases llenas de retórica. Memorizaba cosas para decírselas y, a veces, en mi ignorancia, mezclaba conceptos. Arriesgaba.
“Así que eres una iconoclasta”, me dijo una tarde. Hacía calor, el ventilador giraba despacio y cada 25 segundos hacía flotar su melena castaña. “Me lo dicen mucho”, dije sin saber si era bueno o malo. Me miró como a un cuadro cubista, despacio, de lado. 
“Te he estudiado al dedillo. Y, sin embargo, ¿sabes qué es lo que más me gusta de ti?” Yo enrojecí de pura vergüenza. “Tu obra es honesta. Auténtica y necesaria. Eso te hace distinta” Di las gracias en nombre de H. Peña. Envidiaba su talento, su genio, lo que fuera que hacía que a ella le brillaran los ojos de esa manera.
Una noche, acabado ya el verano, llovía y ella llevaba una cazadora negra que atrapaba la lluvia, me dijo que se marchaba lejos. Dejó los croissants sobre la mesa, con un tubo de pomada de árnica y menta. Arrancó un cuerno esponjoso y se lo dio a Strike. “He comprendido que debo empezar mi proyecto ya. Me marcho a  la Polinesia. No volveré”. Me dio un beso en la mejilla que se quedó allí haciéndome cosquillas. 
Yo andaba ya con pasos cortos. Me iba recuperando de la fractura. Ella me tendió un sobre cerrado: “Esta es la creación tuya que más admiro, sin duda”. Me quedé paralizada, incapaz de ser quien ella quería. Incapaz de poner cara de H. Peña ni un segundo más. Diminuta, no pude añadir nada. Se marchó.  

Cuando me cansé de contar las gotas de lluvia de la ventana, cuando dejé de pensar en la Polinesia y la Micronesia, abrí el sobre. 
        Sólo había una fotografía. Era de la frutería “Fruta selecta”. Reconocí la fachada, el color. Aquel verde Nilo que yo había escogido para la joven pareja que estrenaba negocio. Aguaplast, fácil de lavar. Alegre. Y esos toques de amarillo sobre la puerta para que les trajera fortuna. Fue un buen trabajo y lo tuve listo en dos mañanas. Me pagaron al contado. La dueña  me regaló mandarinas.




lunes, 10 de noviembre de 2014

Ficción criptolésbica



¿Os acordáis de Expediente X?  ¿Recordáis que Mulder y Scully, episodio tras episodio, y a pesar de lo que se espera en toda serie con un hombre y una mujer trabajando juntos, nunca llegaban a "cruzar la línea" en su relación personal? Y eso que parecía que había algo flotando en el aire. ¿O no?, ¿era solo afinidad?, ¿compatibilidad profesional?, ¿atracción por lo inexplicable? En cualquier caso, a ese común tira y afloja romántico-sexual entre protagonistas de series pronto se le bautizó como Tensión Sexual No Resuelta. Desde Luz de Luna a Castle, pasando por Bones la TSNR es un ingrediente de lo más efectivo para enganchar a la audiencia, y es que, si se hace bien, nos aseguramos tener a la grada impaciente, expectante, esperando el acercamiento de los protagonistas.

Rizzoli and Isles, la química no pide permiso

  Rizzoli and Isles es una serie estadounidense en emisión, (va por la quinta temporada) que me recuerda a la expectación que os comentaba. Está protagonizada por una policía y una médico forense. Juntas, aunando esfuerzos, tienen que hacer frente a un peligroso asesino en serie. Jane y Maura, dos atractivas, resueltas, independientes y competentes... amigas. En la ficción, a menos que se diga lo contrario, a los personajes se les asume firmantes gustosos del contrato de heterosexualidad obligatoria (que diría Monica Wittig). Y sin embargo, Rizzoli and Isles está considerada como una serie criptolésbica. Cripto lésbica. Me interesa el concepto.


Rizzoli & Isles, ¿amistad o algo más?



Como se puede deducir del nombre, esto quiere decir que es lésbica de forma oculta o secreta. Así, la relación de estas dos mujeres puede ser leída en clave homosexual. Si bien es cierto que nada sucede entre ellas (de momento), es innegable que hay una química especial. Hay... algo. Esta percepción está tan asumida que existe incluso un hastag #Gayzzoly, que, semana tras semana, interpreta los elementos gays ocultos en cada capítulo. Además, la teoría ha llagado a oídos de la creadora y las intérpretes de la serie. La autora niega que, de entrada, los personajes sean lesbianas, pero no le disgusta la idea. Una de las intérpretes deja en el aire el cariz que puede tomar la relación en el futuro. Nada se puede descartar. Incluso la cadena responsible de la serie está jugando con la ambigüedad en sus promos más recientes.  Y es que, la historia de estas dos mujeres interesa al público, independientemente de su condición sexual. Pura TSNR.

