martes, 23 de mayo de 2017

La historia del gato Man

No es lo habitual, pero aquí va una historia real esta vez...

Era 23 de mayo de 2016 y a mi compañera Amparo y a mí nos quedaba una semana para —laboralmente hablando…— acabar en la calle. Eran días difíciles y desagradables, de los que ponen a prueba tu estado de ánimo, de esos que no elegirías para ir al dentista… 

Esa mañana, atravesando el aparcamiento al aire libre, de camino al café, entre los coches, vi a un pequeño gato atigrado encogido justo en el rectángulo que proyectaba un rayo de sol. No era novedad, porque en el aparcamiento y los jardines de alrededor había una colonia de gatos, sucios y malvividos, pero dignos. Sin embargo, ese que veía parecía muy pequeño y vulnerable, tenía los ojos cerrados y, a diferencia del resto, no se movía de su sitio.

Cuando regresamos del cortado (me encontré con Amparo en el bar y le hablé del gato),  él seguía allí, en la misma posición, ajeno a todo lo que pasaba alrededor.
—Ese gato está enfermo —me dijo mi amiga con su ojo clínico.
—Es muy canijo, debe de ser un cachorro —aventuré yo.
Preocupadas, decidimos comprarle una lata de comida para que repusiera fuerzas. Nuestra esperanza era que pudiera integrarse en la comunidad con un poco de empuje. Un rato después, ya con la lata de Felix, nos acercamos al gato y entonces nos dimos cuenta de que su estado era mucho más preocupante de lo que parecía en la distancia. Por un resfriado, tenía los ojos y la nariz completamente cubiertos con una costra y estaba tan escuálido que se le adivinaban todos los huesos. Sabíamos que estaba vivo por el ruido que hacía tratando de respirar. Le dejamos la lata al lado y aguardamos su reacción, pero el gato, aun desnutrido y deshidratado, no se movía de su sitio. Era evidente que ni veía ni olía la comida. Se la intentamos aproximar a la boca, pero, a ciegas y asustado, se alejaba al sentir algo cerca, para volverse a tumbar unos metros más allá. Nos quedamos desoladas. Si no podía alimentarse, si apenas tenía fuerzas, ¿cuál era el destino de ese animal? 
—Solo está esperando morirse al sol…
Estuvimos toda la mañana trabajando en silencio. El ambiente era más sombrío de lo habitual en la oficina. Cuando ya era hora de acabar la jornada, le dije a Amparo:
—No me quito a ese gato de la cabeza.
—Yo tampoco.
Nos miramos. ¿Y bien, qué hacemos?
En este punto hay que decir que yo ya tenía dos gatos y Amparo una (que no acepta compañeros), pero aquello era una emergencia que no admitía más reflexión. Quedamos en que, si el gato seguía allí, lo cogeríamos y si no…
Cargadas con una caja de folios vacía a la que le habíamos hecho unos agujeros, anduvimos hasta el aparcamiento, que se quedaba desierto a esas horas.
El sol se había retirado y… el gato también. ¿Dónde lo íbamos a encontrar?
Echamos una mirada al amplio terreno… podía haberse escondido en cualquier parte.
—¡Está aquí! —me dijo Amparo que con instinto se había asomado a un arbusto muy bien podado—. Se ha metido dentro el tío.
El plan era simple. Tres pasos: abrir, meter, cerrar. Yo sostuve la caja y Amparo sacó al gato, que bufó y se revolvió un poco, pero las fuerzas no le daban para más resistencia.   Cerramos la caja. 
Vale, ahora ya lo teníamos.
—Ah, pues muy bien —valoré yo—, aquí estamos, con el movidón que tenemos sobre la cabeza y en tareas de rescate. ¿No crees que vamos a parecer de esas mujeres locas que como están deprimidas recogen gatos abandonados?
—Sin duda.
Pero había más gente dispuesta a ayudar. Alfonso, pareja de Amparo, nos recogió en coche y nos llevó a nuestra clínica de confianza, en la otra punta de la ciudad.Yo de vez en cuando echaba un  breve vistazo a nuestro pasajero. Cada vez que lo mirabas se te encogía un centímetro el alma. 
La cara de Bea, la veterinaria, cuando abrí la caja ante ella no me hizo sentir mejor:
—Vaya tela —dijo—. No sé si vamos a llegar a tiempo. Esto está muy mal.
Lo examinó y empezó a limpiarle la cara. El gato respiraba con mucha dificultad. 
—Es muy pequeño, ¿no?
—No —examinó sus dientes—. Tiene la dentadura ya definitiva, lo que pasa es que está tan desnutrido que parece pequeño o pequeña, porque…  no se puede saber qué es. 
—¿Qué hacemos? —preguntó la veterinaria— Lo digo porque va a requerir cierto coste y sus opciones son muy escasas…y tienes que saberlo.
—Lo intentamos —La decisión estaba tomada desde que habíamos cogido la caja de folios—, que tenga una oportunidad. Hasta donde él aguante.
Yo sabía que con Bea, profesional sensible y competente, estaba en las mejores manos. Para pode seguir adelante, lo primero era descartar que el gato estuviera infectado con leucemia felina (lo cual hubiera sido una sentencia definitiva). Miramos con inquietud las tiras del análisis. Negativo. ¡Primer match ball salvado!

Urgentemente necesitó unos goteros para recibir hidratación y los primeros cuidados, pero esa noche me lo debía llevar para devolverlo de nuevo a la clínica por la mañana.
En casa, Arantxa, a la que yo había contado la historia, no protestó (aunque ya teníamos dos gatitos), pero cuando el acogido salió del transportín, tambaleándose con sus frágiles patas, y ella lo vio con sus propios ojos, también puso esa cara del que se acerca a algo que da miedo, lástima y es difícil de mirar.
Dejamos al nuevo en una habitación aparte. Era preocupante estar a cargo de ese ser que se escondía y bufaba y que parecía cualquier cosa menos un gato.
—¿Y si se muere?
—Habrá tenido una oportunidad
Arantxa ya no pudo dormir. Le obsesionaba la idea de que aquel gatito se muriera de repente.
—Al menos, no se va a morir en la calle, solo.
El día siguiente fue crítico. El gato era tan pequeño que no retenía el calor y sufría hipotermia. Estuve toda la mañana, inquieta, pendiente del teléfono pensando que me iban a llamar para decirme que no había aguantado más.
—¿Por qué nos complicamos así la vida? —le pregunté a Amparo ante la máquina de café.
—Pues no lo sé.
Pero ese día aguantó y los siguientes. Fueron jornadas de visitas diarias al veterinario (que estaba kilómetros de mi casa). Yo lo dejaba a primera hora en casa de mis padres (muy cerca de la clínica), mi hermana se lo quedaban en el transportín hasta que abrían y lo llevaba a las vets, donde permanecía hasta la tarde. Había que obligarle a comer una cantidad determinada de comida proteica al día, pero el bicho no estaba por la labor. Mi hermana lo alimentaba con una jeringuilla,  “Hale, a lo bruto. Tiene que comer”. Mi padre preguntaba por él todos los días: “¿Y el orejas?”. “Bien, bien, sigue vivo”.
De vuelta a casa, al finalizar el día, Arantxa se quedaba haciéndole compañía todas esas noches que el gato estaba en la habitación naranja mientras nuestros otros dos gatos se quedaban tras la puerta tratando de saber qué pasaba allí dentro, por qué tanto misterio, tanta ida y venida.
—Está bien —le decía yo—, olvídate un poco.
—Está muy solito —decía ella— Y he descubierto que le gusta La embajada.
Aunque se notaba una mejoría, la veterinaria aún se mantenía escéptica y el gato no se movía mucho, respiraba con ronquidos y no paraba de estornudar. Entraras cuando entraras a la habitación, siempre lo encontrabas en la misma posición, pero sus ojos turbios iban cogiendo algo de brillo, revelando un bonito color verde, el de la esperanza.

Pasaron las semanas… los meses…

Decididamente, en ese año han sucedido muchas cosas (vida, muerte, cambios, desafíos… libros!!!).
Pero hoy es 23 de mayo otra otra vez.
Ese gato que Bea, la veterinaria, con cierta guasa compasiva bautizó como El Chanca y que luego pasó a llamarse Man… ha salido adelante gracias a la ayuda y fe de las personas que he nombrado aquí. Ahora es un gato cariñoso, bueno, dulce, simpático y juguetón. Come por tres, “habla” bastante y disfruta de una vida de burgués. Para ser un  callejero sin socializar es de lo más enrollado. Le gusta saludar a los humanos dando cabezazos y basta con que le apuntes con el dedo sobre la frente para que se ponga a ronronear. Es un tío feliz.
De aquel pasado suyo en el abismo solo persisten los estornudos y una respiración un tanto peculiar (Darth Vader style).

Seguramente, esta historia no tiene importancia. Hay tantos gatos abandonados y animales que sufren, tanta injusticia en general. No podemos estar recogiendo gatos en apuros todos los días y no siempre las condiciones o el momento lo permiten. Sé que podríamos haber pasado de largo y el gato habría desaparecido de nuestra vista -y con él nuestro sentimiento de incomodidad-. Creo que habría muerto de forma discreta y anónima…, pero ese 23 no pasamos de largo. Aquello no fue heroísmo, solo fue compasión.

La semana pasada quedé con Amparo para comer. Nos lamentamos de muchas situaciones de aquella última etapa en aquel trabajo… ¡cuántas cosas habríamos hecho de manera diferente! Solo hay una que no nos hace dudar y que nos arranca una sonrisa… una de la que no nos arrepentimos.
Sí, lo habéis adivinado… la única cosa que estamos seguras de haber hecho bien es haber recogido a Man del aparcamiento. Por eso, aún celebramos ese día desesperado en que estuvimos de acuerdo en que aquel pobre gatito que a nadie importaba merecía una oportunidad…



Qué penica y eso que aquí estaba reanimado!
"Por favor, no te hagas el muerto cuando duermes, que me  pegas sustos"

un gato de gustos refinados 



cariñoso...

no lo elegirían pelo Pantene, pero aquí la cosa iba mejor
ya iba pareciendo un gato

mmm, bien, no?


casi del tamaño de Michael!

iglú a juego con su pelaje...