Esposadas
           

Todo depende del color con que se mire

Antes de indagar por Internet, había un capítulo de Rizzoli al azar (uno que emitieron en Calle 13 una tarde cualquiera),  y al instante percibí ese rollito ( “love les is in the air”). Por supuesto, no esperaba que los personajes fueran lesbianas (eso es mucho pedir en las series mainstream, incluso hoy en día), pero, desde luego, eso se filtraba en la serie . Se escapaba al control. Fluía. 
Cualquier persona homosexual (creo yo) está acostumbrada a descodificar textos heteros. Acostumbrad@ a leer entre líneas y a captar segundas intenciones (voluntarias o no, insisto). Cuando la representación en la ficción de personajes LGTB, era una quimera, tenías que estar al quite, dispuest@ a captar ese gesto, esa mirada, esa frase banal. Afortunadamente, cuando el espacio textual se abre a la interpretación, se dispara en   caminos insospechados, tan personales como espectadores hay. Y eso es algo que no puede evitar ni la censura más férrea.

Algunos Criptoejemplos

Siempre me ha gustado el cine clásico americano. Me encantaban las películas de Bette Davies, Joan Crawford, Katahrine Hepburn, Barabara Stanwick. Actrices todas ellas que brindabas heroinas fuertes, independientes, susceptibles en mi mente de protagonizar historias criptolésbicas. Simplemente por su carácter, por su falta de convencionalismo ofrecían una puerta abierta a mi imaginación. Yo no pedía mucho. En última instancia, ya me podía montar yo la película.

Pero había ocasiones en que las cosas se me hacían más evidentes. Voy a poner algunos ejemplos de mi experiencia como espectadora, películas en las que yo veía algo más sin que se explicitara nada. Algunos ejemplos son sutiles y otros...

Damas del teatro (1937), Gregory La cava. Una residencia de aspirantes a actriz con sus sueños, ideales y cuitas. Katharine Hepburn y Ginger Rogers. La nueva compañera de habitación. Intelectual Vs listilla. Chispa, diálogos ingeniosos. Complicidad... Rivalidad pero también solidaridad femenina. 

Damas del teatro, universo femenino


The Haunting (1963) : varios personajes con poderes psíquicos son reunidos por un doctor para llevar a cabo una serie de experimentos en una casa encantada. Entre el grupo, la tímida, hipersensible Nell y la segura y espontánea Theo, que, en el libro que inspira la película, comparte apartamento con una mujer. Hay algo (solo entre líneas). Yo prefiero la versión de Robert Wise. Hay un consenso casi universal por el que se considera un auténtico bodrio. Aún así, continúa fluyendo el elemento criptolésbico y se da un paso más, explicando la condición de bisexual de Theo (protagonizada aquí por Katherine Z. Jones).


Lo paranormal es no ver que aquí hay tomate


Siete mujeres (1966) . Última película del gran John Ford. Un western protagonizado por mujeres. Anne Bancroft como médico líder de la misión en Manchuria. Una mujer que fuma, bebe whisky, y lleva los pantalones. Entre las siete mujeres que lidera la doctora Cartwright (ocho con ella) está Agatha (Margaret Leighton) que tiene una buena cripto-fijación con la dulce y joven Emma (Sue Lyon), que, a su vez, admira a la doctora... Todas tendrán que enfrentarse a un tirano brutal. 7 mujeres es considerada una película menor del maestro irlandés, pero yo la tengo en mi altar.

Una perfecta tomboy

Ricas y Famosas (1981) Jacqueline Bisset y Candice Bergen. Una amistad a través de los años, con rivalidad, celos. Es un remake de la película Old acquaintance (1943), protagonizada por Bette Davies y Miriam Hopkins. La nueva versión fue dirigida, además, por G. Cuckor, un director maestro en la dirección de actrices y... homosexual que despidió su impresionante carrera con esta joyita. Curiosamente, la crítica acusó a la película de tener una sensibilidad gay, pero no en el sentido que yo propongo. Por lo visto la promiscuidad hetero del personaje de Jacqueline Bisset les parecía a algunos más propia un de hombre gay que de una mujer. Toma ya.


Trama heterosecual, subtexto homosexual



Tomates Verdes fritos (1991). Probablemente, la película criptolésbica por excelencia. Dos mujeres viviendo juntas, criando a un hijo. Una relación más ambigua en la peli que en el libro, es una alianza femenina a la que solo le falta la alianza ;)

Tomates Verdes Fritos, todo un clásico


Showgirls (1995): tendría que dedicarle un post entero a esta película, dada mi predilección por ella.  Mientras ese día llega, la pongo en esta lista. Si la relación pasión, rivalidad, provocación y chispas es entre Nomi y la todesexual Cristal, yo quiero poner el foco en la pareja Nomi-Molly. Molly recoge a Nomy en las Vegas, cuando a ella, recién llegada, le han robado la maleta (todo lo que tiene en la vida). La amistad se sella al instante. Y la lleva a su casa. "¿No querrás ligar conmigo?" pregunta Nomi. No, dice Molly. Y, aunque en efecto, entre ellas solo hay una casta amistad... pues... ¿qué queréis que os diga? Si Cristal es el fuego, Molly es la ternura y mueve a Nomi más que nadie. De hecho, en el musical Showgirls de Broadway se parodia la relación entre ellas y su subtexto lésbico.  Nada que objetar.



Nomi y Molly, amistad a primera vista



Por cierto, y para cerrar este post, en la octava temporada de Expediente X, cuando la serie ha dado ya más vueltas que una noria, aparece en escena  la agente Mónica Reyes. Admira mucho a Scully y pronto se hacen muy buenas amigas y... ¿ya estoy viendo cosas otra vez?  Bueno, como toda buena amante de esta gran serie sabe, La verdad está ahí fuera...