esto es lo que consigue un año de mimos y amor







miércoles, 1 de febrero de 2017

Relato: Despiertos

Era el tipo de persona que se daba cuenta de su mortalidad cada vez que dormía. Si, por casualidad, oía voces al fondo de su sueño, voces de los despiertos, entonces comprobaba un hecho irrefutable: siempre había gente despierta cuando él dormía. Mientras él dormitaba, alguien estaría haciendo la colada, alguien amaría a otro, alguien sufriría. Los despiertos seguían adelante. 
La primera vez que se enfrentó con esta evidencia tenía 16 años. Era una tarde clara de primavera y él no estaba particularmente deprimido. Y, sin embargo, tuvo una revelación y encontró su vocación. Podría haber desarrollado fascinación por la vida, haberse hecho submarinista o intrépido viajero, pero Braulio Rey eligió el camino de la fascinación por la muerte. Se hizo médium y se cambió el Rey por King. 
Al principio fue una cuestión práctica. Ya que, tarde o temprano, iba a acabar en ese lado, quería tener contactos en el más allá.  Dedicó a esto muchas de sus energías y no poca de su capacidad. Rechazó estudiar contabilidad y colocarse en la empresa familiar. El negocio de las bombillas no le atraía. Él buscaba otra clase de luz. Tampoco prestó atención a las jóvenes que se interesaron por él en esos años en que aún despertaba miradas de admiración. Se sentía una especie de sacerdote y las mujeres ofrecían demasiadas distracciones. Cuando se vino a dar cuenta, era un solterón hecho y derecho con bastantes deudas y nada de colesterol. Había consumido ya cincuenta años de su existencia y la muerte parecía una probabilidad remota. Y lo peor: era incapaz de contactar. 
Superado el desencanto inicial, Braulio King no se derrumbó: consideró que era mejor ser farsante que derrotista. Había invertido su vida en ello. ¿Qué culpa tenía él de carecer de dotes mediúmnicas? Su pasión inicial se había convertido en un pequeño negocio de treinta metros cuadrados con el que llegar a fin de mes. Porque, aunque estaba lleno de pretensiones extraterrenales, él necesitaba comer. Noticias del Más Allá era su gabinete consultor. En horario comercial atendía a sus clientes con amabilidad y dedicación. Estaba convencido de que lo extrasensorial no reñía con lo empresarial. La mayoría de sus clientes eran viejas damas que buscaban consuelo espiritual. La rutina siempre era la misma. Ellas llegaban apesadumbradas por la nostalgia y salían con el el corazón y el bolsillo aligerados. Braulio les ofrecía un té con pastas selectas (siempre compraba en una pastelería francesa), les daba conversación durante una hora, después hacía el numerito de la ouija durante media hora más, les decía lo que ellas querían oír y a casa. Al final, las damas pasaban hora y media entretenidas y con merienda. Era como ir al cine, sólo que mejor. La película estaba personalizada.
Pero una tarde de domingo, la octogenaria señora Herrero vino acompañada de su nieta Dotty. Habitualmente acudía a Noticias del Más Allá con su señorita de compañía, pero aquel día la joven estaba agripada y las funciones recayeron en su nieta mayor. Dottie tenía treinta y muchos años y era muda de nacimiento. Todo el mundo daba por hecho que tenía un retraso y en consecuencia así la trataban. Se pasaba los días encerrada en casa bordando mantelería, habilidad en la cual, se decía, tenía gran maestría. Aquella tarde ella se situó en una silla un poco apartada y se puso a leer un libro de Julio Verne. La señora Herrero vino con la misma historia de siempre. Quería saber algo de su hijito Tomasín, que se había ido al cielo a los diez años, hacía ya más de cinco décadas, justo después de tomar la Comunión -esto último para gran consuelo de su madre-. Braulio siempre le contaba historias amables de Tomasín y siempre encontraba palabras emotivas para la señora Herrero que invariablemente acababa llorando. Braulio tenía comprobado que, cuanto más lloraba, más le pagaba. Y a él le parecía justo. Era como un premio a su capacidad dramática. Esa tarde Braulio se esforzó. Le narró una escena con Tomasín vestidito de marinero trepando a un árbol con las rodillas raspadas y le contó cómo el niño ya se sentía cerca del cielo. Allí, entre las copas de los árboles, había visto una luz y una voz cálida le había dicho: “vendré a por ti, pequeño Tomasín”. La señora Herrero se había asustado un poco y él había tenido que reconducir sobre la marcha la historia para que la anciana se quedara tranquila. “Era una voz dulce y de mujer. La Virgen, seguramente”. La señora Herrero lloró como una magdalena. Aún enjugándose las lágrimas le pidió a su nieta que pagara la minuta a Braulio. Dottie dejó a un lado a Miguel Strogoff y se acercó de mala gana. Tenía la mirada muy viva para ser tonta. Sacó unos billetes del bolso de su abuela y los dejó en la mesa, mirando a Braulio de una manera que él consideró impertinente para una mujer soltera. Él carraspeó y extendió la mano para coger el dinero. Entonces Dottie, de forma inesperada, puso su mano sobre la de él y la retuvo unos instantes. Y entonces pasó: Braulio oyó dentro de su cabeza una voz nítida y clara de mujer: “Debería darle vergüenza engañar así a la vieja”. El médium soltó rápidamente la mano de la muda y dio un respingo. “Perdón, ¿cómo dice?”, preguntó a la anciana, pero la señora Herrero no había abierto la boca, seguía sonándose en su pañuelo con encajes. Braulio volvió la mirada a Dottie que sonreía y seguía clavando en él sus ojos de aquella forma tan extraña: “¿Qué sucede, señor King? Ahora sí podría decirle usted a mi abuela que le está hablando la virgen. Y no mentiría”. Y lo oyó de nuevo claramente sin que Dottie abriera los labios. Braulio se puso lívido y la señora Herrero tuvo que mandar a Dottie a por un poco de Oporto. Ella no dejó de decirle cosas en toda la tarde. Para ser muda era muy habladora. Braulio no quiso cobrar a la señora Herrero. Esa tarde se fue pronto a dormir, pero no pudo pegar ojo. Lo que le había sucedido desafiaba todo su entendimiento y su lógica. Pronto tuvo que aceptar que nunca podría hablar con Tomasín ni con nadie del otro lado, pero que, por alguna razón podía comunicarse con Dottie. Y eso que primero le asustó después le intrigó.
Pasadas las primeras precauciones, las visitas continuaron. Dottie también le había cogido gusto al hecho de contactar con alguien. En el gabinete tuvieron animadas conversaciones mientras la anciana señora Herrero lloraba. Al principio eran monólogos de Dottie, que le sugería a Braulio historias sobre Tomasín en una clave más realista. Dottie se reveló como una mujer de fino sentido del humor y gran inteligencia. A Braulio no le costó que Dottie dejara su reclusión y accediera a dar paseos con él y le diera una tregua a la mantelería, cosa que elle agradeció: “Menos mal que has aparecido, Braulio, estaba a punto de hacerme la mortaja bordada”. Y él contestó solemnemente que eso tenía mucho sentido: “A fin de cuentas, querida, usted ya vive en la casa de la Familia Adams”.
Podía parecer que hacían una curiosa pareja. Ella muda, embelesada, mirándolo y él  lanzando frasecitas por lo bajín y riéndose, porque Braulio empezó a soltarse y a sentirse por primera vez en su piel en compañía de Dottie. Muy pronto, a los dos se les hizo evidente que estaban enamorados. No quisieron casarse, ni prometerse, ni hablar de ello. Jamás pensaron en formar una familia tradicional. Optaron por una salida más interesante: decidieron fugarse. Fue fácil en realidad pues los dos estaban considerados como almas dóciles. Lo desmintieron. Así, Dottie y Braulio se dedicaron a viajar y a ver todo lo que se habían escatimado a sí mismos: Estambul, París, la Cappadocia, Brasil, Jamaica, Australia… no había destino imposible. Cada día era una aventura para ellos, pero jamás les faltaba qué cenar. Al contrario, conocieron el éxito con un número ambulante de telepatía y prestidigitación que no tenía trampa ni cartón. 
Y así fue como, a sus cincuenta años y más despierto que nunca, Braulio King se olvidó del más allá y empezó por fin a vivir.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Lucharon por la patria

Hace unos meses, cuando mi vida era más tranquila, cayó entre mis manos un libro de que parecía perseguirme. Me lo encontraba aquí y allá y por fin decidí hacerle caso. Pero, más allá de captar mi atención por sus reiteradas apariciones... ¿me iba a enganchar un librito bélico escrito en los años cuarenta? Empecé como se empieza todo, por la primera línea y ... no me arrepentí. 
Hoy he vuelto a pensar en él, tal vez porque estoy leyendo de manera muy dispersa últimamente, quizá por aferrarme a un buen recuerdo, no sé... 