¿Quién se acuerda de Fox Mulder?





lunes, 3 de noviembre de 2014

Relato: El túnel del terror

Leonor apresuró el paso. No debería haberse puesto el abrigo de piel. No hacía frío y ahora parecía del todo inapropiado. Pero allí estaba ella, en aquel mugriento parque de atracciones, con las pieles, los tacones, un pañuelo de seda sobre el pelo y las gafas de sol. Por fortuna, la gente no parecía reparar en ella. Estaban absortos en sus conversaciones, entre algodones de azúcar y manzanas caramelizadas. De lo contrario, habría fallado en su propósito de no llamar la atención. Pero así lo había visto en las películas: las gafas de sol y el pañuelo. Siempre funcionaba. Lo importante era que ya estaba allí. 
El lugar de encuentro era muy vulgar. Era lo primero que había pensado dos noches atrás, cuando había descolgado el teléfono de la cocina para llamar a su hermana. Quería preguntarle cómo hacía aquellas empanadillas argentinas tan buenas. Entonces se dio cuenta de que Richard estaba hablando desde el teléfono del despacho y tuvo el impulso de colgar, pero, cuando ya iba a desprenderse del auricular, oyó la voz cantarina y sensual de aquella mujer. Y siguió escuchando. Rita, que así se llamaba la voz desconocida, se dirigía a su marido como Rick. Él, que se mostraba muy afectuoso con ella (“preciosa”, “pienso en ti a todas horas”), propuso un encuentro dos días más tarde en el parque de atracciones junto al río. Iban a pasarlo en grande juntos. La cita quedó fijada a las nueve en la entrada del túnel del terror. Rita mandó a Richard un beso sonoro y colgaron. Los tres.  Después de eso, Leonor siguió preparando la cena: optó por una ensalada templada en lugar de las empanadillas. Conmocionada por lo que acababa de escuchar, trató de ordenar sus pensamientos mientras servía la cena. Las ideas se le agolpaban en su cabeza: Rick (ella odiaba los diminutivos); el parque de atracciones (jamás habían ido juntos a un sitio así); el túnel del terror (eso era lo único que parecía cuadrar son sus sentimientos). “Preciosa”, “pienso en ti a todas horas”. Y todo empezó a encajar: los retrasos, las excusas, ese aire distraído que él tenía desde hacía tiempo. Rita era la culpable.
Esperó dos horas dando vueltas hasta que dieron las nueve de la noche. Aún no sabía cuál era su propósito al acudir al lugar de encuentro de su marido y su amante. Sólo sabía que necesitaba verlos, que necesitaba verla. Tal vez así entendería. Leonor se había arreglado con esmero y se sentía tan nerviosa como si afrontara su primera cita con Richard. Imposible olvidar aquella tarde lluviosa de marzo en que se citaron por vez primera. Habían ido al Museo de Arte Moderno. Aquel día también llegó dos horas antes. Para hacer tiempo, se leyó los folletos de la sala principal  y después comprobó que Richard los repetía palabra por palabra. Richard siempre había sido un diletante que se jactaba de su cultura. Y ella lo admiraba. Pero eso quedaba muy lejos ahora.
Los vio enseguida. Estaban de espaldas. Richard apoyaba su mano bronceada en la espalda de ella: una espalda blanca moteada de jóvenes pecas. Rita, pelirroja de piernas kilométricas y risa floja. No debía de tener más de veinticinco años y atraía las miradas lupinas de todos los hombres. Leonor la caló al instante: una cabeza hueca con el tiempo de caducidad de las rosas. Por desgracia, esa noche era la más hermosa y vital de las flores. Richard se giró de repente y Leonor tuvo los reflejos de esconderse tras una puesto de golosinas. Para disimular compró un globo. Había que reconocer que Richard parecía rejuvenecido. Llevaba un par de botones de la camisa desabrochada, cosa que Leonor nunca le permitía. Apoyaba distraídamente la chaqueta sobre el brazo y sus ojos brillaban con intensidad. A Leonor le pareció oler su intenso perfume a Tèrre d’Hermes desde la distancia.
La pareja hacía cola en la atracción del túnel del terror. Pasados un par de minutos subieron a uno de los vagones que estaban a punto de partir. Leonor había cumplido su misión: ya los había visto y seguía sin entender nada. ¿En qué había fallado? ¿Valía la pena poner en peligro dieciséis años de vida en común por esa mujer? Rita rió con gran estruendo. Leonor pensó que semejante risa era una provocación: una invitación a salvajes desenfrenos. Leonor siempre había reído en silencio, odiaba llamar la atención. Ahora también lloraba en silencio. Se iban, así que decidió subir tras ellos en un vagón. Se abrió paso entre las parejas que se besuqueaban en la cola. No temía que la vieran. No parecía que Rick fuera capaz de fijar su atención en algo que no fuera el escote de su acompañante.
Por fin se sentó tras ellos, confiando en su atuendo de espía: el pañuelo, las gafas y ahora también el gran globo rosa con forma de caniche.
“Señora, va a pasar un miedo de muerte”, le advirtió el mozo que aseguraba los vagones. Leonor sonrió, mustia. No creía que hubiera ya nada esa noche capaz de asustarla. “Será mejor que se quite las gafas  o no verá nada”. Leonor se aferró a la barra de seguridad haciendo caso omiso. Los vagones comenzaron a avanzar por los raíles con un chirrido seco. Poco a poco sus ojos se ajustaron a la nueva oscuridad.
Rita se acercó más a Rick. Le gustaba tenerlo cerca, a pesar del perfume tan fuerte que él llevaba esa noche. Ella no quería entrar en el túnel del terror. Ya era bastante miedosa. Pero Rick se había reído de sus temores. Le había parecido un detalle encantador y femenino, y le había asegurado, sacando pecho, que con él siempre estaría a salvo.  Ella no había podido objetar nada más. Pero Rick no entendía –¿cómo iba a hacerlo?- que lo suyo era algo más que un tonto temor. No podía saber nada de las pesadillas y las visiones, como no podía saber nada del doctor Bertrand y de las pastillas. Era pronto para contarle algo así. Tomaron una curva brusca y un ruido atronador los sacudió. Todos los ocupantes de los otros vagones chillaron. Rita cerro los puños y se clavó las uñas en las palmas. Tenía que aguantar. El doctor Bertrand, que la veía “francamente recuperada”, le había dado las pautas para superar esos pequeños episodios: respirar hondo, pensar en otra cosa; contar de cien a cero, despacio, visualizando los números. ¡Qué idiota el doctor Bertrand¡ ,¡qué sabía él del terror! Con su estúpida condescendencia y su anticuado paternalismo. Rita no podía dejar el éxito de su cita con Rick en manos de un truco barato de relajación. Por eso, y sólo para sentirse más segura, se había llevado su pequeño revólver en el bolso. Con el arma sí se sentía más tranquila. Le funcionaba.
Se había fijado por primera vez en ella mientras hacían cola.  La había visto mirándolos, allí plantada, como una aparición. Después había subido en el vagón posterior al suyo. Cuando, ya dentro del túnel, pasaron junto a un espejo deformante, un rayo de luz los cegó y vio a la mujer reflejada y distorsionada. Llevaba un pañuelo sobre la cabeza y gafas oscuras, aun con aquella oscuridad. Rita estaba segura de que los seguía. No podía comentárselo a Rick, ¿qué iba a pensar? Ella bien sabía que su imaginación le jugaba malas pasadas. Desde pequeña había creído que hombres y mujeres desconocidos la acechaban. No la habían podido atrapar, pero aún lo intentaban.
La mujer de las gafas iba sola en su vagón y, a cada minuto que pasaba, a Rita le parecía más y más inquietante. Todos en el túnel del terror chillaban, reían, cuchicheaban, se abrazaban a sus parejas. Pero aquella mujer permanecía quieta, como absorta, con la mirada fija en ellos. Seria, imperturbable y con aquel horrible globo en la mano como única compañía. Rita empezó a sentir escalofríos, le temblaban las rodillas. Una bruja surgió de una esquina, con una escoba despeluchada y la cara llena de pegotes de maquillaje. Rick pegó un pequeño bote y ahogó una risita infantil. Rita se aferró a su bolso. Quería salir de allí. Sentía que su vida dependía de ello. Miró atrás. Ya no se veía la luz de entrada al túnel y ni soñar con atisbar la de salida. Estaban en las entrañas de la atracción. Extrañas risotadas estallaban aquí y allá. Ya no sabía  si sonaban en su cabeza o fuera de ella.
Leonor no sentía nada. Solamente una punzada sorda cada vez que Richard pasaba su brazo sobre el hombro de Rita. El ruido era ensordecedor allí dentro y apenas veía cinco metros más allá. Los sustos, si podía llamarse así a algo tan infantil, estaban preparados a golpe burdo de gramófono y altavoz. Y esas luces horribles… Eran muy molestas, menos mal que llevaba las gafas. Leonor necesitaba hablar con Richard. Su deseo se hizo ineludible. Tenía que hacerle comprender que estaba cegado por un espejismo de metro setenta y cinco. Estaban a tiempo de arreglarlo con buena voluntad. Se incorporó hacia delante, pero era imposible acercarse lo suficiente al vagón delantero. Además, le parecía que Rita estaba muy alerta, más de la cuenta. Pocas veces miraba a Richard y no había probado ni una sola de las palomitas de azúcar que él le ofrecía cada tanto. Tendría que esperar a salir de allí. A menos que pudiera zafarse de la barrera protectora y acercarse un poco…
Rita sentía que una corriente fría le subía hasta la raíz del pelo desde la punta de los pies. Estaba tiritando. Rick le preguntó si tenía frío y ella negó, sin hablar, de manera mecánica. Tenía que salir de allí, pero ya no se veía capaz de levantarse del vagón. Temía caerse desmayada si lo intentaba. Sólo podía quedarse quieta agarrada a su bolso, esperando que todo pasara. Necesitaba que le diera el aire. Ni las ruletas vertiginosas de risotadas y destellos, ni los aullidos de lobo le producían ya temor. Nada se comparaba a sus miedos. Todo se iba tiñendo de un aura de irrealidad. Rita logró vencer la rigidez de su cuello y miró hacia atrás, por encima de su hombro. ¡La mujer del globo no estaba! Sintió un vacío en el estómago, como si la hubieran lanzado de golpe por una ventana. Le preguntó a Rick dónde estaba la mujer. Pero él no podía oírla entre tanto jaleo. Era imposible gritar. Rita estaba aterrorizada. Decidió cerrar los ojos y permanecer así hasta que salieran del túnel, hasta que todo acabara. Oyó el ruido de un trueno y le pareció que algo se rasgaba en su interior.  Abrió los ojos. Y la vio. La mujer del globo estaba de pie junto a los raíles y avanzaba hacia ellos con paso firme.  El vagón los llevaba hasta ella. Vio de reojo el gesto de miedo de Richard. Rita chilló, un grito que salió de lo más profundo de su ser. Sacó el revólver y disparó. Una vez. Y otra. Y otra. La mujer del globo cayó hacia atrás como si fuera un muñequito de una barraca de feria. Quedó allí extendida, mientras el globo volaba alto. El vagón avanzó, dejándola atrás. 
Unos metros más adelante, salieron al exterior y el carro se detuvo por fin.  La gente que iba en la cabeza fue bajando en medio de una gran excitación. Ellos dos permanecían aún sentados. Rita se había quedado congelada en una demencial mueca de terror. Rick, confundido, abría y cerraba la boca sin decir nada. ¡Todo había sucedido tan deprisa! Pero, poco a poco y de manera inexorable, los gritos de la gente que aún quedaba en el túnel empezaron a ser de verdadero y auténtico horror.