Os cuento:

Lucharon por la patria (1942) del premio nobel M. Sólojov cuenta la historia de un grupo de soldados que lucharon contra los alemanes en el Frente Oriental (en Rusia) durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella fue una fase decisiva de la contienda que acabaría con la rendición de Berlín en el 45. Pero, en los años que narra este libro, la situación era dramática (veintisiete millones de soviéticos perdieron la vida en la 2GM) y Sólojov escribe un libro dedicado al heroísmo de las gentes que defendieron la patria.

No soy yo de heroísmos y patrias, pero es difícil no sentirse conmovida por este libro. Y es que  Lucharon por la patria es una novela hermosa, lírica y poderosa.
El libro aborda la cuestión central desde una perspectiva naturalista. Es un canto a la patria, en el que la tierra (en sentido amplio) se hace muy presente, párrafo a párrafo. Por ejemplo, los soldados son un ingeniero agrónomo; un minero; un tractorista... La contienda se lleva a cabo atravesando granjas del koljós; defendiendo el río Don en el avance de los fascistas hacia Stalingrado. En todo momento, la naturaleza es marco presente y ausente de la historia, como si no entendiera lo que los humanos, esos seres frágiles y de paso, están haciendo. Ese distanciamiento es bellísimo porque refleja vida y muerte a la vez.

Hay sencillez en el estilo de Sólojov y cierta ingenuidad. No es un libro cruento, pese a la dureza de los hechos. No se recrea en los aspectos más morbosos. Siempre hay una pincelada de belleza y perplejidad (recuerdo a un personaje observando un cadáver sobre el que ha caído una lluvia de pétalos de margarita...). También hay momentos cómicos y todo ello contribuye a dar más fuerza y humanidad al relato.

El libro se vale de varios personajes para dar una visión de la guerra como situación colectiva. No solo exalta el valor de los soldados. También encontramos a médicos que trabajan incansablemente; a ancianas que resisten; a jóvenes mujeres que ponen en peligro su vida... todos ellos y ellas ejemplarizan al pueblo y son llamados a la acción. Quiero desacatar que Sólojov ofrece unos personajes femeninos fuertes y valientes y en ese aspecto, para ser escrito además en los años cuarenta es un libro a reivindicar. 
Me atrevería a decir que, el que emplea Sólojov, es un modo muy ruso de abordar una narración. Ese que va de lo individual a lo colectivo, en el que el individuo es una pieza de algo más grande. Del mismo modo, los grandes  momentos históricos (la 2GM en este caso), están animados por algo que no siempre se ve ni atrae los grandes titulares; algo que está debajo y es anónimo: la vida de la gente común y corriente. Creo que Unamuno llamó a eso intrahistoria...

cartel original de la película Lucharon por la patria


Es cierto que Sólojov era un escritor muy alineado con el Partido Comunista y con una visión pro soviética muy marcada, pero, a pesar de eso, el libro envía su mensaje y sigue funcionando sin parecer un panfleto. Y yo me pregunto por qué. Supongo que acierta en apelar a un valor universal: el de la unión de todo un pueblo contra el enemigo.

Dejo un fragmento que captura bien la esencia del libro:

"Poco después Sviaguintsev sintió cómo, primeramente la cabeza y luego todo el cuerpo, resbalaban hacia abajo. Se dio un golpe fuerte contra algo duro y de nuevo perdió el conocimiento. Se recobró  nuevamente y sintió en su rostro el contacto de una mano ancha y pequeña. Le estaban limpiando cuidadosamente la cara y los ojos con una gasa húmeda. Por un instante pudo ver una mano femenina, diminuta, y una vena azul en una muñeca blanca; después le acercaron a los labios el cuello de una botella tibia y un chorro fino de vodka le abrasó la garganta y la laringe. Tragó lenta y confusamente.  
Cuando le retiraron la cantimplora de los labios, aún hizo tres veces más como si tragara, pero en el vacío, como un ternero cuando le apartan las ubres. Tras lamerse los labios resecos, entornó los ojos. El rostro de una muchacha desconocida se inclinaba sobre él. estaba pálida y se le notaban las pecas a pesar de su tez morena. Un gorrito militar descolorido cubría sus rizos de color rojizo. Su rostro no era muy agraciado, se trataba de una muchacha rusa sencilla y chata.
Sin embargo, había en sus rasgos cierta bondad profunda y sincera y una inquietud honda; sus ojos, amables y grises parecían sentir tanta compasión que Sviaguintsev necesitaba esos ojos, casi imprescindibles para su existencia, como si sobre él se hubiera abierto un cielo interminable, con una sucesión de nubes en lo alto"



Aquí tenemos el realismo de la escena, el impresionismo (la vena azul en una muñeca blanca) y el anonimato de personajes que actúan como ejemplo ("se trataba de una muchacha rusa sencilla y chata").

Y el ejemplo trasciende, porque al final son esos personajes, sencillos, rusos, humanos, los que hacen que este libro permanezca muy vivo.

martes, 6 de septiembre de 2016

Rescatando Mogambo


Una de amor en África

Mogambo es una peli que encaja muy bien en mi personal apartado de pelis que rescatar. Seguramente, no se trata de un clásico indiscutible, pero, sin duda, tiene componentes que la hacen interesante. Un toque exótico, tres estrellas del cine clásico americano, un maestro de la dirección y escenarios naturales.