lunes, 27 de octubre de 2014

Halloween, miedo para todos los públicos

Esta semana tengo claro de lo que quiero escribir: Halloween.
Y es que me gusta esta fiesta. Sí, admito que también tengo mis reparos: es una americanada, y tiene el anzuelo consumista en su interior (basta pasarse por Mercadona, El Corte Inglés o Ikea), pero, aún así, el mes de octubre tiene un aliciente para mí. Y hay una explicación fácil: desde niña me han fascinado las películas y las historias de miedo (sí y me han asustado más de la cuenta).

Pertenezco a esa generación que se quedó traumatizada con aquella TV movie "El misterio de Salem's Lot", en la que un niño, que ha sido asesinado (en realidad, ha sido vampirizado), se presenta de noche en la habitación donde está su hermano durmiendo y, levitando desde el exterior de la ventana, araña el cristal con un dedito para que este le deje entrar... Uff, cuántas malas noches pasé yo con la tontería. 








Sin embargo, a pesar de las noches en blanco, yo seguía hipnotizada con las películas de terror. Ya fueran alquiladas en esos videoclubs de los noventa ("Noche de miedo"; "El terror llama a su puerta", "IT") o cazadas en la tele ("Carrie", "El exorcista", "La profecía", "La semilla del Diablo", "El resplandor"). Como fuera, seguía buscándolas. Me metía tan dentro de esas historias que salía de la experiencia completamente agotada, con los músculos en tensión y sin uñas. Desde luego, la infancia es el mejor territorio para pasar miedo. El más puro e inocente y, como el paraíso perdido, no se puede recuperar, solo evocar. Han pasado los años y ya no creo que la muñeca de la cómoda tenga intenciones de asesinarme en cuanto cierre los ojos, pero aún tengo atracción por las películas de terror (y aún soy capaz de asustarme mucho).
Así que, aunque solo sea por el incremento de películas en la tele, o por el montón de información y curiosidades que, con motivo de Halloween, invaden la Red, yo disfruto de esta semana sin reparos.


Será porque pasar miedo de modo controlado es como disfrutar de una tormenta épica al abrigo de tu hogar. Mirando por la ventana cómo se cae el cielo, mientras tú te agarras a tu taza de cacao y le guiñas el ojo a uno de tus gatos que ronronea perezoso en el sofá. ¡Aja! No parece que tenga mucho mérito, pero reconforta.



Así que, para la ocasión es obligado hacer una selección de películas. Yo, desde luego, tengo mis favoritas. La lástima es que se me acaba el catálogo y quedan cada vez menos cartuchos para experimentar la sensación de un miedo inédito.

En todo caso, si tuviera que hacer un kit personalizado estas serían mis tres elegidas este año (selección que puede ser ampliada, pero no es el objeto del post):



"La noche de Halloween" (1978), John Carpenter. Ambientada (como su título indica) en la noche de Halloween, esta peli fue pionera del género y marcó el camino para el florecimiento del  "teensplotation" y los "slashers", películas protagonizadas por adolescentes que, básicamente, son carne de psicópata. Me gusta, en todo caso, por su clasicismo, porque Carpenter es un director que, en los márgenes del cine comercial, ha hecho cosas muy interesantes. También por Jamie Lee Curtis, que está genial en este debut en este papel protagonista, arquetipo de la heroína buena chica, seria y responsable. Me gusta además Michael Myers, ese malo sobrenatural (un psicópata que no es de este mundo), que encarna la maldad gratuita y carente de explicación. Ideal para pasar miedo en la víspera de Todos los Santos.






"Pesadilla en Elm Street" (1984), Wes Craven. Otro clásico. Y otro director que me encanta. Lo de Pesadilla en Elm Street es una aproximación a los miedos más viscerales. ¿Qué hay más terrorífico que poder ser asesinado en una pesadilla? , ¿Cómo evitas quedarte dormido? Imaginemos el horror de verte atrapado en el peor de tus sueños frente a un despiadado y brutal asesino. La película explora los planos del sueño y la vigilia, lo que le permite además beneficiarse del onirismo para recrear escenas escalofriantes y cargadas de sugerencia. Contamos además con ese toque de erotismo tan del género y con un malo, Freddie, que es irónico, mordaz y... cortante. 





"La noche del cazador" (1955), Charles Laughton. Rompe bastante con las dos anteriores. Una joya del cine americano, filmada en blanco y negro con fotografía expresionista. Una rareza en su día. Muy de autor y única película dirigida por el genial Charles Laughton. Es un cuento de miedo en toda regla. Pocos villanos me han puesto los pelos de punta como este Robert Mitchum con los puños tatuados y tarareando su siniestra cancioncilla.




Puesto que estas películas (y muchas, muchas otras) ya las he visto, he de rastrear por la red en busca de nuevas candidatas, con el handicap de que me gustan mucho las películas por así decirlo antiguas, y eso es un recurso finito :D


En vistas a renovar mi listado ya he fichado una que promete (por varios motivos) y que no he visto:

The Slumber Party Massacre (1982). Esta peli tiene el aliciente de estar escrita por Rita Mae Brown, escritora y activista LGTB! Dicen las reseñas que es divertida y algo paródica del género (cosa que a mí me gusta). Además, las tres películas que componen esta franquicia, están dirigidas por una mujer. :)


Una fiesta de pijamas y un psicópata. Buena combinación

Y es que, echo de menos alguna película de miedo y con componente  y protagonismo lésbico.  Y no me vale lo último que he visto: "Lesbian Vampire Killers", y no porque no sea una parodia (un poco al estilo de Un hombre lobo americano en Londres, 1981) agradable y pasable, sino porque el lesbianismo es muy tangencial (y estoy siendo benévola) y no sale en absoluto victorioso. El arquetipo de vampira lesbiana es uno de los más trillados del género de los colmillos, bien sea explotando la sexualidad (frígidas o ninfómanas) o, bien como vampiras de la inocencia de jóvenes... heterosexuales. No obstante, buceando un poquito en Internet, he encontrado 15 sugerentes películas de terror con componente lésbico.

En todo caso, además de las películas, me gusta la iconografía propia de Halloween: fantasmas, zombis, esqueletos, murciélagos... Todo ello apela a un mundo de fantasía lleno de sugerencia. Precisamente porque permite dejar por unos instantes lo cotidiano a un lado. Y además nos anima a acercarnos a la idea de la muerte y del más allá, tal vez el terreno más misterioso que exista.
Hablando de símbolos de Halloween, me he informado sobre lo de las calabazas (siempre he pensado que era un tema de superproducción de vegetales de temporada o algo así), pero no exactamente. De lo que sí había excedente en su día era de manzanas, por eso se ofrecen manzanas de caramelo en esta fiesta. En todo caso, quien tenga curiosidad con el asunto de la calabaza aquí tiene la explicación.

En cuanto a la cocina y la decoración, ese es otro filón de infinitas posibilidades. No deja de sorprenderme la imaginación y el buen hacer de la gente, con todas las creaciones gastronómicas ad hoc para estos días. Yo no soy nada buena cocinera, aunque  siempre podría usar mi torpeza para intentar improvisar algunos horrores culinarios. Os admito que este año tengo claro mi antojo.


Salchimomias listas para el sacrificio





Por ir cerrando este repaso, confieso que los disfraces, otro elemento distintivo de la fiesta, no son lo mío, aunque les veo su gracia. En todo caso, aún no he aprovechado lo oportuno de vivir con un gato negro (Mich) y uno pardo (Conguito). Cada año, me propongo ambientar la noche de Halloween con su participación. Me tira mucho eso de un felino draculero (Catcula)... aunque sospecho que mis dignos compañeros no están por la labor de cumplir mis fantasías.


Una buena noche de Halloween necesita su gato negro

En todo caso, al final, y como siempre que hay una celebración, la felicidad es compartir el momento con la mejor compañía. Y eso el próximo viernes, junto a la peli, los dulces y las leds con forma de calabaza, lo tengo garantizado.