Mogambo se estrenó en octubre de 1953. Se trataba de un remake de una película de 1932, Red Dust, dirigida por Víctor Fleming y protagonizada también por Clark Gable, que de este modo retomaba su personaje veinte años después.Los papeles protagonistas de las mujeres, que, en la primera versión, habían sido para Jean Harlow y Mary Astor, ahora recaían en Ava Gardner y Grace Kelly. John Ford, sí, señor@s, el gran John Ford, aceptó dirigir esta película como un encargo, mientras rodaba una obra más personal para él:The Sun Shines Bright. Mientras Red Dust, situaba su acción en Indochina y se grababa por completo en los estudios de la Metro, Mogambo, el remake, se rodó en África (en Kenia, Tanzania, el Congo y Uganda), lo que, añadido al Technicolor ofrecía mucho atractivo a los espectadores y fue para John Ford un auténtico estímulo. En la MGM la atracción por lo africano estaba aún en el aire con el éxito reciente de Las minas del rey Salomón (1950).

¿Y de qué va Mogambo? Básicamente, es una historia de amor y aventuras en África. Eloise alias “Honey Bear” (Ava Gardner) viaja a Kenia, pero su plan inicial de ir de safari con un marajá se frustra y se queda allí atrapada a la espera de un barco que la rescate y la lleve de vuelta. En la base coincide con Victor Marswell (Clark Gable), un cazador y guía de safaris con quien tiene un ligero romance, hasta que… aparecen por allí un antropólogo inglés y su joven esposa, Linda (Grace Kelly). Estos contratan a Víctor para que les lleve de Safari. Sin muchas perspectivas ni planes, Eloise se une a la expedición. Aunque el marido está en las nubes, Eloise pronto se da cuenta de que la inocente Linda y el intrépido Victor están teniendo un romance. A partir de ahí la acción está servida. ¿Descubrirá el marido el affair de su mujer?, ¿podrá la joven Linda conquistar al experimentado Victor?¿reconquistará Eloise al cazador? Entre tanta chispa y tanta hormona revuelta el entretenimiento está garantizado. Dos mujeres enamoradas del mismo hombre. Una morena y temperamental y otra rubia y cándida. Sumemos, los peligros de los ataques de los nativos; escenas con animales salvajes, danzas tribales… peligro, amor, muerte, una vieja fórmula…


¿Y qué quiere decir Mogambo?

Recuerdo un mítico local de ambiente de Valencia. Estaba (está!) en el centro, detrás del Ayuntamiento y para acceder tenías que bajar por unas escaleras (estaba en un sótano). Aquello tenía un aire de, si no clandestino, sí muy secreto y misterioso (al menos para una joven como yo). ¿Qué habría bajo las escaleras? ¿A qué clase de mundo accederías? Ese local tenía el atractivo nombre de Mogambo. Aquello me encantaba. “Mogambo!, cómo la peli?” Me estuve siempre preguntando por qué un local gay se llamaba así. ¿Acaso había algo en la cinta que yo había pasado por alto?, ¿puro capricho?, ¿un dueñ@ cinéfil@? Bueno, nunca obtuve respuesta, y seguramente aquello no era lo más importante… 
Aunque vi la peli más veces no llegué a ver un romance entre Ava y Grace (ya me hubiera gustado). Mucho tenías que dejar volar tú imaginación, aunque eso, pensándolo bien, nunca fue un problema. Mogambo también era otro mundo, tan misterioso por entonces como el corazón de África :D

¿Pero qué quería decir Mogambo?
Investigando sobre el asunto, he llegado a dos posibles versiones distintas. Mocambo Night Club era el nombre de un club de West Hollywood en Sunset Boulevard que el productor de la peli habría utilizado como inspiración.
En suahili “mogambo” significa pasión… Me inclino a pensar que este es el significado del título.. Lo cierto es que se trata de un concepto clave en la película, así que sería un nombre bien acertado y que además transmite esas connotaciones africanas y exóticas. Perfecto para una peli y para un pub!

Una morena y una rubia…

Sí, en los personajes protagonistas femeninos encontramos la dualidad esa que era tan atractiva para Hollywwod:, la chica rubia dulce, angelical, ingenua, hermosa y algo fría, frente a la decidida, morena descarada y temperamental. 
Cuentan que al principio, las dos actrices chocaban bastante (una descarada y la otra un poco pija), pero finalmente, ambas hicieron muy buenas migas.
Lo cierto es que en esta peli, Ava Gardner se “comía” en pantalla a una Grace Kelly que queda demasiado blandita.
Ava estaba en la plenitud de su carera y con treinta años ofrece una de sus mejores interpretaciones, llena de ironía, encanto y sabiduría. La actriz tuvo que soportar el maltrato inicial de John Ford, que en general no era muy amable con sus actores y que, en esta ocasión había visto frustrada su intención de contar para el papel con su predilecta Maureen O’Hara. A pesar de empezar con muy mal pie, Ava Gradner supo ganarse su confianza y su camaradería. Cuentan que Ava le dijo aquello de: “Soy tan irlandesa y tan cabrona como usted y no pienso seguir soportando esta situación. Si no me quiere aquí no tiene más que decirlo”. Pues bien,desde entonces, afortunadamante, John Ford sí la quiso.

Por su parte, esta era la tercera película de Grace Kelly que contaba entonces con veintitrés años. Mogambo supondría su pasaporte a la fama.
Por lo visto, la pasión traspasó la pantalla y no fue la díscola Ava Gardner, sino la joven Grace quien se rindió a un intenso romance con el -por entonces soltero y muy bebedor- Clark Gable. Al parecer la diferencia de edad entre ambos acabó por distanciarles, pero mientras duró el rodaje, saltaron las chispas…
Aunque Ava Gardner llevaba la batuta, el duelo entre las chicas supuso sendas nominaciones a los premios Oscar. Fue esta la única nominación de la Gardner, una mujer que más que actriz fue una estrella. Mogambo no se llevó ninguna estatuilla. Ese año, el galardón al papel principal fue para Audrey Hepburn y su icónica Vacaciones en Roma y el secundario fue para Donna Reed por De aquí a la eternidad (película que, por cierto, arrasó en los Oscar)





El rey de la selva no es el león, es Clark Gable

En la peli, las dos se peleaban por las atenciones de… Clark Gable, que ya era un veteranísimo actor. Gable, que también se las tuvo tiesas con John Ford, aporta su masculinidad a esta cinta. Le ganó el papel a Stewart Granger (que, según dicen no quería separarse mucho tiempo de su mujer, Jean Simmons) y está perfecto en ese arquetipo de macho decidido y descreído que cede a los encantos de la joven Linda, pero que luego “recobra” la sensatez. Y es que un hombre así es un solitario cazador, al fin y al cabo tiene un mejor par en alguien como “Honey Bear”.