lunes, 20 de octubre de 2014

Relato: Supersticiones

El día que conoció a Paula se le había cruzado un enorme gato negro. Y eso era algo que Eva recordaba  a menudo. De camino a su cita, aquel primer día, se dijo que aquella sería un desastre con toda seguridad: creía en las señales y lo del gato no podía traer nada bueno. Se resignó a encontrarse con una de las tantas piradas que florecen en Internet (había conocido a unas cuantas y sin felinos azabaches de por medio). Y, sin embargo y para su sorpresa, todo fue de perlas con la nueva candidata. La conexión entre las dos fue inmediata. Paula resultó mucho más perfecta en carne y hueso: una mezcla asombrosa de belleza, inteligencia y sentido del humor. Por no hablar de sus dos carreras, los buenos modales, las perrillas en el banco y su estupendo escote. Eva no podía pedir más.  Dio gracias a todos los santos y se propuso disfrutar del idilio. 
Todo eran buenos indicios esos primeros días: Paula alababa la imaginación desmedida de Eva, su espontaneidad y su pasión. Incluso toleraba su romanticismo un poco hortera.  Tan solo había un punto de discrepancia entre las dos. Profundamente racional como era, Paula se mostraba incapaz de entender las manías supersticiosas de Eva. Una cosa era que le riera las gracias cuando ella le aseguraba que jamás se pondría algo amarillo, que diera un rodeo cuando veía una escalera apoyada en una fachada o que  aceptara no sentarse en la fila 13 del cine (aunque fuera la única libre). Pero que Eva se pusiera blanca como un fantasma y se negara a cenar cuando se le derramó la sal en aquel restaurante tan caro o que armara un drama la tarde  que a ella se le cayó un espejito muy mono en una tienda del centro… eso había sido el colmo. Eva  había armado un escándalo en la tienda. Totalmente fuera de lugar. Según decía, se veía condenada a siete años de mala suerte por la torpeza de Paula. Y claro, Paula se pilló un buen mosqueo. Se había sentido abochornada y estuvo tres días sin cogerle el móvil. La relación parecía en crisis. Cuando por fin Paula accedió a verla de nuevo, le dijo que temía que Eva estuviera un poco desequilibrada. “¿Te das cuenta de que tus pensamientos son totalmente irracionales?”. Eva le dijo que se daba cuenta.  La pregunta trascendental era: ¿Sería capaz de controlarse en lo sucesivo? Eva no estaba ni mucho menos segura, pero si aquella chica le hubiera pedido que se prestara voluntaria  como mujer bala y se dejara lanzar en dirección a Kazajistán, lo hubiera hecho sin dudar. Estaba loca por ella. Así que se propuso firmemente dejar de lado todas sus manías. 
Las semanas fueron pasando. Eva descubrió con asombro que su enamoramiento era tal que apenas tenía neuronas libres que dedicar a sus obsesiones, lo cual era una enorme ventaja. Los meses cayeron  entre arpas y querubines. 
Se acercaba el aniversario de tan dichosa unión. Eva quería hacer algo especial para Paula, algo que recordaran toda la vida. No en vano, se sentía más libre y feliz que nunca. Llevada por un impulso, compró dos billetes de avión y reservó habitación en un hotel muy cuco cerca de Florencia, todo a un precio fantástico. Desde luego, a juzgar por las fotos, el sitio estaba a la altura de su romanticismo: un castillo soleado, un paraje romántico, preciosos viñedos alrededor. De película. No necesitó más información.
Sin embargo, ya sentadas en el avión de aquella compañía de bajo coste, Eva tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para superar su convicción de que iban a caer en picado porque el pasajero de la primera fila era bizco. Captó la mirada de Eva y se tomó un Valium. Para distraerse se puso a ojear una guía de la Toscana. Empezó a tranquilizarse, poco a poco.  
–Escucha, Paula, al parecer te llevo a un castillo famoso. 
–Ah, ¿sí? –se interesó Paula con su maravillosa sonrisa. 
–Sí  –continuó Eva con voz modulada y seductora– , escucha: el castillo de los condes Ravanelli de  Mugello es uno de los más famosos de Europa por su estilo neogótico y  sus maravillosos torreones.  Destaca su capilla y sus techos de madera. Además, atrae a intrépidos viajeros de todos los rincones de Europa por… —Eva se quedó congelada—… su terrible maldición no apta para miedosos y supersticiosos. 
Paula le quitó la guía, divertida.  Lejos de asustarse, quiso saber más del asunto. Al parecer, la condesa de Ravanelli había sido una mujer muy hermosa, dotada de un talento extraordinario para el canto. Su marido, celoso y cruel, creyendo que  esta le engañaba, le había mandado cortar la lengua. La condesa no había tardado en perder la cabeza y una tormentosa noche saltó al vacío desde la torre más alta. La maldición decía que, si alguien miraba el cuadro de la condesa, que se exhibía en el salón azul y osaba cantar en su presencia, esa persona se volvería irremisiblemente loca. A Paula le pareció una anécdota deliciosa. Eva languideció en su asiento. Mierda de castillo, pensó,  ¿cómo podía tener tan mal ojo? De todos los castillos del mundo, ella tenía que caer en uno maldito. Respiró hondo. No pasaba nada. Todo era una tontería. Ella no quería saber nada de la maldición. Ni hablar. Ella había reservado en un hotel luminoso y cursilón: el castillo del amor. Y eso mismo se repitió a sí misma una y otra vez.  A pesar de sus intentos por autosugestionarse durante el resto del trayecto, cuando por fin llegaron a las puertas del hotel, era ya noche cerrada, llovían chuzos de punta y el castillo en cuestión era lo más siniestro que había visto en su vida. 
–¡Qué horror! Sólo le faltan un  par de gárgolas rampantes –dijo en voz alta.
En ese momento, un magnífico relámpago iluminó unas figuras siniestras de piedra en los remates de las torres. Sí, ahí las tenía: un  estupendo par de gárgolas rampantes.
–Seguro que por la mañana te encanta.
  Eva hizo acopio de toda su fortaleza. Sólo debían mantenerse lejos del cuadro de la condesa.  Algo de comer le haría ver las cosas de otro modo.
De hecho, así fue. Paula estaba radiante durante la cena. Su encanto se había multiplicado por cien en aquel exótico paraje. Las dos se achisparon un poco bebiendo vino italiano. Eva se relajó. Afuera caía el diluvio universal, parecía que la Toscana fuera a borrarse del mapa, pero ellas estaban a salvo en ese bonito salón rústico y las esperaba una gran noche de amor. Subieron a la habitación animadas por esa perspectiva. Lo que antes era pavoroso ahora era divertido para Eva. Hasta le hicieron gracia las armaduras del pasillo, que las observaban entre beso y beso. La suite también era estupenda y acogedora. Paula se dejó caer en la cama con dosel mientras reía: 
–Esto es tan cursi que es de coña. Es perfecto –de repente se incorporó: Vayamos a ver el cuadro.  Ahora. 
Eva se atragantó con su copa de vino: “¿Ahora?”. Pero Paula estaba entusiasmada con su idea y fue  del todo imposible disuadirla.  Eva no pudo más que seguirla. 
Por lo visto, no había nadie despierto en todo el hotel. El animado ambiente de la cena y el salón se había convertido en silencio sepulcral. Bajaron unas tortuosas escaleras. Eva gritó cuando un rayó iluminó una vidriera. Por fin, guiadas por un folleto de mano, llegaron a la famosa sala azul que albergaba los cuadros. La estancia estaba llena de retratos horrorosos de gente con cara de mala leche. Para eso, pensó Eva, podían haber pintado flores. Por fin se encontraron frente al retrato de la condesa. Era innegable que era una mujer hermosa, pero con una cara de odiar al mundo que congelaba la sonrisa de cualquiera que la contemplara. ¿Le habrían ya cortado la lengua cuando se lo pintaron?  Imposible saberlo, como imposible huir de sus ojos oscuros. Era uno de esos cuadros que seguían la mirada, aunque te desplazaras. Paula se situó frente al lienzo. Eva no podía soportarlo. No dejaba de pensarlo. Si la mirabas y cantabas, te volvías loca, era la maldición. Paula continuaba mirando fijamente a la condesa. Eva la intentó apartar. 
–Que no pasa nada –se resistió Eva–. Y ahora voy a cantar. 
–Nooo. – El grito de Eva fue tan potente que un cuadro pequeño cayó al suelo. Pero Paula le dijo que no estaba siendo nada consecuente. Y que ella pensaba cantar. Tal vez así se daría cuenta de lo ridículo que era todo aquello. Era evidente que todavía le duraba el efecto del vino. Tenía la mirada febril. La cogió de la mano y la arrastró hacia ella. “Vamos a cantar juntas  “Se me enamora el alma”. Vamos. Va por ti, condesa”. 
Eva se soltó y salió corriendo de la sala, tapándose los oídos. Sin embrago, oyó a Paula cantando los primeros acordes del hit de la Pantoja. Habría dicho que su amada tenía mejor gusto. Dios mío. 
Pero era lo de menos, porque estaba condenada.  Subió a la habitación corriendo. Cerró la puerta. Al cabo de unos minutos de profunda angustia, Paula llamó a la puerta. “Abree”, le pidió con voz susurrante. Eva abrió con cierta precaución. Paula la miró sonriente con las manos en la espalda. 
–Pues va a ser que tenías razón, Eva –dijo, y  sacó un cuchillo de cocina–, te vuelves loca y, en mi caso… asesina. La condesa me habla: “mata, mata, mata”.  
Paula tenía cara de ida y Eva no estaba dispuesta a quedarse para comprobar si era un trastorno transitorio. “Qué pena de novia”, pensó mientras subía a la carrera a la azotea. “Qué mala suerte tengo”.
Paula la seguía cantando estribillos siniestros. “Joder, por contratar viajes baratos”, siguió subiendo Eva. “Esto a mí no me pasa más”. Salió a una amplia terraza. “Se me cruzó un gato negro”.  Llovía a mares y el viento aullaba. Paula la seguía con gran tenacidad armada con su cuchillo, pidiéndole que se detuviera. Antes muerta. Eva resbaló con una hoja traicionera y se arrastró como pudo por el suelo. Finalmente,  Paula le dio alcance. No había escapatoria. Estaba acorralada al borde del abismo. Solo le quedaba la opción de saltar al vacío a sus espaldas. Cuando todo parecía perdido, Paula soltó el cuchillo. Su expresión recobró la normalidad. “Eres una boba” le dijo.”No me puedo creer que te lo hayas creído, pero es que no había manera de pararte. Ay, nos vamos a resfriar aquí arriba. Venga, ya está bien de bromas. Vámonos, deja que yo te ayude a entrar en calor”. Tras unos segundos de estupor, Eva aceptó la broma con deportividad. Realmente se sentía muy ridícula. Ya le daría un ataque de indignación cuando hubiera entrado en calor, aunque ¿qué iba a confesar, que creía firmemente en la maldición? Era mejor dejarlo correr. Afortunadamente, como si el destino quisiera compensarla por el susto pasado, la noche fue épica y el viaje maravilloso. 

De vuelta en casa, el romance continuó viento en popa. Todo seguía siendo perfecto… o casi. Eva se mosqueaba algunas veces, cuando pillaba a Paula hablando a solas con grandes aspavientos. “¿Con quién hablas?”  le preguntaba.  “Con la condesa”, bromeaba ella. Y después se reía. Con una risa muy, muy, muy extraña.