Clark, objeto de deseo


Mejor incesto que adulterio

El dilema para el aguerrido hombre de mundo que Gable interpreta no era solo si quedarse con Linda, la rubia  o Eloise, la morena. Resulta que Linda estaba casada y viajaba con su marido y eso complicaba las cosas.
Es bien conocida la anécdota de Mogambo en su exhibición en España. Y aquí tenemos que reconerle el mérito creativo a los censores de Franco.
Por supuesto, en esa época, en España (en realidad, en Estados Unidos también) la idea  de que el personaje de Grace Kelly tuviera un romance ante las narices de su marido era punto menos que escandalosa. La censura vivía obsesionada con el adulterio y el suicidio, ideas demasiado transgresoras. ¿Y cómo se podía censurar Mogambo? La opción de eliminar el personaje del marido, tijeras mediante y recortar sus escenas no era efectivo en este caso. Pero que nadie se ría, porque esta técnica ya la habían utilizado con la película Las lluvias de Rachnipur, en la que, para evitar el adulterio entre el personaje de Lana Turner y su guapo hindú (Richard Burton, ejem), y aprovechando que había una pelea entre el marido cornudo y un tigre, se cargaron el metraje en que aparecía el hombre a partir de la escena con el tigre (vamos, que lo “mataron”)… Sí, se eliminó el adulterio, pero nadie entendía por qué entonces los amantes seguían viéndose a escondidas con el mayor de los secretísimos… 

Volviendo a Mogambo… alguien tuvo la genial idea de alterar las relaciones entre los personajes mediante el doblaje. En un alarde de la técnica: “Bueno ellos dirán lo que quieran, pero nosotros doblaremos lo que nos de la gana”, el personaje del marido pasaba a ser sistemáticamente y en cada ocasión el hermano de la chica. Eso sí, nadie tuvo muy en cuenta que cuando el marido (que aunque blandito, era esposo legítimo) se ponía cariñoso con Grace Kelly el resultado era de lo más… raro. Me imagino las caras de aquellos primeros espectadores españoles que tuvieron el honor (!!) de ver la versión ultraretorcida de los censores. ¡Alucinarían!

¡Ay, hermanito, cuánto te quiero!

África, seducción y peligro

Si añadimos a la pasión de los protagonistas, lo fascinante del entorno, tenemos una cinta muy sugerente. La mano de Ford tenía que verse en esta peli, se esforzara o no. Mogambo combina material de archivo con escenas grabadas en entornos naturales. Esas localizaciones y esas escenas entre rugidos de león y tambores lejanos, dotan a esta peli de una atmósfera que va convirtiendo la pulsión sexual de los protagonistas en parte del background.
No hay duda de que el rodaje fue toda una experiencia.Ya hemos dicho que lo que pasaba en la pantalla también tuvo su trasunto fuera de ella. No solo el romance de Gable-Kelly en el bakstage, la grabación fue bastante accidentada y también hubo momentos de peligro y hasta desgracias (tres personas murieron en un accidente al despeñarse el Land Rover de uno de los ayudantes de producción). Y es que una película como Mogambo exigía un gran despliegue para todo el equipo artístico y técnico. Unas trescientas tiendas de campaña para formar el set, mientras el grupo se movía desde Nairobi a Tanganika, pasando por los estudios ingleses de Elstree. En aquella época, las ventajas fiscales de rodar fuera de Estados Unidos eran bien aprovechadas.
A pesar de que este no era un proyecto muy personal para John Ford, el maestro irlandés aportó su visión única y su maestría para los encuadres. Cada escena tiene encanto en esta peli. La escena de amor en las cataratas, los desplazamientos en canoa, los encuentros en las tiendas… ¡Puro Ford! Hay, por ejemplo, una escena en la que Ava Gardner está dando de comer a un elefante bebé y al final, este la empuja y ella se cae al barro. Esa es una toma improvisada en la que Ford le pidió a Ava que se dejara llevar y el resultado es perfecto.
Así como hizo Clint Eastwood en la cinta White Hunter Black Heart, recreando el rodaje de La reina de Africa, tal vez, algún día, alguien se anime a hacer una peli sobre la filmación de Mogambo. Yo la veo! 

¿No os ha parecido bastante? a ver… otro cotilleo…Según cuenta Lee Server en la biografía de Ava Gardner, Love is Nothing, durante el rodaje, en noviembre del 52, Ava, que estaba casada con Frank Sinatra por aquel entonces (de hecho, él había viajado con ella a África pero había regresado a Hollywood por una audición para De aquí a la eternidad) descubrió que estaba embarazada. Su intensísimo matrimonio con Sinatra pasaba por momentos malos y ella decidió abortar sin consultar con Frank. Pidió permiso a John Ford para acudir a una clínica privada a Londres y así estuvo el tiempo necesario en Inglaterra mientras la prensa creía la versión del estudio (que la actriz se estaba recuperando de la disentería). Frank Sinatra se enteró del asunto meses mas tarde, pero esa es ya otra historia que nada tiene que ver con Mogambo...


periódico en el que se informaba de la indisposición de Ava Gradner


jueves, 11 de agosto de 2016

Una enseñanza de Buda para escritores

Hay muchos principios que funcionan tanto en la vida cotidiana como en la escritura (o en el desempeño artístico en general).
Hoy me he fijado en un consejo de Buda, que, como veréis, es muy aplicable al oficio de escribir.
Decía Buda que un moje dedicado al adiestramiento mental más alto debía prestar atención de vez en cuando a tres cosas. De vez en cuando a la concentración; de vez en cuando al esfuerzo enérgico; y de vez en cuando a la ecuanimidad. Ese reiterado"de vez en cuando" es importante, porque resalta que las tres cualidades han de vigilarse y alternarse. Favorecer una en detrimento de las otras nos desequilibra, cultivar las tres nos da armonía.
Pero a ver cómo aplicamos esto a la escritura...

El esfuerzo

Para empezar, tal vez sería interesante desmontar el mito de la escritura fácil. Escribir requiere esfuerzo. En la concepción, en el desarrollo, en la edición y en la postproducción (si te autoeditas). En suma, es una actividad que implica dedicación, continuo aprendizaje y la evaluación de nuestros errores y aciertos. Pero ¿qué hay de malo? Nada, a mi modo de ver. 
El esfuerzo puede medirse por el sacrificio que lleva asociado (tiempo, relaciones con los demás, actividades alternativas...), pero también nos obliga a ofrecer lo mejor de nosotros. Cuando estamos demasiado relajados, podemos ser autocomplacientes, indolentes y poco productivos. Mejorar implica apretar.
Que escribir sea una actividad trabajosa no impide que, por momentos, nos brinde deleite y que nos divirtamos. De hecho, es bueno divertirse. Yo me divierto! (a veces :D) pero tampoco hay que tener temor de consagrarse a una afición que conlleva esfuerzo y gasto de energía. La recompensa ha de ser más satisfactoria también.

La atención 

Escribir es un acto de atención sostenida, pero no solo mientras se escribe. Hay una fase de atención pasiva, que puede estar en marcha todo el día ;) Cuando el escritor o escritora habita su mundo ordinario, es en cierto modo, una esponja. Allí todo puede ser inspirador y todo merece nuestra atención (la gente, los escenarios, los diálogos). Prestar atención puede ser muy provechoso y en cualquier momento se puede encender la chispa creativa. 
A veces, cuando entro en un espacio nuevo, me pregunto ¿cómo describiría este lugar si tuviera que escribir de él? Y eso me ayuda a fijarme en cosas que me pasarían desapercibidas (si no estuviera atenta...).
Después, en el escritorio, escribir es concentrar la atención y teclear. ¡Nada más y nada menos! No hace falta que diga que, en estos nuestros tiempos, sostener la atención puede convertirse en una heroicidad. Internet, nuestro gato, nuestra pareja, el vecino... hay tantas opciones de distracción... Y, sin embrago, el mérito está en volver a la página, continuar un poco más; no ceder. Puede ayudar pactar contigo mismo@ en que alcanzarás ese número de palabras o acabarás esa escena antes de... poner la lavadora o irte a patinar :D Esto también requiere su entrenamiento, pero se puede conseguir.

La mente ecuánime

Bien sabe el que se dedica a esto que escribir es una tarea solitaria que tarda en dar sus frutos (si los da). Nuestras metas pueden ser pequeñas (escribir un relato de 500 palabras; desarrollar una sinopsis para un futuro) o más grandes (ese concurso al que nos hemos presentado; la publicación que tenemos entre manos o una colaboración especial ante nuevos lectores...). Lo importante es mantener el equilibrio mental y anímico. 
Invariablemente, habrá días en que nos sentiremos en la cima, en los que veremos nuestra creatividad fluir o recibiéremos ese buen feedback que nos suba la moral, pero habrá otros muchos en los que no veamos avances; días en que nos sintamos miserables y nos preguntemos qué hacemos perdiendo el tiempo encerrados entre garabatos que no forman nada con sentido y a quien a nadie importan. 
La actitud más útil en cada caso sigue siendo el equilibrio y la ecuanimidad. Es tan loable aguantar los días malos como mantenerse tranquilo en las épocas de bonanza. Hay que mantener un ánimo sereno y sosegado, confiar en el camino y persistir. 

Aunque nada nos garantiza los resultados que queremos, con esfuerzo, atención y ecuanimidad tenemos una referencia interna muy buena. El resto consiste en seguir trabajando y esperar. Fácil, ¿no? :D



martes, 2 de agosto de 2016

Relato: cuentas pendientes

 En la noche solo se veía la casa como una campana de cristal entre los árboles. Había sido una travesía complicada y estaba agotada. Avancé hacia la puerta y llamé.
Una mujer mayor, extremadamente delgada, con el pelo recogido, me hizo una señal para que entrara:
—Le estábamos esperando.
Traspasé el umbral. Por dentro, la casa, que parecía luminosa y espaciosa desde el exterior, me provocó claustrofobia. La madera caoba y el terciopelo granate producían un efecto oscuro y monótono. Decadente. Una escalera de forma sinuosa trepaba hasta la segunda planta.
—Hay que subir —dijo la mujer tomando la delantera—, la señora Amalia está allí.
Ataqué los peldaños de dos en dos tratando de seguir el ritmo del ama de llaves. Por la ventana vi que empezaba a llover. 
La mujer esperó en el último escalón y señaló una puerta al otro lado del distribuidor. 
—No está a salvo aquí —dijo antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.
Abrí la puerta con cierto temor. Hacía mucho tiempo que no veía a Amalia. Tenía miedo de que su imagen no coincidiera con mis recuerdos. O peor: de que sí coincidiera. Para mí ella era la bella, la magna, la irrepetible Amalia.
La encontré en la cama, medio incorporada, llevaba un camisón blanco con volantes, una prenda barroca, como de otro tiempo. 
—Aquí estoy —dije desde la puerta.
Amalia deslizó la mano izquierda, que hasta entonces había mantenido bajo la almohada de plumón. Sacó un cuchillo de hoja reluciente:
—¡Por fin —dijo—. Pasa! —Se dio cuenta de que la miraba con sorpresa y temor y ablandó la empuñadura del cuchillo—Tengo que estar preparada, el psicópata sigue merodeando por la zona.
Lo sabía. Me lo había contado el ama de llaves por teléfono. Por eso estaba yo allí.
—El caso es que no he visto nada en la televisión ni en el periódico —dije. 
—Solo lo sabemos los vecinos. La policía quiere ser discreta.
Según me habían dicho un demente había matado a cinco mujeres, todas rubias, todas hermosas. Todas como Amalia. Al saber que yo estaba en la región, Amalia me había hecho llamar. Necesitaba que la ayudara a salir de la casa. Solo eso.
Amalia deslizó el camisón y me mostró una pierna, delicada y blanca. Se golpeó el muslo con el mango del cuchillo:
—Como un corcho —dijo—. Ya son cinco años sin sentir nada. Ni en esta ni en la otra. Ese maldito loco va a conseguir lo que nadie ha logrado: que yo salga de esta casa. Mejor dicho, que me saques de aquí.
—Ha sido providencial que yo estuviera cerca. 
—Sí, el loco y tú habéis aparecido a la vez, qué dulce coincidencia.
—Deberías haberte marchado ya —dije para espantar mi incomodidad—. Tu ama de llaves tal vez podría…
—Roberta tiene la fuerza de un pajarillo. Una costilla rota y tres hernias de disco. Solo la mantengo por pena. Por eso y porque me hace pensar que no soy la única tullida de la casa —un relámpago iluminó la estancia con colores espectrales. El camisón de Amalia se iluminó —larguémonos pronto —apremió—. Esto me pone los pelos de punta.
Amalia levantó los brazos hacia el techo y comprendí que quería que me diera prisa. Me acerqué a ella y la levanté en volandas.
—Vámonos.
Rodeó mi cuello con sus brazos claros:
—¿He engordado? —preguntó con un susurró—. Por las noches, a solas en mi cama, como pasteles de nata.
—No, no, estás perfecta —dije.
Sentí que me apretaba más fuerte. 
—Recuerdo cuando me abrazabas sin ningún motivo —dijo. 
—Creo recordar que te amaba.
—Hace eones de eso —protestó ella agitando la cabeza—. Cambiemos de tema.
Con Amalia en brazos empecé a caminar. En realidad ella era tan ligera como yo recordaba, tan increíblemente hermosa.
Roberta nos esperaba al pie de las escaleras.
—La policía ha emitido otro parte. Sospechan que el asesino está por aquí esta noche. Creen que puede actuar —me pareció que me miraba con insistencia.
—A mí ese matarife no me va a pillar, Roberta. En cuanto a ti, puedes y debes irte. 
—Mi sitio está aquí, señora. No creo que ese hombre tenga interés por una vieja como yo.
Cuando se alejó, Amelia me habló al oído:
—Yo tampoco creo que el loco ese aceche a Roberta.
Un poco turbada, me las ingenié para abrir la puerta y salimos por fin a la noche: ante nosotras se extendía la oscuridad del bosque cercano. La lluvia era débil, pero constante.
—¿No podemos esperar a que amanezca? ¿No hay vecinos cerca?
Amalia negó:
—Cuando decidí aislarme, lo hice a conciencia. Ya has comprobado que es imposible llegar aquí si no es a través del bosque. Pero no te preocupes, sigue por allí. En tres kilómetros hay un apeadero. El hermano de Roberta nos estará esperando con un coche y podremos irnos a la ciudad. Haremos las paradas necesarias para que no te agotes.
La luna, plateada con vetas oscuras, apenas iluminaba el camino. La perspectiva de estar a solas con Amalia me atenazaba. Comencé a andar hacia una vereda abierta en la espesura. Era lo más parecido a un camino.
Sentir el peso de Amalia entre mis brazos me traía recuerdos hermosos y otros de profundo y negro pesar. Eran esos los que no podía superar.
—Me extrañó que me llamaras a mí, precisamente —dije—. Hace tanto que…
—Creo que un loco suelto es un motivo poderoso para tragarme mi orgullo. Supuse que no te negarías.
Y había acertado. No me sentía capaz de fallarle. Otra vez no.
El silencio era envolvente. De vez en cuando el crujido de alguna rama bajo mis pies me sobresaltaba.
—¿Cuánto hace que no nos veíamos? —preguntó Amalia, y su tono agudo despertó las alarmas en mí.
—Cinco años —dije— justo desde el día…
—El día del accidente —completó ella—. En realidad, cinco años, un mes, y tres días. 
Permanecí en silencio, tal vez el mal trago pasara deprisa. 
—Si te soy sincera —dijo Amalia— esperaba verte cuando me desperté en aquella clínica de Niza.
Me tensé. ¿Cómo explicarle toda mi angustia, mis remordimientos, mi culpa?
—Aquello me sobrepasó y tuve que irme —era la primera vez que le daba explicaciones—. Los médicos me dijeron que no corrías peligro. Tu madre estaba en camino.
—Entiendo que no era una visión agradable. Ambas salimos mal paradas. Yo perdí dos piernas y tú un coche nuevo —dijo con dejadez.
—El coche no me importaba nada—repliqué—. El accidente se ha convertido en un recuerdo insoportable. No sabes cuánto he pensado en aquella noche; cuántas veces he revivido el momento; la curva y después… No he vuelto a conducir. Nunca me lo quitaré de la cabeza.
—No seas dramática —dijo y después se rió—Lo superarás. Ahora por ejemplo, podemos reírnos de todo aquello. Queríamos ver mundo. Ese viaje por Francia estaba siendo un poco aburrido. Solo lamento haberme perdido lo de Italia. Pero comprenderás que no podía arrastrarme allí, literalmente, tras María y tú. No hubiera sido nada elegante. 
La inquietud inicial se hizo más concreta. Ahora el espacio abierto ante nosotras se asemejaba a un túnel. Me dolían los brazos.
Amalia me había llamado varias veces desde el incidente, pero yo no había sido capaz de volver a verla y le había dado largas. El caso del loco había sido de fuerza mayor, me había obligado a actuar. A afrontar la situación. Y ahí estaba rindiendo cuentas… 
Lo entendí de pronto.
—Así que te has inventado todo esto para hacerme venir… 
—Y aquí estás por fin —confirmó, triunfal.
—No había ningún asesino. Todo era una mentira.
—En eso no has cambiado nada. Te acercas al corazón del asunto, lo tienes delante de ti y luego eres incapaz de ver la verdad, la razón última. Aquí sí hay un asesino…
Vi el cuchillo en su mano derecha, lo vi levantarse como si una polea tirara de él y después se clavó en mi espalda. Me arrodille y Amelia cayó al suelo.
Se quedó allí, lastrada, mirando cómo yo trataba de quitarme el cuchillo. Finamente, me desplomé junto a ella. La miré a través de la fina lluvia. Sus dientes brillaban en la noche. Su camisón era luminoso. 
La noche se hizo toda blanca por un instante antes de apagarse.